Cap. 3 de S.A. original

Todo el mundo tiene una razón para luchar…

Una vez más, “así” es chino y -asa- el sonido de una TV, o una radio, etc… , u onomatopeyas.

Ya habían pasado varias horas, y con ellas varios vecindarios, desde que Mousse abandonó furtivamente el Nekohanten antes siquiera de que el sol hubiese empezado a iluminar las tierras sembradas de casas y recubiertas de asfalto de Tokio. La escapada había sido bastante imprevista, por lo que había recogido tan sólo provisiones para unos días. No es que le preocupara, pero le hacía sentirse mal. De una manera extraña y confusa, como si es que fuera demasiado dependiente de las personas con las que había vivido durante esta época de su vida.

Una sonrisa de pena se dibujó en su rostro al pensar eso. Al fin y al cabo, una de ellas era su jefa tribal, la persona a la que debía el mismo respeto que a su propia madre. La otra era la única mujer que amaba más que a su propia madre. Sin embargo, ninguna de las dos se comportó nunca como una. “¿Acaso soy tan patético, tan despreciable? Es verdad que mi forma de mostrar afecto es un tanto desmesurada… bueno, no me voy a engañar, es muy desmesurada, pero¿qué debo hacer? Ahh… tengo tanto sueño…” Bostezando abiertamente, prosiguió su camino hacia algún lugar donde no hubiese cemento, ni luces, ni personas, tan sólo él y la naturaleza.

Se acercaba la hora de comer cuando, al fin, la mano del hombre comenzaba a desaparecer y sólo se veían cada vez menos edificios esparcidos por el valle teñido de verde, y una carretera que se perdía en el cielo. Mousse iba caminando por la cuneta, y al girar la cabeza a la derecha, pudo ver un edificio de medio tamaño, con un cartel de fondo blanco y símbolos rojos que leía “Takahashi’s” sobre la entrada. Sabiendo que sería bueno comer decentemente antes de empezar por terreno salvaje, y diciéndose que ese nombre le decía algo pero siendo incapaz de decir el que, decidió entrar y probar suerte.

Cuando cruzó el umbral, un fuerte olor agridulce atacó su olfato, y el sonido atenuado de risas y animadas conversaciones acarició su oído, haciendo que instantáneamente quedará complacido con el lugar. Se sentó en una mesa cerca del gran ventanal que servía de pared norte, y esperó pacientemente a que llegara un camarero, inspeccionando mientras el lugar con sus gafas puestas, por supuesto, como si de un campo de batalla se tratase.

El lugar estaba lleno de mesas para cuatro, redondas con unas flores en el centro para alegrarlas un poco, además del tipo de para dos personas en el que estaba sentado ahora mismo, que también eran circulares, pero de radio mucho menor, y sin flores. Unas cuantas columnas interiores, de estilo dórico, dividían psicológicamente el lugar. En la pared sur, en la parte más alejada desde la esquina donde se encontraba, estaba la barra, de madera y que se alargaba paralelamente a la pared. Había en ella platos con cosas para picar, que iban siendo renovados por otros cada poco tiempo. La chica que parecía ser la jefa del establecimiento no debía ser mucho mayor que él, estableció.

Rubia, pero no de bote, porque sus ojos verdes como jades denotaban inteligencia y viveza, ganada con la experiencia de años en el negocio. Una boca ancha, que mostraba unos dientes bien cuidados, se reía despreocupada ante uno de sus clientes, que se apoyaba sobre la barra para hablar a su misma altura. Entonces, dicho cliente se acercó más y la susurró algo que sólo ella pudo oír, y su expresión cambió radicalmente. Sus finas cejas se arquearon en enfado, sus mejillas se tornaron rojas por la rabia y su pecho empezó a subir y bajar muy deprisa. Pero lo más llamativo fueron sus ojos.

