La aldea no es suficiente

Como un mosaico de recuerdos de distintos colores, la vida de Mousse, antes y después de Nerima, se desdibuja aquí a base de pequeños textos, de pequeñas escenas que encierran moralejas y lecciones vitales.

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Bla bla el momento es a los 16 años (un pelín menos).

Agradecimiento: A Davinci, por esa correspondencia electrónica tan entretenida y querida, así como sus consejos y ánimos de beta. ¿Qué decir? ¡Eres lo más!


La aldea no es suficiente

“Me marcho.” Dijo el joven de pelo largo y negro, gafas y túnica blanca con adornos geométricos. El chico había pasado ya por dieciséis veranos distintos, casi ninguno agradable, y había tomado una decisión. Sin embargo, su amigo, único acompañante en la puesta de sol, rubio, alto y de ojos marrones, no estaba de acuerdo.

“Pero Mu-Tzu… Ya sabes que no puedes hacer nada.” La voz del joven contenía la súplica y el nudo que se le estaba haciendo en el estómago. Aquel que se marcharía era su único amigo, y él, el único amigo del que se marcharía. Y la separación sería tan dolorosa que no quería siquiera imaginarla.

“¡NO! Yo sé lo que siento, y sé que ella lo sabe.” Las lágrimas corrían por fin libres por sus mejillas, reflejando de manera especial la luz anaranjada del sol escondiéndose tras el horizonte.

“¿Estás seguro?” Murmuró el chico rubio al viento. Ya no había más pena ni súplica en su rostro. Sólo resignación. Y al oír la respuesta, dolor.

“Sí, estoy seguro.” La voz era firme, el cuerpo estaba rígido, pero su mente se abría y cerraba a cientos de posibilidades, a cientos de preguntas y aún más respuestas. Era confusión lo que reinaba en aquello que nadie ve.

El alma del chico se estaba rompiendo a cachos por tratar de responder a las preguntas sin respuesta. En una tarea sin fin, su ser trataba de abarcar los misterios para ponerlos bajo análisis, dejando su fuerza vital en el trabajo hasta que no le quedara nada.

Él no lo sabía, su amigo sí.

“No, Mu-Tzu, no lo estás. Y no me respondas. Lo veo, lo veo en esos ojos.” Le señalaba con un par de dedos que parecían acusadores, pero en realidad trataban de hacer comprender. Cualquiera que hubiera pasado por allí y se hubiera detenido a escuchar la conversación hubiera notado la presión, la seriedad, la indecible pero no incomprensible madurez que resonaba en cada una de las palabras de esos dos jóvenes.

“No… No me lo pongas más difícil, por favor.” Súplica, miedo, dolor y aún más lágrimas acompañaban de la mano a las tristes palabras que él chico había conseguido murmurar. Él ya no miraba al sol que se retiraba, sino que trataba de convencer a su amigo de la única manera que sabía sería posible.

Trataba de hacer a sus ojos hablar, tal y como lo hacían los rubíes de ella.

Aquellos rubíes que estaba seguro le invitaron a seguirla unos días antes cuando, por casualidad, de vuelta de su pequeño viaje de entrenamiento, la vio recogiendo sus cosas, su espada, su vida, para partir en búsqueda de una pelirroja que, luego sabría, había arrebatado a la chica de pelo lavanda la victoria, y con ella, el honor que le pertenecía por derecho.

Sin embargo, su amigo también pudo ver esos ojos, y leer lo que gritaban. Y gritaban una cosa, y eso no era la pena que Mu-Tzu se había empeñado en crear y que tan convenientemente servía de excusa para su partida y su continuo cortejo de Xian-Pu. Él vio alegría por abandonar este lugar y, aún más importante, desprecio y odio cuando posó su mirada sobre su ciego amigo. Le fue fácil concluir que ella habría preferido haber salido del pueblo sin ser vista por Mu-Tzu.

Pero, aquel fatídico encuentro tuvo lugar y, de la única manera que la mente de su amigo pudo soportarlo fue, como casi siempre, amoldando los hechos a sus deseos. Y así, esa gélida mirada cargada de un odio visceral pasó a convertirse en una especie de plegaría, de invitación en su ya de por sí frágil carácter. Era la mentira que le llevaría a la perdición. Y, pensaba el joven de cabellos de oro, Mu-Tzu sólo podría culparse a sí mismo porque él fue quién se creó la idea equivocada.

Pero él tampoco podría descansar.

Reconocer que, tal vez, si hubiera replicado una vez más, si se hubiera opuesto más firmemente o si hubiera actuado más drásticamente, cualquier cosa que hubiera impedido la partida hacia la miseria de Mu-Tzu, le prohibía siquiera imaginar que algún día podría irse a la cama sin haberse reprochado lo que había hecho o, más exactamente, lo que no había hecho.

“¿Qué hacer?” Apenas el murmullo salió de su boca, fue arrastrado por el viento que se formaba en aquella planicie a la puesta de sol como si de un ritual se tratara. Siempre soplaba igual de fuerte, siempre en la misma dirección. Pero el joven seguía sin decidir. Perdió su mirada en los últimos resquicios enrojecidos del astro rey, sólo para darse cuenta de que ya había hecho una decisión. Entonces encontró miles de argumentos en contra, pero no había tiempo para considerarlos, porque Mu-Tzu ya se había dado la vuelta y había comenzado a andar a buen paso.

“Mu-Tzu, ¡MU-TZU!” El aludido se dio la vuelta parcialmente mientras su larga melena ondulaba de forma perfecta por el viento de la tarde. Un solitario rayo de esperanza adornó por un momento sus facciones, para desaparecer como si nunca hubiera estado allí, aunque su amigo pudo verlo con claridad.

“Ve y… encuéntrala.”

Él sonrió, pero Zu-Ren no lo hizo. Y no lo haría hasta muchos años después.

El sentimiento de culpa siempre fue demasiado grande.


N.A: Según un diccionario de japonés que encontré en Internet, “Furenzu” significa “amigo”, de ahí el nombre de ese personaje (Furenzu – Zurenfu – Zu-Ren). Como siempre, reviews apreciadas, gracias…

Al capítulo anterior. O a una Vida en Momentos Congelados. O al capítulo siguiente.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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