Si tú no lo haces, yo lo haré por ti

Texto y versos sobre el dolor que produce ver a alguien querido sufriendo por algo en lo que no se puede ayudar.

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Cómo escribí a finales de enero de 2008 en mi antiguo Space:

Cada persona es un mundo. A cierta altura de la vida, todo el mundo comprende que no está rodeado de muñequitos sin sentimientos ni deseos que tan sólo están para completar el teatro de la propia vida. Uno comprende que está inmerso en un mar vidas, y todas ellas creando sus propias corrientes: algunas son como remolinos de los que hay que alejarse, porque te arrastran hasta el fondo y terminan ahogándote de tantas vueltas que dan. Otras no son más copias de las corrientes que pasan a su lado, tratando de encajar en todos los sitios, olvidando que al no aportar su propia corriente, están dejando de ser vidas que merezcan la pena. Hay otras, las más raras y preciosas, que son como suaves y cálidas corrientes de agua caliente, que te invitan a unirse pero no te obligan, y que a pesar de todo lo que puedan tener a su alrededor, dan su calor a su entorno no importa lo que les sea devuelto, o ni siquiera si les es devuelto algo.

Que una de estas corrientes tan preciosas, tan absolutamente únicas y preciosas tenga que sufrir o lo haya hecho alguna vez me parte el alma.

Para nada quiero insinuar que sea un santo; no me lanzaría de ninguna manera como voluntario a un pueblecito del África, ni lloro como un desconsolado cuando veo las imágenes de las inundaciones en algún rincón del mundo. Para bien o para mal, la sensibilidad es una de esas cosas que la sociedad actual parece no considerar “cool” para un joven, así que entre medios de comunicación (sí, televisión, te estoy mirando a ti) y gobierno hacen todo lo posible para eliminarla, y conmigo lo han conseguido bastante bien.

Pero, si me queda algo de sensibilidad, aflora cuando oigo estas historias tan cercanas, tan surrealistas y al mismo tiempo reales, que me llegan hasta el fondo del alma. Encienden la indignación, alimentan un sano odio por lo decadente y me obligan a hacer recuento, y más vale que saque nota, porque en este examen suspender no es una opción, ya que el significado de un insuficiente es de esas cosas que cambian el rumbo de una vida.

Y entre todas, sólo una hizo nacer en mí un deseo que, como niño, siempre pensé que se mantendría muerto: el deseo de matar. Un ansia irrefrenable, insufrible e inacabable de matar, y de infringir daño de todo tipo sobre una persona. Un daño que no tuviera solución, un dolor que no tuviera una razón lógica más allá de la venganza. Un verdadero “ojo por ojo”.

Cada persona es un mundo, y a cierta altura de la vida comprendes que las personas a tu alrededor también lo son. Entonces te descubres sintiendo que ciertos mundos no deberían haber existido jamás, y lo único que puedes sacar de la confusión que sientes por saber si está bien o no lo que sientes es la fuerza para mejorar día a día y no parecerte nunca a uno de eso negros y podridos mundos. Y proteger aquellos que te importan tanto o más que el tuyo.

Se me desgarra el alma

Se me desgarra el alma
al escucharla.
Dos Eúfrates de mis ojos
brotan sin control.

Cada palabra quema
de su serenidad queda.
Ella ya no llorará
por eso lo hago yo.

¿¡Por qué!?
Maldita sea, ¿por qué?
Estoy harto de esta verdad
quiero deshacerla, romperla
esto no debe ser así
todo en contra mía.

Es una mierda, verdad
pero no a mí alrededor
¿qué he de hacer para cambiarlo?
Lo haré, y me dejaré el alma
me partiré los huesos y perderé la piel.
Me da igual.
Sólo quiero ayudar.
Ayudarle.

¿Qué demonios hago, aquí parado?
Deseo matar, por primera vez,
saltarme la justicia
encontrar la bandeja de la venganza
servir ese plato frío y mentiroso
hundirme tan hondo como necesario,
sacrificar lo que haga falta.
Sí, matar.

¿Cuántas mentiras hacen falta
para crear un mundo?
No lo sé, pero sí sé
que tan sólo una verdad
para destruirlo.
Y luego, trabajo, para reconstruirlo.
Un mundo.

No hay músculos en el rostro
para mostrar lo que hay
en este alma que se acaba de romper.
No hay violencia
que muestre justamente el dolor
que deseo dar.
No hay castigo
que haga justicia
al dolor que dio.

El mundo, en qué hora,
se abrió ante mí
y me enseña lo peor de él.
A veces deseo cerrar los ojos y olvidar
todo lo malo que me ha enseñado.
Es imposible, no puedo escapar
de mis propios recuerdos.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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