Capítulo 2 de lEEHdlTTF

En Ranma 1/2, las cosas van bien. Un día, como siempre debe ser, algo raro ocurre, esta vez, relacionado con Akane. Cuando Tôfû le explica a Ranma que el “fanon” es el culpable de lo que sucede, éste se enfrentará a una multitud de cambios imprevistos.

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Las fallas de coherencia a su alrededor no hacían más que ponerle nervioso. Podía ver con verdadera inquietud una especie de luz diminuta justo en el centro de cada grieta sobre la que posaba la mirada, grietas que seguían apareciendo por todas partes, muchas de ellas en lugares imposibles.

Entre aquellas agobiantes imágenes, Ranma se dirigió rápidamente al Utchan’s, notando también que cada vez veía menos vecinos de Nerima por las calles mientras se movía por los tejados de los edificios.

Unos minutos después, llegó por fin al Utchan’s, y no pudo evitar soltar un suspiro de alivio al ver que la fachada del edificio estaba tan definida como siempre, al contrario de lo que había visto en el Cat Café. El muestrario de okonomiyakis seguía en su sitio, las cortinas con el nombre de “Utchan’s” estaban tan rojas y desgastadas como siempre y la puerta corredera seguía dando la impresión de ser tan frágil como siempre le había parecido.

Un poco más tranquilo por todo aquello, Ranma cruzó el umbral del restaurante bastante más despacio de lo que lo hacía normalmente, permitiendo que una mezcla de olores conocidos y muy agradables para él inundasen su olfato. El olor a aceite quemado, el de los huevos fritos, el de las gambas en su punto… Todas aquellas esencias le hacían la boca agua, y el ruido de la gente metida en sus conversaciones, las risas e incluso las discusiones, creaban un fondo de sonidos que le relajaron aún más y le permitieron olvidarse del problema que le ocupaba durante unos instantes.

Durante unos pocos instantes.

—¡Hola Ranchan! ¿Quieres uno de gambas? —le saludó Ukyô Kuonji, su amiga de la infancia y dueña del restaurante de okonomiyakis.

Ranma fijó por fin su vista sobre la chica que le había saludado, y dejó que una pequeña sonrisa se dibujase lentamente en su rostro. Ukyô estaba como siempre, embutida en su traje de chef masculino de okonomiyakis, con su enorme espátula atada a su espalda y su cinta de espátulas arrojadizas recorriéndole diagonalmente el pecho a modo de advertencia hacia sus rivales. Además, su pelo castaño oscuro seguía liso, libre y bien cuidado, cubriéndole prácticamente toda la espalda. Y su pericia en la cocina, como pudo comprobar mientras se acercaba a ella, seguía intacta.

—Muchas gracias, Utchan, estoy hambriento —agradeció Ranma antes de comerse el tentempié de un bocados —. Apenas he desayunado esta mañana —explicó al ver la cara de sorpresa de Ukyô.

—¿Y cómo ha sido eso? —preguntó la chica mientras preparaba otro okonomiyaki, esta vez algo más grande.

—Pues verás, esta mañana ha sucedido algo muy extraño con Akane.

Mientras Ranma acababa con su segundo, su tercero y empezaba su cuarto okonomiyaki, rápidamente le hizo un resumen de lo que había pasado durante la mañana a la cocinera, que escuchó con gran atención.

—Y eso es básicamente lo que ha pasado — finalizó el chico tras ingerir el último bocado de su okonomiyaki.

—Eh, Ranma, ¿estás seguro de lo que me acabas de contar? —preguntó Ukyô tratando de no parecer incrédula, y fallando miserablemente.

—Totalmente —aseguró Ranma con decisión —. Ya sé que esto suena un poco raro, con todo eso del “fanon” y esas cosas que ni yo entiendo, pero es la verdad. Cosas más raras… bueno, en realidad nunca he visto nada tan raro.

—Ranma, no sé qué te pasa, ¡pero lo que dices no tiene ningún sentido! —exclamó Ukyô incapaz de esconder su incredulidad por más tiempo.

—¿A qué te…

—Ranma, desde que has venido no has hecho más que decir tonterías. ¿Akane poseída por algo llamado “fanon”? ¿Fallas que salen de la nada? ¿Kunô cuerdo? Ranma, creo que necesitas ayuda, una ayuda que tus amigos no podemos darte…

—Pero Ukyô —respondió Ranma sin hacer caso al último comentario de la joven —, si no me ayudas, Akane…

—¡Akane! ¡Siempre Akane! —explotó finalmente Ukyô —¡No piensas más que en Akane! Así nunca te vas a dar cuenta de lo que tienes delante, si siempre permaneces cegado por Akane.

