El mejor regalo del mundo

Como un mosaico de recuerdos de distintos colores, la vida de Mousse, antes y después de Nerima, se desdibuja aquí a base de pequeños textos, de pequeñas escenas que encierran moralejas y lecciones vitales.

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Fecha es 32 años.



El mejor regalo del mundo

Poco a poco, minuto a minuto, la clase se iba acabando. Él lo sabía, así que dejó los nuevos ejercicios para el día siguiente. Recorrió la sala de entrenamiento con la mirada y sonrió. Cada uno de sus estudiantes intentaba desarmar a su pareja a través de las técnicas que les había ido enseñando durante la última semana. Sólo unos pocos demostraban los reflejos suficientes como para poder hacerlo. Sólo uno era lo suficientemente rápido como para salvarse en una pelea de verdad. Sin embargo, no estaba decepcionado.

La gente ya no vivía a base de peleas, y el índice de criminalidad era cada día más bajo. No, la mayoría venían allí en busca de ejercicio y enseñanzas, y él les proveía de lo que querían, de lo que necesitaban en un mundo de incesante movimiento.

-De acuerdo clase, esto es todo por hoy -todo el mundo cesó de inmediato y, a una orden suya, empezaron la tarea de recoger.

Unos minutos después, todo estaba en su sitio y, uno a uno, sus estudiantes se despedían de él y salían de la sala. Cuando al fin se quedó solo, empezó a recoger sus cosas. Guardó el equipo de música que solía utilizar y se cambió a una ropa más informal, colgando su larga túnica blanca en uno de los armarios empotrados. Como siempre hacía, buscó en las paredes blancas algún tipo de desperfecto. Luego, hizo lo mismo con los espejos que cubrían las otras dos paredes y, tras no descubrir ninguno, apagó todas las luces menos una, la del centro de la estancia rectangular.

Se dejó rodear por la luz, y miró su reflejo en el espejo. Ni los vaqueros ni la camisa eran suficiente como para que no pudiese ver su vieja imagen de adolescente reflejada en el cristal. Con la túnica que aún usaba y sus enormes gafas mal graduadas apareciendo como fantasmas de su vida pasada.

Meneó la cabeza e hizo desaparecer esa imagen. Aquello pertenecía al pasado, a otra época de la que había mantenido lo mejor y había desechado todo lo demás. Tenía cosas mucho más importantes que recordar, como el aniversario de su boda o el cumpleaños de su hijo.

Toda esa reminiscencia febril era culpa de su trabajo. Sin embargo, las artes marciales se habían descubierto como su verdadera vocación, y a pesar de todo, no dejaría de hacerlo. Había invertido demasiado en ellas como para dejarlas escapar por unos simples ataques de melancolía.

-¡Ya estamos en casa! -anunció la voz de su mujer desde la entrada. Apagó la luz y cerró la sala rápidamente, cruzando el jardín que lo separaba de su casa de una correndida.

-¡Papi! -vio como su hijo se dirigió hacia él corriendo en cuanto le vio. Sonrió y esperó a que llegase hasta él. Habían pasado más de dos años desde que lo había hecho por primera vez, pero todavía se emocionaba al verle correr.

-¡Mira papá! ¡Mamá y yo te hemos hecho un regalo! -su hijo sacó un papel un poco arrugado del bolsó de su pantalón. Cuando vio su estado, dio un pequeño gritito y comenzó a desdoblar el papel, consiguiendo efectivamente dejarlo peor de lo que estaba.

-No pasa nada, no pasa nada -dijo sonriendo. Le cogió el papel a su hijo y le sonrió. Éste le devolvió el gesto y, al llegar su madre hasta él, se cogió de sus manos, observándole con atención.

Dejándose intoxicar por la ilusión de su hijo, desdobló el papel, descubriendo su regalo.

Era un dibujo. Tres figuras se agarraban las manos al lado de una casa de dos pisos azul y marrón. Una figura, de apenas un tercio de la altura de las otras dos, era su hijo, Kenshi. La de en medio, rubia y embarazada, era su mujer. Y la última, con el pelo largo y negro y con una túnica blanca puesta sólo podía ser él. Y por encima de todos ellos, escrito en unos preciosos símbolos que sólo podían pertencer a su mujer, había un mensaje escrito.

“¡Feliz cumpleaños, papá!”

Abrazó a su mujer, poniéndo una mano en su abultada barriga, y luego cogió a su hijo y también lo abrazó al tiempo que lo levantaba en el aire.

-Os quiero -dijo simplemente. Dio otro vistazo al dibujo de su hijo. Definitivamente, su túnica ya no le preocupaba.


Al capítulo anterior. O a una Vida en Momentos Congelados. O al capítulo siguiente.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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