Soledad, maldito tesoro

Soledad, maldito tesoro

Como la imagen que se desvanece en el espejo.
Como aquella letra que ya no recuerdo,
un acorde flota entre mis sábanas;
un sonido que por la ventana mal cerrada
escapa y, tal vez, alcanza mi cielo.

El que dijo que el tiempo cura todas las heridas
es que ya no recuerda ver pasar los días
y que se te encoja el calma por las mañanas
al ver que tras veinticuatro horas más malgastadas
aún sigue reinando la apatía en tu vida.

(Refrain)
Cuando las personas son de cartón piedra.
Cuando el corazón queda preso de una hiedra.
Las ramas del martirio parecen eternas
y el árbol del martirio siempre en primavera
deja caer sus pequeños castigos de soledad.

El que dijo que el tiempo cura todas las heridas
no conoce la sal de las fotos y su melancolía,
el triste llanto de ese sentimiento que aún pulula;
de esa cicatriz en el alma que aún amor supura.
No sabe que ha muerto un corazón y sólo queda la vida.

Como un lobo busca las ovejas durante la noche,
este alma en pena planea su último viaje en coche.
Pero aterriza en un bar donde ahogar su pena
en alcohol, tabaco y alguna mujer buena,
que le regalará todas las caricias que necesite para esa noche.

(Refrain)

Y cuando ya cuenta los meses por mujeres,
y todo un invierno cubra lo que ya no siente,
cualquier charco servirá un día de improvisado espejo
donde se refleje aquel embalse, ahora vacío, de su pecho
y sepa por fin que no es el tiempo, sino la vida,
la que convierte las heridas en memorias,
puede ser que,
incluso, queridas.

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