—Ranma —comenzó otra vez tras darse un momento para calmarse —, entre todos los restaurantes que tengo que dirigir, apenas sí tengo tiempo para pasarlo en este sirviendo a los clientes con mis propias manos. Sabes de sobra que lo hago porque tú estás aquí, porque ya somos mayores de edad y podemos decidir que queremos hacer con nuestras vidas. Pero es por esa mismo razón por la que yo no puedo seguir así, Ranma.

Por su parte, el joven Saotome no tenía respuesta para aquello, sobre todo por que no podía creerse lo que estaba escuchando. Rápidamente, una sospecha apareció en su mente.

—¡Escúchame, Ranma! —le espetó Ukyô al darse cuenta de sus deliberaciones interiores —Aunque Akane me cae bien, me temo que tiene problemas, y que con lo ciego que estás respecto a ella, no te das cuenta de que esos mismos problemas se te están pasando a ti. Por favor Ranma, somos mayores de edad, tenemos un buen futuro por delante y unos estupendos amigos. No lo eches todo a perder.

Al ver que Ranma no le respondió, Ukyô bajo la mirada, entristecida.

—Lo siento, me voy arriba a descansar un poco —dijo, y acto seguido, subió por las escaleras al final del restaurante.

“¿Qué demonios es eso de que tiene muchos restaurantes? ¿Y lo de qué somos mayores de edad?” No podía creer lo que acababa de escuchar. Todo aquello le olía cada vez a que Ukyô había sido “faneada”. Si Akane se dirigía hacia aquí, que Ukyô ya estuviese cambiada significaba que ya había llegado, pero, ¿hacía cuánto? ¿Pudiera ser que todavía estuviera allí?

—¿Ranma?

Una voz conocida le llamó a su espalda, y al girarse, descubrió a Konatsu, el kunoichi que resultó ser un hombre aunque se travestía y se comportaba como una mujer porque había sido criado como tal, y que junto a Ukyô y Akane liberó de la esclavitud a la que le sometían sus hermanastras y su madrastra como si fuera una versión pobre y fea de “La Cenicienta”.

Tal y como solía hacer desde que Ukyô le contrató como camarera del Utchan’s, Konatsu llevaba puesto un uniforme muy parecido a un kimono que, junto al maquillaje y el resto de accesorios de los que se valía el travestido, le daban la apariencia de una bella y joven muchacha tradicional japonesa, visión reforzada por lo perfectamente limpio y arregaldo que llevaba dicho uniforme.

Ranma, a pesar de las apariencias, desconfiaba de Konatsu. Al fin y al cabo, si Ukyô había sido faneada, ¿qué evitaba que Konatsu también hubiera sido afectada? Tenía que reconocer que se estaba comportando como siempre, es decir, más bien cohibida, tímida y asustadiza, pero de todas maneras la duda seguía planeando en su pensamiento.

—Ranma, ¿tú también has advertido el comportamiento extraño de Ukyô? —preguntó en voz baja Konatsu.

Esta preguntó despertó el interés de Ranma, que decidió seguir la conversación para ver si podía descubrir si la kunoichi estaba en sus cabales o no.

—Sí, es muy extraño. Me pregunto por qué ha cambiado así.

—Si lo que ha estado hablando con ella es cierto, entonces supongo que ha sido a causa de Akane —le hizo saber aún en voz baja.

—¿Cómo? —preguntó rápidamente Ranma, suponiendo apesadumbrado cual iba a ser la respuesta.

—Faltaban como unos diez minutos para que fuera mediodía, y Ukyô estaba barriendo la entrada del restaurante como suele hacer normalmente antes de que vengan los clientes de la comida —relató Konatsu con pena no disimulada —. Salí a ayudarla, y en ese momento apareció Akane. Sin ni siquiera saludar, se dirigió hasta Ukyô y entró en el restaurante rozándole la frente. Fue a partir de entonces que Ukyô empezó a decir cosas raras y a comportarse de forma extraña, tan extraña…

En aquel punto, Konatsu no pudo aguantar más y rompió a llorar entre sollozos ahogados e intentos fallidos de recuperar la compostura.

—¿Qué pasó, Konatsu? ¿Por qué lloras? —preguntó Ranma algo nervioso. Sabía de sobra que Konatsu era un hombre, pero aún así, se comportaba demasiado como una mujer como para que a Ranma no le pusiera algo nervioso al verle llorar.

