En lo alto de una escalera

Para acompañar este relato corto, y como una manera de inspiración, pongo al final letra y música de Lo que hay que aguantar de Ismael Serrano.

En lo alto de una escalera

Ella, vestida, maquillada, en lo alto de una escalera que lleva a los baños, observa con la tristeza y el desgarro anidados en su mirada, el bar que, en un momento, se ha hecho extraño con la presencia de él. Y además, con cierto congojo, recuerda que todavía tiene que bajar de ahí, lentamente por los escalones que tanto le cuesta recorrer, acercándose con el alcohol que inunda su cerebro lleno de recuerdos y lágrimas, que tiene que volver a mezclarse con una fiesta que, por mucho que lo niegue, le resulta insoluble en su estado de ánimo.

La miro, tan alta e inalcanzable a tan solo unos metros de distancia, guardando con celo su ropa que descansa sobre una mesa perdida, y siento el vacío en mi interior ahogando la llama del odio que tanto había cuidado, ahogando mi única esperanza de no volver a morir de amor esa noche.

Se pierde el sonido y mis propios deseos cuando la veo, por el rabillo del ojo, en plena confesión a gente que no soy yo, y me doy cuenta de cuántos cuentos me ha contado y yo que me los he creído. Pero me resulta imposible enfadarme de verdad con ella; lo ha pasado mal y lo está pasando mal, ¿cómo demonios me voy a enfadar?

No hay remedio para mi enfermedad, aunque la cura más cercana inunda las venas de los que me rodean, y hay tantas razones para buscar el olvido. Pero no puedo, me deshago de mis intenciones y de todas mis decisiones, y busco en una huida programada la cama y la soledad que embalsame la herida provocada por su indiferencia.

Te dejo en sus manos; son también mis amigos, y sé que son buenas manos, tal vez incluso mejores que las mías; pero no son mis manos, y no las quieres, y eso me duele más que una puñalada en el corazón, la primera de las que tomaría por ti. No sé si sabes que cada mirada que desvías, que cada sonrisa que no me dedicas, rompe y consume un trocito de mi alma, y cada caricia que te guardas para otro es una aguja clavada en mi corazón, y a este paso, podría hacerme modisto; ya tengo en el pecho un alfiletero de dolor.

Y finalmente, desaparezco en la noche tal y como, supongo, deseas. Dejando desaparecer un odiado amigo, ¿por qué soy el objeto de tu cruel indiferencia? ¿Qué culpa tengo yo de ver lo bueno de la gente? ¿Es por esa otra por la que recibo tu odio silencioso? Si es así, lo siento, te equivocas de persona si crees que puedo entrar en tu lonja de odio. Prefiero mil olas del mar a inventar una verdad más para cuatro meses de felicidad.

Cuando llego a la residencia, el silencio es mi único recibimiento, y me recuerda dolorosamente a ti. No entiendo nada de lo que veo, y despacio, a oscuras, asciendo por unas escaleras que ya no conozco de sobra. Me llevan sin decirme nada por recuerdos de fiestas y por pisos de sentimientos; asciendo trayendo a mi mente nuestros mejores momentos, a pesar de que nunca fueron nuestros; finalmente, desciendo a los infiernos cuando casi he acabado mi ascensión. En tu pasillo, la luz de un baño está encendida: supongo que alguno de tus vecinos, esos con los que hablas y ríes todos los días, a los que les hablas más en un día que a mí en todo el mes, ha sentido la llamada de la naturaleza. Yo siento otra llamada.  No quiero oír lo que me dice.

Cierro la puerta de mi habitación y dejo al otro lado una noche angustiosa, poética y silenciosa. Apenas recuerdo nada aparte de tu imagen en lo alto de aquellas escaleras de bar, y el odio regresa más fuerte que nunca, secando las lágrimas que no iban a salir. No quedan; al menos eso ya lo he conseguido.

Mañana será otro día. Otro día en el que inventar una manera de enterrar todas mis ganas de amarte. Mis ganas de ayudarte. De protegerte.

Mañana… es hoy.

Lo que hay que aguantar

Se recorta tu figura sacrosanta,
en lo oscuro de un bar bailas,
sensual y generosa.
Hipnotizados espectadores,
sufrimos los estertores,
de una visión milagrosa.

Cómplices todos los presentes,
nuestras miradas convergen
en tus rítmicas caderas.
Compartiendo con la gente
tus vivas e inteligentes,
tus animales maneras.

Lo que hay que aguantar.
Ser uno más
compartiendo tanto, tanto sentimiento.
Lo que hay que aguantar.
Parecer vulgar
y ejercer de galán para esta mujer.

Lo que hay que aguantar.

Temo que nos pille algún atasco
a ella y a mí, atrapados
por los coches y el asfalto.
Temo que, sobresaltados,
los conductores de al lado
decidan abordarnos.

Lanzan besos, gritan promesas,
que por ser un caballero
hoy no voy a repetir.
Y ella solidaria les saluda,
y yo quedo con la duda,
¿se están riendo de mí?

Lo que hay que aguantar.
¿Qué feromonas
exhala esta señora, que a todos enamora?
Lo que hay que aguantar.
¿Cuál será su perfume
que a todos nos sume en esta imbecilidad?

Lo que hay que aguantar.

ANY CHARACTER HERE

“Me permite que le diga, caballero,
que su amiga es un portento
sobrenatural”.
Otros, con peores formas,
alegremente me informan
de lo buena que hoy estás.

Yo sonrío como un idiota,
y no sé si se me nota
que algo arde en mi interior.
Yo sonrío feliz y contento,
y sensatamente asiento
“Creo que usted tiene razón”.

Lo que hay que aguantar.
Ser uno más
compartiendo tanto, tanto sentimiento.
Lo que hay que aguantar.
Parecer vulgar
y ejercer de galán para esta mujer.

Lo que hay que aguantar.
¿Qué feromonas
exhala esta señora, que a todos enamora?
Lo que hay que aguantar.
¿Cuál será su perfume
que a todos nos sume en esta imbecilidad?

Lo que hay que aguantar.

ANY CHARACTER HERE”Me permite que le diga, caballer
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