De repente, aquellas esmeraldas se tornaron rubíes, y la chica agarró al protestante consumidor del cuello del jersey y, elevándolo por encima de su cabeza sin aparente esfuerzo, lo llevó hasta la entrada principal, dónde abrió la puerta, y de una potente patada en el trasero, mandó al sinvergüenza a comer hierba. Tras terminar su trabajo, se limpio las manos en gesto de un trabajo bien hecho, con lo que se ganó unas risas de los otros clientes, y, ella también, ahora con una sonrisa en la cara y más calmada, se puso a inspeccionar el lugar.

No tardó en darse cuenta de que Mousse la miraba fijamente, aún a través de sus gruesas gafas, y se dirigió hacia su mesa, dispuesta a repetir el espectáculo si fuera preciso. En cuánto llegó a su mesa se sentó en frente de él, arrancándole una exclamación de sorpresa, a la que siguieron disculpas tartamudeadas. “Yo… yo lo siento, no, no quería mole- molestar, es sólo que estaba esperando y…”

Entonces, la dueña, que también hacia de camarera, se dio cuenta de que tenía delante un cliente que llevaba esperando un buen rato a que alguien le sirviese, además de no parecer mala persona, y, quitándole esas gruesas gafas, bastante guapo, con ese pelo largo y esas ropas exóticas. “De acuerdo, no pasa nada. Me llamo Kaiko, y recuerda que, si te pasas conmigo, lo único que vas a comer es hierba.” Le advirtió con su voz firme pero divertida mientras reía al ver la expresión asustadiza que había puesto el chico.

Al verla sonreír tan abiertamente, Mousse se calmó un tanto, pero también se sintió un poco incómodo, ya que le eran muy extrañas las situaciones de este tipo, aunque los modales aprendidos por la fuerza tomaron el relevo. Se inclinó en señal de respeto, pero cuando haces eso sentado delante de una mesa, suele suceder que -TOC- uno se da contra la mesa. Esto divirtió mucho a Kaiko que se rió de una forma muy inocente, tal como hacen viejos amigos cuando uno de ellos se da un golpe tonto. Sin embargo, Mousse no supo diferenciar esa risa amistosa a las de desprecio que había recibido durante toda su vida, y se levantó enfadado, su aura, mezcla entre rojo y morado, manifestándose a su alrededor de manera atenuada, dispuesto a hacer cualquier cosa con esa mujer que se reía de él.

Para entonces, ellos dos habían atraído la atención de todo el restaurante, y al ver la cara asesina que ese joven de ropas extrañas había puesto ante la inocente risa de Kaiko, un escalofrío recorrió a todos los presentes, y todas las caras pasaron a ser de tensión y alarma. Mousse tardó un poco en registrar la información que le llegaba por los sentidos, su juicio nublado por la ira, pero también por la desesperación y la desesperanza, pero cuando por fin se dio cuenta de las caras de miedo, tensión e incluso horror que habían en el lugar, cayó de rodillas y empezó a derramar las lágrimas que no había permitido salir la otra noche.

Kaiko estaba, cuando menos, sorprendida. Primero, parece tan tímido e inseguro, después esa mirada asesina que le había dado miedo de verdad, la primera vez desde hace mucho tiempo, y por último, se pone a llorar, desconsoladamente, como si no hubiera llorado nunca de verdad. Kaiko entonces le cogió como si fuera un niño, tan acurrucado en forma de bola estaba, y se lo llevó a la trastienda, dejando a una de las camareras al cargo. Una vez allí, le dejó sentado en un sillón, y esperó pacientemente frente a él a que se calmara un poco.

“¡Ya basta Mu-Tzu, has de ser fuerte, no puedes mostrar debilidad, por tu sangre amazona!” Sin embargo, no dejaba de llorar, a pesar de que pensara que era indigno o cualquier otra estúpida excusa para no llorar. Y Kaiko seguía frente a él, aguantando calmada. Tras casi un cuarto de hora, el lloro se redujo a lágrimas silenciosas que caían por su rostro, creando ríos de luz eléctrica bajo la lámpara. “Hey, todavía no me has dicho tu nombre.” Dijo Kaiko, como si siguiese la conversación interrumpida, como si el joven delante de ella no se hubiese derrumbado hace un momento.

