Un millar

Porque las injusticias no tienen fin. Y porque aunque las observamos todos los días, en cualquier sitio cercano a nuestro hogar, hay veces que querer arreglarlo no es suficiente, pues no hay manera de arreglar nada.

Un millar

Un millar de manos tiran de ti,
y al pasar de cada segundo
el mundo gira un poco más,
ovillando tu alma en torno a sí,
ahogándote un poco más.

Un millar de voces te acosan;
te obligan con sus confesiones
a entregarles jirones de tu vida.
Y ellas, malvadas, siempre osan
juzgar cada pliegue de tu vida.

Un millar de ojos te observan;
pero no te ven pasar por tus días
sin guía ni objetivo ni corazón.
Tan sólo ven sus problemas,
ciegos a tu creciente
desesperación.

¿Por qué será que todas las almas buenas
terminan hundidas por los problemas ajenos?
¿Por qué se permite tal injusticia traicionera
y no se invoca la justicia que debemos?

¿Por qué, flor borrascosa,
te marchitas
bajo ventiscas de drama
que nunca fueron las tuyas?
Cuando tanto así la amas,
no quisieras verla así nunca,
mi querida rosa.

¿Por qué, por qué?
Ya no quedan razones,
tan sólo unas voces rotas.
No hay canciones,
tan sólo una vida rota.

Un millar de momentos acaban
con toda la ilusión y las ganas;
esos momentos de los que no puedes
escapar.
Esos momentos que te hunden
y con su presión te funden,
te hacen querer
estallar.
Qué puedo hacer, ¡dímelo!
qué he de plantar en el viento
para poder verte
amar, hablar, cantar, bailar…
otra vez.

Dime qué he de hacer,
y me lo verás hacer,
incluso aunque fuera ayer,
para que pueda nacer, tu risa,
otra vez.

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