Es de noche. Luna nueva.

Ah, 29 años es la fecha…


Es de noche. Luna nueva.

Era una luna nueva. Y además, su semana para levantarse a su llanto. Por alguna razón que no comprendía del todo, las noches de luna nueva, o, sin luna, lloraba desconsolado hasta que alguno de ellos iba allí y le acunaba un rato.

Esta vez, como el resto de las veces, se había levantado preocupado. No podía evitarlo, era superior a sus fuerzas, y sólo oírle llorar conseguía que aguantara la respiración hasta que estaba al lado de su pequeña preciosidad y se aseguraba de que la solución estaba en su mano. Un poco de agua, la mantita más arriba, acunarle un poco… Por esa pequeña joya haría cualquier cosa.

Lo mismo que haría por su mujer, pero de otro modo.

Nada grave. Tan sólo se había despertado en medio de la noche y, viéndose solo, y sin la luz de la luna entrando por entre las cortinas, asustado, llamó a sus padres de la única manera que él sabía. Por ahora, todo estaba bien. No tendría nada de que preocuparse, porque él estaría siempre ahí. Siempre que fuera su semana, claro.

Era imposible no preocuparse por una cosa tan pequeña que cabía tan bien entre sus brazos. Simplemente parecía tan indefensa que la sola idea de no estar constantemente a su lado le aterraba. Y sin embargo, saber que era una parte de él y una parte de la mujer que amaba, le maravillaba tan profundamente que siempre llevaba una sonrisa en la cara cuando posaba su mirada sobre el pequeño.

¡Y cómo le había sonreído su mujer cuando se había levantado! Ni siquiera había tenido los ojos abiertos cuando los llantos habían empezado, pero la sonrisa de puro amor que le había dedicado ahí, con unas sábanas por encima, medio desnuda e irradiando la felicidad de una nueva madre hubiera aumentado su amor por ella si eso fuera posible.

Pero la llamada era apremiante, y en un tiempo sólo posible para un artista marcial, se había colocado sobre su bebé, comprobando la temperatura del pequeño, si la ventana podía estar abierta y si había rastros de algo como vómito o algo por el estilo. No encontró nada, así que concluyó que tan sólo habría sido un desvelo, y le cogió y se le colocó entre los brazos y empezó a acunarle mientras daba vueltas de aquí para allá por la habitación, exagerando sus movimientos aposta para que el bebé notara que se movían mientras trataba de calmarlo con una lenta y suave nana que iba recordando al momento.

“No tardes ya más mi pequeño,
que la luna nos mira con descaro.
Vamos a dormir, vamos al sueño,
que los ángeles esperan hace rato.”

Varias veces el suave sonido de la canción salió de Mousse. Unas veces miraba a su retoño, otras apartaba la cortina para observar las luces que se descubrían en el cielo nocturno. Pero él siempre movía sus brazos de la manera más cariñosa y calmante posible, y cuando le miraba, sus ojos adquirían un brillo aún mayor que de normal. Aquel pequeño ser estaba resultando ser la mayor alegría que nunca, en toda su vida, se le había presentado.

Poco a poco, los lloros fueron cesando, y el sueño recuperó por fin a uno de sus habitantes perdidos tempranamente. Aún así, Mousse no dejó inmediatamente a la criatura en la cuna, sino que lo mantuvo un rato más mientras seguía meciéndole y susurrándole esa corta nana de su niñez. Uno de las pocas cosas de su niñez que atesoraba: las nanas que su madre le cantó cuando no podía dormir.

Por fin, le dejó en la cuna, tapándole con cuidado para no despertarle, y se despidió con un ligerísimo beso en la frente. El bebé sonrió en sueños, irradiando la paz que sólo un bebé puede dar al dormir. Y él sonrió una vez más a su hijo dormido sintiéndose orgulloso de lo que había conseguido en lo que llevaba de vida. Lo que le quedaba de ella… se enfrentaría a ella con su mujer.

Ahora más despacio, llegó a su habitación a oscuras tratando de no hacer ruido para no volver a despertar a su mujer. Sin embargo, ella, todavía con esa sonrisa indefiniblemente hermosa, se volvió mientras todavía se estaba metiendo a la cama. Ni todo el entrenamiento del mundo le ayudaría para poder sorprender a su esposa.

“Nada.”

“Nada de nada. Un desvelo.”

“¿Por qué el retraso?”

La pregunta hizo que a Mousse se le ensanchara aún más la sonrisa.

“Nada. Sólo que me gusta verle. Nuestro pequeño Tenshi.”


N.A: Según un diccionario que tengo por aquí, “Tenshi” significa “ángel”, de ahí el nombre.

Al capítulo anterior. O a una Vida en Momentos Congelados. O al capítulo siguiente.

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