—Es que… ¡Es que Ukyô me ignora desde entonces! —explotó medio indignada y medio derrumbada la camarera del Utchan’s —¡No sé qué hacer! Aunque pase a su lado, aunque le hable o le grite, es como si no pudiera verme ni oírme.

Aunque Ranma estaba impaciente por saber que había pasado con Akane después, le resultaba imposible ignorar el hecho de que Konatsu, la única que parecía no haber sido afectada por el fanon aparte de Cologne, estaba totalmente hundida.

—Konatsu, escucha —le dijo para llamarle la atención —. No creo que Utchan te esté ignorando por que quiera. ¿Has escuchado todo lo que le he contado a Utchan? —ante su negativa, continuó —Se resume en que el fanon se está apoderando de nuestro mundo, y Akane, por alguna razón, parece ser su portadora. Ya sabes lo del fanon, ¿no? Eso de los libros que aparecen en la biblioteca y de las historias que, por tanto, tiene que haber y que no llegan a convertirse en libros…

—¡Esos libros los conozco! —le interrumpió Konatsu más alegre —La buena señora bibliotecaria me ha dejado leer más de uno, ya que en algunos, mis sueños sobre Ukyô y yo se hacen realidad…

—No, si al final voy a ser yo el único que no ha leído ninguno de esos libros —gruñó para sí Ranma.

—O sea, que eso significa que Ukyô y Akane no son ellas mismas en este momento —aventuró con esperanza Konatsu.

—Sí, eso es.

—¿Cómo podemos ayudarlas? —preguntó inmediatamente.

—Debemos encontrar a Akane cuanto antes —respondió Ranma, de nuevo con un tinte de ansiedad en su voz —. Es la única pista que tenemos de todo este desastre.

—Entonces vayamos a por ella al almacén —resolvió felizmente Konatsu.

—¿Cómo?

—Ah, es verdad —dijo Konatsu con tono de disculpa —. Es que, después de que Ukyô y ella hablaran un rato, Ukyô le dejó revisar todo lo que quisiera de todo el restaurante. Por lo poco que pudo oír entre mis propios intentos por llamar la atención de Ukyô, Akane estaba buscando algo desesperadamente que no había podido encontrar ni en su instituto ni en ese café que llevan las amazonas chinas rivales de mi jefa. De hecho, justo antes de que entraras tú, Akane se metió en el almacén, el último sitio que le quedaba por mirar, y como no la he visto salir, supongo que todavía estará allí.

Ranma ni siquiera le contestó, porque se dirigió inmediatamente hacia la puerta que Konatsu le había señalado. Sin embargo, antes de que hubiera recorrido la mitad de la distancia, la puerta se abrió y, del interior del almacén, apareció Akane.

Pero, no parecía la Akane que llevaba buscando todo el día. Tenía la cara repintada con demasiado colorete y los labios repasados de varios colores, además de unos ojos muy rojos que parecían ser el resultado de haberse dado demasiado rimel. Tenía también teñida partes de su cabellera de distintos colores, desde el castaño claro hasta el rojo intenso, y su ropa parecía más una exposición de complementos que algo conjuntado para salir.

—Parece ser —dijo a su lado Konatsu —como si se hubiera maquillado y vestido varias veces, una encima de otra, como si no se diese cuenta de que ya estaba preparada para salir.

Por suerte para Ranma, Akane no miró hacia su dirección durante el rato que se la quedaron mirando. El joven no pensaba desaprovechar esa ventaja quedándose quieto por más tiempo, por lo que, impulsándose muy fuerte, se dirigió de un salto en dirección a Akane por su espalda para… para…

Para preguntarse qué haría cuando la atrapase.

—Y ahora, ¿dónde estoy? —preguntó a nadie en particular Ryôga de un potente grito cuando abrió en ese preciso momento la puerta corredera del Utchan’s de par en par.

Aquel grito alertó a Akane que, girándose, se encontró con que Ranma se dirigía hacia ella como un misil por encima de la plancha. De un rápido movimiento, Ranma se encontró dirigiéndose a toda velocidad hacia la pared, por lo que girando en pleno vuelo de mala manera, absorbió con las piernas el impacto y seguidamente, recuperó la verticalidad.

—Ah, ¡hola Akane! ¿Qué haces tú por Okinawa? —preguntó Ryôga a Akane con el nerviosismo que siempre le invadía al estar frente a la chica de sus sueños.

Akane se movía a una velocidad endiablada y con una gracia y una fluidez inusual en ella y, cuando estuvo a la altura de Ryôga, le empujó con un mano.