La respuesta no llegó inmediatamente, y cuando lo hizo, llegó en forma de murmullo. “Mousse, me llamo Mousse.” Y tras una pausa añadió “Un placer.” Ella asintió. No sabía muy bien por qué, pero sentía la necesidad de ayudar a este joven, por lo que se preparó mentalmente para la tarea y preguntó. “Eh Mousse¿quieres hablar de algo?”

Mousse la miró un momento confuso. ¿Le estaba invitando a compartir sus problemas con ella? No podía ser. “Esto te va a aburrir. ¿De verdad quieres que te lo cuente?” Preguntó, bastante seguro de que la joven se daría cuenta de lo que acababa de proponer y querría echarse atrás. Justo como en Nerima. Justo como había sido toda su vida. Para su sorpresa, no fue así. “Hey Mousse, claro que quiero que me lo cuentes.” Y le dedicó una sonrisa que hizo que las lágrimas dejaran de brotar.

Y empezó a contárselo, desde el principio, una niñez de desencantos y encuentros con la verdad, una juventud de estudio dedicado y problemas irresolubles, y una adolescencia de cambios descontrolados y desinformación interesada, y por último, como el acontecimiento más tristemente importante de su vida, su reciente entrada en la orfandad, tan repentina y violenta como una bofetada. E inesperada. Y no aguantó más, y las lágrimas volvieron a correr libres por sus mejillas. Pero esta vez Kaiko estaba allí con él. Ella había madurado también muy deprisa, demasiado para una chica con una familia estable, pero así había ocurrido. Y aún así, se horrorizó con lo que Mousse había tenido que pasar.


Cuando el chico chino pudo recuperar de nuevo la compostura, habían pasado cuatro horas, y el astro rey retornaba de nuevo a las tinieblas vestido de rojo, dejando a los mortales en compañía de la luna. Kaiko se dio cuenta al mirar por la ventana, y aunque se odiaba así misma por dejar al joven en ese momento, el deber como jefa del restaurante era imperativo en ese momento. “Hey Mousse, tengo que volver ahí fuera… ¿me acompañas?” Le invitó, al tiempo que se levantaba y le tendía una mano.

Una mano amiga es lo que vio Mousse en ese ofrecimiento. Y pensaba ayudar a su nueva amiga en todo lo que pudiese, pues ella le había ayudado a recuperar su juicio, a recoger los pedazos de su corazón y pegarlos de la mejor manera posible, y en el proceso, él mismo decidió que una parte de su corazón estaría dedicada a esa impresionante joven de cabellos de oro que le había proporcionado lo que nadie antes había hecho: compasión y amistad, y quizá…

“Bueno, ya estamos aquí. Creo que es un poco tarde ya para decirte esto, pero… ¡Bienvenido al Takahashi’s¿Qué desea tomar?” Tras lo que ambos se pusieron a reír divertidos y sinceros. La conversación tornó entonces sobre temas de menor importancia, pero que sirvieron para que su amistad profundizase con el conocimiento el uno del otro. Sin embargo, pronto el tema de las despedidas apareció furtivo en la conversación.

“Creo que he de marcharme ya… ¿Puedo compensarte de alguna manera, Kaiko-chan?” Preguntó el joven, provocando que una sonrisa se dibujara en el rostro de su amiga, tanto por la pregunta en sí como por el “-chan”. La chica meneó la cabeza suavemente mientras decía mirándole a los ojos. “No, no quiero nada. Con que te pases por aquí de vez en cuando para hablar estaré más que pagada. Y no te olvides de ponerte las gafas.” Ante ese recordatorio, Mousse se sonrojó un poco, y se puso de nuevo las gafas en su lugar. Se despidió al salir por la puerta acristalada, y comenzó a caminar bajo las estrellas al lado de la carretera, de espaldas a la ciudad, pensando que, la próxima vez que se pasase por allí, podría pagar a Kaiko-chan trabajando un rato de camarero de gratis. Mientras Kaiko miraba su figura moverse y difuminarse bajo la luz plateada de la luna, la radio, olvidada en un rincón de la barra, cotorreaba sin que nadie la hiciese caso.

