Puños de ángel


Sucede a los 19 años y 1 mes.



Puños de ángel

Corro. Mis piernas queman y las siento como si fueran a romperse en cualquier momento, pero sigo corriendo.

He de alcanzar cuanto antes la casucha que nos han asignado, porque no quiero que suceda una tragedia. Siento el veneno del miedo recorrer mi sangre, y ésta latir en mis venas, en mi sien. Siento mi voluntad cuestionada a cada paso que doy, a cada bocanada de aire que tomo. Y las miradas de todo pueblo me queman la espalda cuando los dejó atrás, asustando a los animales con mi loca carrera.

Puedo incluso oler el asco que les produzco.

Cologne nos prometió que pasaría. Que este ambiente terminaría por disiparse y así, al menos, podríamos seguir con nuestras vidas. Yo me sentí contento al oír eso; ella redobló su llanto. Cologne y yo nos quedamos en silencio y dejamos que su agonía fuera la nuestra propia. Al fin y al cabo, ella era sangre de su sangre; y para mí, la futura madre de mis hijos.

Por fin veo nuestra casa. Hay luz, pero la puerta está abierta. ¿Significa eso que ha huido? ¿Acaso ha hecho lo que me temo y se dirige con instintos asesinos hacía a alguna de sus dormidas enemigas?

De un salto salvo las escaleras, y con un par de zancadas más, he cruzado el umbral de la puerta. La casa está destrozada. Parece como si un huracán se hubiera pasado las horas muertas jugando con nuestra casa. Ni siquiera las fotos se han salvado.

De repente, escucho un sonido que proviene de nuestra habitación. Una especie de llanto ahogado mezclado con un grito de desesperación. Casi de un salto estoy delante de la puerta entreabierta. La empujo, casi sacándola de las bisagras, y me encuentro el odio en persona.

Acabo de encontrar el huracán de odio que se ha hecho carne. Su aura brilla y empuja las paredes como una entidad física. Y lo que es aún peor, sus ojos aún húmedos brillan con un color especial de odio. Tan vacío y brillantes que soy incapaz de dejar de mirarlos: temo que mi alma vaya a ser tragada por ellos para siempre.

Antes de que pueda reaccionar, recibo el primer golpe. Un puñetazo en el pecho que por poco no me parte las costillas. Sin aire en mis pulmones, salgo disparado hacia atrás, hasta que la pared del salón me detiene, y caigo como un saco de patatas entre los restos de la mesa de bambú que nos regaló mi padre.

Me pongo de pie lentamente, milagrosamente aún con las gafas en su sitio, y veo que mi mujer se acerca amenazadoramente hacia mí. Las pocas palabras que pienso puedo decir no salen de mi boca, pues recibo una patada en el hombro que provoca un sonido malsano y un dolor punzante.

De nuevo, agarrándome el brazo y con una mueca de dolor, me pongo de pie frente a mi mujer. No quiero mirarla a los ojos. Creo que sé por lo que está pasando, aunque el golpe contra la pared me ha dejado algo confuso y me cuesta pensar.

El siguiente golpe va directo al estómago, y tengo que doblarme hacia delante por la fuerza que lleva. Por un momento siento nauseas, pero consigo mantener todo en su sitio y no hago ni un ruido. Ella no grita al golpear, y yo no quiero que el pueblo se dé cuenta de lo que está pasando, así que me mantengo en silencio mientras ella sigue desahogándose. Ella tiene todo el derecho del mundo, y si esto le va a ayudar a que se sienta mejor, yo no soy quién para evitar que lo haga.

Al cabo de un tiempo que no sé determinar, la inconsciencia me toma. Al despertar, estoy en la cama que aún no hemos compartido nunca. Hay vendas por todo mi cuerpo y puedo sentir el trabajo de varios ungüentos curativos.

—¿Estás despierto? —la voz, cansada y asustada de mi mujer me llega desde mi lado izquierdo, el único que parece funcionar. Como por arte de magia, mis gafas descienden poco a poco hasta que quedan puestas en su lugar, y entonces veo la mano de Shampoo retirándose rápidamente.

Sonrío un poco, pero me duele al sentir que mi labio está partido en un par de sitios. Aún así, no dejo de hacerlo.

—Lo… ¡Lo siento mucho! Lo siento… —ella se echa a llorar y me abraza aún tumbado en la cama. Me dice que se arrepiente de lo que ha hecho, y que le duele más de lo que pensaba verme así. Que cuando por fin recuperó la razón, empezó a curarme entre llantos desconsolados y que, por suerte, apareció Cologne y ella le ayudó.

—A partir de ahora, viviremos el uno para el otro, ¿de acuerdo? —dice cuando recupera la compostura —Vamos a enseñarles a esos desgraciados del pueblo que podemos ser muy felices por mucho que les moleste.

Sonríe, y me besa dulcemente en la frente. Y yo me olvido de sus puños por completo y tan sólo disfruto de la imagen del ángel que tengo ante mí, sonriéndome.


N.A.: El razonamiento de Mousse está mal. ¿Se ve? ¿Se nota lo equivocado que está? ¿Resulta evidente? Porque a pesar de las fechas en las que estamos, la gente sigue muriendo por razones tan nimias como el sexo, la posición social o las afinidades políticas. O incluso, de manera más estúpida, por la parte del mundo en la que nacieron. Detengamos, en lo que podamos, la estupìdez que infecta el mundo.

Al capítulo anterior. O a una Vida en Momentos Congelados. O al capítulo siguiente.

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