Lo que Ranma no se esperaba era que Ryôga saliese disparado y se empotrara contra la pared que había enfrente del Utchan’s. Sí esperaba, por otro lado, que en cuanto el camino estuvo despejado, Akane saliese disparada de allí a toda velocidad.

Salió tan rápido como pudo queriendo suponer que Ryôga estaba bien, y subió de un salto a un tejado cercano, desde donde pudo ver la silueta de Akane haciéndose cada vez más pequeña. Obviando el hecho de que Akane jamás había sido capaz de navegar por los tejados como lo hacían Ryôga o él, comenzó la persecución.

Y aunque su experiencia le daba una ventaja recorriendo los tejados, esa experiencia no era suficiente como para alcanzarla, dado que ella simplemente le superaba en velocidad, y poco a poco, su figura se iba haciendo más y más pequeña y más difícil de distinguir entre el paisaje urbano de Nerima.

Finalmente, viéndose incapaz de alcanzarla y sin poder distinguir su silueta, decidió volver al Utchan’s para ver si le había dicho a Konatsu o a Ukyô cuál era su siguiente destino. Y de paso, ver si Ryôga estaba bien, ya que aunque había supuesto que no le había pasado nada y le había dejado allí para comenzar la infructuosa persecución que acababa de dar por concluida, la verdad es que estaba algo preocupado por la posibilidad de que Ryôga también hubiera sido “faneado”.

Así que, se dio la vuelta y decidió bajar al nivel de la calle para ver donde se encontraba. Cuando aterrizó desde el tejado, se dio la vuelta y encontró…

—¿El Utchan’s?

Delante de él volvía a estar la fachada del Utchan’s, a pesar de que no había dado un paso en la dirección del restaurante de okonomiyakis. Muy confuso, volvió a darse la vuelta, y observó la pared donde Ryôga había sido añadido por Akane como un sobrerrelieve. Al fijarse en el cráter con forma humana que había dejado, vio que una gran cantidad de pequeñas fallas de coherencia inundaban la marca en la pared, y un escalofrío le recorrió la espalda.

Finalmente, se dirigió al interior del Utchan’s. Dentro ya no había ningún cliente, y las únicas personas que vio eran Ukyô a la plancha, Ryôga inconsciente sobre la plancha, y Konatsu cuidando de este último.

Rápidamente, empezó a oler a carne quemándose y en poco tiempo, un humillo grisáceo salía en pequeñas columnas de la espalda del chico inconsciente.

—¡Aauu! —el salto que dio Ryôga casi le empotró en el techo, y Konatsu no pudo evitar reírse un poco.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Ryôga todavía desorientado —Recuerdo que Akane…

Entonces, Ryôga se giró hacia Ranma y le lanzó una mirada asesina.

—¡Esto es todo culpa tuya! —acusó Ryôga sin previo aviso dirigiéndose a Ranma. Acto seguido, se lanzó con una patada voladora hacia Ranma, que éste esquivó, y que destruyó por completo la mesa donde el joven Saotome se había sentado.

—¿Cómo puede ser esto culpa mía? —preguntó enfadado y sorprendido Ranma mientras esquivaba otra patada circular y un par de puñetazos dirigidos a su estómago que hicieron añicos otra mesa más —¡Si ni siquiera sabes lo que está pasando!

—¡Sé perfectamente lo que está pasando! —le contravino cesando su ataque —¡Akane estaba huyendo de ti, por lo que has debido herirla otra vez!

—¡Por esa deshonra, te castigaré! —finalizó Ryôga aún más lleno de furia. Entonces, lanzó un puñetazo a la cabeza de Ranma, que éste desvió a la derecha con un ligero toque y luego se apoyó en la patada con la que su rival intentó partirle en dos, de manera que retrocedió de un salto hacia la salida.

—¡Eso no es así, Ryôga! —negó Ranma —¡La verdad es otra!

Pero, Ranma no tuvo tiempo de aclararle la verdad a Ryôga porque una espátula gigante cortó el aire que había en el lugar en el que se encontraba hasta un instante antes. Rodando un poco más hacia atrás, se encontró en la entrada del Utchan’s, desde donde vio a Ryôga y a Ukyô en posiciones de ataque.

—¡Ranchan, mira cómo me estáis dejando el restaurante! —gritó enfadada la chef.

—¡Mira lo que has hecho, Ranma! ¡No haces otra cosa que herir a las mujeres! —le echó en cara el chico perdido.

Con sendos gritos de guerra, ambos se lanzaron hacia él con un poderosa patada, que Ranma esquivó cediendo terreno y saliendo finalmente del edificio, al tiempo que gritaba algo como:

—¿¡Por qué a mí!?