-Noticias de última hora. Las extrañas luces aparecidas sobre una región inexplorada no muy lejana a la zona del impacto del meteorito que volatilizó un pueblo entero hace unos días han desaparecido por completo. No se sabe nada sobre este raro fenómeno. Varias decenas de personas se habían reunido lo más cerca posible del fenómeno, aunque alguna de ellas, diciendo que el suceso “ha perdido interés” volvían ya a sus casas. En otro orden de cosas…-

Un escalofrío recorrió de pies a cabeza a Kaiko.


Sólo las estrellas y la esfera lechosa que era la luna acompañaban ahora a Mousse, y su luz se reflejaba en las líneas blancas de la carretera. A los lados, a unas docenas de metros, empezaba un bosque que trataba de recuperar el territorio perdido cuando el hombre extendió su mano de asfalto por entre los árboles. Tras haber estado caminando lo que a él le parecieron horas, se decidió a cruzar la carretera y adentrarse en el bosque. Ahora ni la luna ni las estrellas le acompañaban, sólo el sonido de su corazón y sus pensamientos.

Y cuando no tienes nada en lo que concentrarte, puedes oír tus pensamiento tomar el control, y empezar a interrogarte, y a hacerte recordar acciones pasadas, pensamientos olvidados. Las imágenes se iban agolpando en su mente, y era incapaz de retenerlas, al igual que era incapaz de sumergir de nuevo los sentimientos asociados a ellas. “Recuerdo aquellas tardes corriendo por el bosque cerca del pueblo, jugando al escondite con Mol-Ran, Ol-Hun… No lo puedo creer, no puedo… Todos, todos… ¿Y por qué? Un maldito meteorito que decide caer sobre mi casa, sobre mi hogar… Está claro que si hay alguien hay arriba, me odia con toda sus ganas… Aunque bueno, también está Kaiko…” Y por fin, algo que no era desesperación o pena se mostró en su cara tras haber salido del Takahashi’s.

Cuando estimó que se había internado lo suficiente como para estar seguro de que no tendría visitas inesperadas en medio de la noche, se sacó de entre sus ropas la pequeña tienda de campaña que siempre lleva consigo, la montó en un abrir y cerrar de ojos, y en un momento había hecho un fuego de campaña. Curiosamente, unos metros más allá, encontró un cartel que decía, en símbolos grandes y de color blanco, “Prohibido utilizar este cartel como leña”. Al poco estaba ardiendo bajo las alegres llamas, mientras Mousse le daba los últimos retoques a la tienda, asegurándola contra vientos fuertes u otros posibles contratiempos.

No tardó en meterse en la tienda y ponerse a dormir en un saco, que, también, había sacado de entre sus ropas, como había hecho muchas más veces de lo que la gente creía, mientras visiones de su niñez y su reciente encuentro con la persona más amistosa y amable que él había conocido jamás se mezclaban en sueños abstractos y difusos, pero acogedores al mismo tiempo, que le llevaron de la mano con la forma de la de Kaiko, mediana y de dedos largos y cuidados, pero con marcas del trabajo y de un agarre de tenaza, a un sueño, aún con algunos abruptos, tranquilo y libre de pesadillas, totalmente contrario al que había tenido que sufrir el día anterior, consecución de recuerdos retorcidos y esperanzas truncadas.

Y la luna se tiñó de rojo cuando nadie la miraba.


La mañana llegó fresca en el bosque, y un poco de humo gris salía todavía del fuego del día anterior, mientras los pájaros silvestres se cantaban los unos a los otros y al amanecer, y a los rayos de luz que se colaban indiscretos entre las copas de los árboles para reflejarse en la tela naranja de la tienda de campaña dónde Mousse seguía todavía tranquilamente dormido, sus gafas a un lado. Sin embargo, en un descuido, el chico que se convierte en pato había dejado la cremallera a medio correr, y un gato silvestre, había encontrado el regazo de Mousse un lugar muy cómodo, y se había acurrucado allí, no sin antes soltar un sonoro maullido.

