El dolor

Sucede a los 25 años y 6 meses.



El dolor (I)

No les iba a llamar. Aunque se sintiera como una rana a la que le hubiera pasado por encima un tráiler de mercancías, no les iba a llamar.

No tenía sentido, al fin y al cabo, alarmar a su familia adoptiva; eran bastante alarmistas de normal, así que darles una razón para que su alarme fuera fundado no era algo que quisiese hacer. Además, los exámenes empezaban a quedar incómodamente cerca, así que no podía perder el tiempo.

Eso no quería decir que no quisiese llamarlos. No tenía nada más allá de un resfriado; tal vez lo acompañaba un dolor de tripas y un dolor de muelas, pero no debía ser gran cosa. Y aún así, se sentía perfectamente preparado como para pasar el resto de su vida en la cama. Podía imaginar el campo de entrenamiento para virus en el que se había convertido su habitación de la residencia. Con los virus compitiendo de un lado a otro de su habitación como si fuera un campo militar. Claro que había alguno que no lo conseguiría, ¿no?

Pero estaba delirando. La fiebre, suponía. Pero eso, que no era gran cosa, y aún así se sentía muy mal. ¡Quién le viera! Con todo los entrenamientos infernales que había pasado, sobre todo los de Cologne, ¡y que un simple virus le hubiera dejado sin ganas de pelea! No podía dejar que esa situación se alargase por más tiempo. Iba a coger, levantarse, y hacerse un poco de arroz reparador y ponerse otra gasa fría, que la que se había puesto antes ya se había calentado. Y bajar a una tienda a comprar algo, y…

Estornudó dos veces, se sonó la nariz, y se hundió un poco más entre las sábanas. Toda su energía se había vuelto a evaporar de repente. Y además, con el frío que hacía, ¿a quién se le ocurriría salir? No, no; él estaba muy bien en su habitación, que estaría llena de gérmenes, pero al menos estaba calentita.

Y lo del arroz… No tenía muchas ganas de cocinar, la verdad. Más bien, ninguna. Vamos, si por él fuera, ni calentaría el agua para los fideos instantáneos. Así de emocionado que estaba por tener que cocinar.

En fin, tendría que esperar a que se le pasara en la cama, como llevaba todo el día. Y no llamaría a nadie. Akane y Nabiki estaban de vuelta en su casa, y no vendrían a verle hasta dentro de una semana. Y no quería llamar a casa y amargarles la fiesta. ¡Aguantaría estoicamente hasta que estuviese bien! Al fin y al cabo, no tenía más remedio…

Entonces, alguien llamó a la puerta, y oyó una voz conocida a través de la frágil madera. ¿Cómo era posible? ¡No volvería hasta dentro de un par de días!

—¿Mousse? —dijo al entrar su ángel rubio —¡Oh, pobrecito! ¡Mírale todo griposo!

—¡Ja! Muy graciosa —respondió a su broma —. ¡Espero que no te veas así hasta dentro de mucho, porque no sé si yo te cuidaré entonces!

—Pues hablando de eso y todo, en unos meses…


N.A.: Y en fin, la primera enfermedad que se pasa lejos de casa siempre es la peor, aunque sea un simple resfriado.

Al capítulo anterior. O a una Vida en Momentos Congelados. O al capítulo siguiente.

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