La carta


Ocurre a los 24 años y 7 meses.



La carta

Hola,

Te escribo esta carta porque dudo mucho que jamás llegue a entregarla. Suena contradictorio, ¿verdad? Bueno, en realidad no lo es tanto. Al menos, no cuando te sientes tan perdido como me siento yo ahora. Ver tus palabras escritas le dan una cierta sensación de… verdad, de derecho. Te permiten ver tus pensamientos desde fuera, verlos alejados de ellos, y te permite pensar con claridad. Pero, esta carta no trata de su propio por que, trata de su contenido.

Tenía tantas y tantas infladas esperanzas sobre lo que manteníamos. Supongo que perdí totalmente la perspectiva algún día de entre aquellos meses. Me volví ciego a lo que tratabas de hacerme ver sin palabras, y nos puse en una situación ciertamente complicada. Tienes que disculparme: no estoy acostumbrado a las sutilezas de estas complicadas relaciones. Para mí, en mi pasado, todo era tan fácil, tan cristalino y simple, que incluso ahora, habiendo crecido, me cuesta comprender que esto es de todo menos fácil, menos simple. Supongo que todas estas esperanzas convirtieron cada gesto en una invitación, cada mirada en una palabra que en realidad nunca iba dirigida hacia mí. Me dejé arrastrar a ver más allá, cuando en realidad no había nada. De nuevo, mi ignorancia casi absoluta sobre los tejemanejes de esta parte de la vida me jugaron mala pasada, aliándose además con mi naturaleza ciertamente nerviosa y demasiado imaginativa.

Desearía poder enmudecer aquella mala palabra que lo desencadenó todo, pero como tengo bien aprendido, el pasado es inmutable, y la historia seguirá escrita por siempre. Además, si no hubiese ocurrido, ahora no estaría aquí, escribiendo esta carta, aprendiendo de lo hecho de una manera mucho más real de lo que lo había hecho antes; no sería, en resumen, un poco más sabio. Puedo asegurar que he vivido muchas cosas en esta vida, muchas experiencias que pocos pueden decir que hayan vivido en la vida, mucho menos a mi edad. Sin embargo, perder una amistad de esta manera… puede que sea la más dolorosa de todas ellas. No puedo, ni quiero, llevarme todo el reconocimiento de lo que ha pasado. Por que, aunque esta carta pide perdón, piensa hacerlo siendo sincera, y eso no lo va cambiar ninguna lágrima ni ningún grito de odio.

La razón que me diste para odiarme es mentira. Podría adornarlo, pero no pienso hacerlo. Aquello era, simple y llanamente, una excusa. Utilizaste una excusa para poder hacer lo que llevabas tiempo deseando que viera e hiciera por mí mismo. Siento que te decepcionase, pero me resulta terrible que no fueras capaz de ser tan honesta sobre eso como lo has sido siempre para todo lo demás. De hecho, me llena de pena que, al repasar las cosas desde esta nueva perspectiva, me dé cuenta de cuanto mientes sobre estos temas; no a los demás, si no a ti misma. Tratas de convencerte una y otra vez de que eres distinta a todas aquellas que odias, pero en este aspecto mientes tanto como ellas. La única diferencia, como ya he dicho, es que te lo haces a ti misma.

Y eso me llena de tanta pena que no podía mantenerme callado.

Si algún día decides sincerarte, abrir los ojos y ver que no te he mentido nunca, y que tampoco lo hice cuando te dije que estabas equivocada, yo te daré un gran abrazo y te aseguraré que está todo olvidado. Hasta entonces, no haré nada para dejar de ser el que recibe tu odio. Por que entiendo que hasta un ángel necesita tener alguien a quién odiar.

Sinceramente,

Mu-Tzu del Nujiezu.


Al capítulo anterior. O a una Vida en Momentos Congelados. O al capítulo siguiente.

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