Que por supuesto, despertó a Mousse, que todavía soñoliento, y sin las gafas, reconoció en el gato silvestre a Shampoo, y antes siquiera de pensar en lo improbable de la situación, saltó, aún dentro del saco, fuera de la tienda. Se deshizo del saco y se sacó otras gafas de reserva de ese lugar misterioso suyo que se encuentra entre su ropa, y se acercó despacio, temiendo lo peor en el peor momento, mientras iba diciendo muy bajo, como con miedo.

“Shampoo… Shampoo… ¿estás ahí? Shampoo…” Por fin alcanzó la tela desabrochada que hacía de puerta y la apartó. Hay estaba, todavía, el gato salvaje con una mirada que se podría calificar de confusa. Sin embargo, se dio cuenta el joven, este gato no tenía esas puntiagudas orejas que la amazona si tenía y, sacándole a la luz del sol, su pelaje resultaba parecer un rubio atenuado, recordándole a su nueva amiga. Sonriendo, se colocó al gato entre su regazo de nuevo, el cual se mostraba bastante agradecido, y se puso a preparar el desayuno.

Cuando hubo terminado, dando las sobras al gato como si de una mascota se tratara, y se puso de nuevo en camino, justo después de ver al gato perderse entre los árboles cuando lo hubo liberado, ahora con una sonrisa en la cara, pensando en que, tal vez, debiera acelerar el momento de su siguiente visita al Takahashi’s.

Tras unas cuantas horas de caminata, los árboles, en un momento, se acabaron, como si una pared invisible se interpusiese entre él y la tierra que se encontraba a unos pasos más adelante. Y es que otra carretera atravesaba como una arteria obstruida y seca el bosque verde y vital. Se acercó a la cuneta y se dispuso a pasar. Miró hacia un lado, y no vio nada, giró la cabeza, y vio al gato que le había despertado esa mañana acercándose paralelo a él a la carretera. Un coche apareció por el desnivel a unos cientos de metros. El gato empezó a cruzar. El coche se acercaba muy rápido.

Mousse sonrió al ver a ese tranquilo animal que tanto le recordaba a Kaiko-chan, y se puso a cruzar peligrosamente sin mirar al otro lado. El coche se acercaba. Y Mousse terminó de cruzar, y llamo al gato desde el otro lado, amortiguando con su voz el sonido del coche acercándose a toda velocidad. Y le seguía llamando, y el gato atraído por quién le había dado comida y calor empezó a pasar inseguro por el manto de asfalto, pues era su primera vez. Y el sonido del coche se hizo muy fuerte, y Mousse lo oyó, y se dio la vuelta, y vio horrorizado un coche rojo a toda velocidad, justo por el carril por donde iba el gato, por donde iba Kaiko-chan. Y le rebasó en un segundo, y estaba a un palmo de Kaiko-chan. Y se oyó un golpe hueco, y el coche siguió su camino, sin ni siquiera frenar ni un poco, y se perdió en el siguiente desnivel.

El joven chino fue corriendo donde había quedado aplastado el cuerpo del gato, que estaba aplanado por la parte media, por donde la rueda le había pasado por encima, parte de sus entrañas esparcidas a su alrededor. Mirándolo a los ojos vio el vació de la muerte, y esos ojos se convirtieron en los de Kaiko-chan, que le imploraban silenciosos que los salvase. Y mientras se perdía en la nada que esos ojos reflejaban se hizo una promesa, que una vez jurada, le sacó de la perdición de esos ojos. “No volveré a dejar que esto ocurra. No dejaré jamás que nadie que me importa muera mientras yo observo impotente. No volveré a estar impotente en una situación así, lo juro por mi herencia amazona y ante Sylphé, mi diosa.” Con esto, recogió el cuerpo aplastado del gato, y lo enterró al modo amazona cerca de los árboles, tras lo cual rezó una simple oración de bienaventuranza, se inclinó, y partió de nuevo a la vera de la carretera, de vuelta al único lugar, a la única persona que le daría la herramienta para poder cumplir su promesa.

Mousse volvía a Nerima.


Al capítulo anterior (original). O a Sayonara Amazonas. O al capítulo siguiente (original).

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