Konatsu estaba ciertamente dividida. Por un lado, sentía la necesidad de salir y ayudar a su jefa, pero por otro, sabía que Ranma era posiblemente el único que no había sido afectado por el fanon, y por tanto, una de sus pocas esperanzas para hacer que Ukyô volviese a su ser normal.

No tuvo que decidirse por nada, sin embargo, ya que en aquel instante el teléfono del restaurante comenzó a sonar tan estruendoso como siempre, sacando a Konatsu de un salto de sus deliberaciones mentales.

—¡Aquí el restaurante Utchan’s, el emporio del okonomiyaki! —recitó como bienvenida Konatsu. Ukyô le había obligado por métodos muy expeditivos a aprenderse ese mensaje de memoria, y tan bien se lo había aprendido que algunas personas ya le habían confundido con un contestador automático.

—Err… ¿Hola? Aquí el doctor Tôfû. ¿Ukyô? —la voz al otro lado del aparato era la de un hombre maduro y culto que se estaba enfrentando a una situación que le superaba, pero que aún así hacía todo lo posible para dar lo mejor de sí mismo. Entonces recordó como era el hombre que llamaba; Ukyô le había enseñado una foto en la que salía por casualidad junto con Ranma y Akane delante de su clínica. Llevaba muchos años siendo el médico de la familia de Akane y había ayudado en más de una ocasión a Ranma, siempre demostrando una gran calma y unos enormes conocimientos.

Sin embargo, en aquel momento, parecía intranquilo e inseguro.

—No, soy Konatsu —respondió al fin —. Ahora mismo Ukyô no está disponible.

—¡Quédate quieto y recibe tu castigo! —decía la voz de Ryôga con cierta frustración desde fuera del restaurante.

—En realidad, llamaba para comprobar si Ranma se encontraba allí en este momento.

—Ranchan, ¿cómo voy a arreglar todo lo que habéis destrozado? —preguntó la voz de Ukyô fuera.

—En este momento, Ranma también está ocupado —informó con cierta incomodidad.

—¡No ha sido culpa mía! —se defendía Ranma verbalmente.

—Necesito que venga a mi consulta cuanto antes, ya que tal vez haya una manera de detener el avance del fanon… ¿Konatsu? ¿Konatsu?

Pero Konatsu ya había dejado el aparato para que la gravedad lo colgara. Con una velocidad increíble y un cuidado aún mayor, se quitó el uniforme del restaurante, se enfundó sus ropas de kunoichi, y salió del restaurante con las llaves en la mano.

Apenas tardó un minuto en dejar totalmente cerrado el Utchan’s mientras a su espalda continuaba la lucha a tres bandos. Cuando terminó, se disculpó mentalmente a Ukyô, y procedió lanzar una bomba de humo justo en el centro de los tres luchadores. Cuando el humo se disipó, Ranma, Ukyô y Ryôga estaban atados y amordazados con unas cuerdas casi tan anchas como sus brazos. Entonces, procedió a pasarse el final de las cuerdas por encima del hombro, y empezó a andar en la dirección de la consulta del doctor Tôfû.


El Universo,

La Vía Láctea,

El brazo de Sagitario,

El Sistema Solar,

Los planetas interiores,

La Tierra,

El hemisferio norte,

Asia,

Japón,

Tokio,

Distrito de Nerima,

Una de sus calles, 12:18 PM,

Ranma POV

¿Qué demonios ha pasado? ¿Cómo es posible que ninguno pudiésemos zafarnos de su ataque? ¿Acaso ella también ha sido faneada como Akane, y se ha vuelto más poderosa? Pero parecía que no había sido afectada. Me pregunto… Me pregunto adónde habrá ido Akane ahora. Puede estar en cualquier parte…

¡No importa! ¡Te encontraré!

Ryôga POV

¡Ranma! ¡Esto es culpa tuya!

Konatsu POV

Utchan, sé lo que debes estar pensando: Sí, yo también siento que si seguimos en la actual dirección con respecto al restaurante, unido al status quo en nuestra relación personal, jamás podremos salir de nuestra precaria situación económica, y siento mucho que no le haya puesto el mismo empeño al trabajo últimamente como al principio…

Ukyô POV

¿Qué demonios está pasando? ¿Quién me ha atado y amordazado? ¡¿Y quién o qué me está arrastrando?! ¡Ranchan, ayúdame!

Un vecino cualquiera POV

¿Qué? Estoy viendo a una guapísima ninja llevar a rastras atados con unas enormes sogas a otros tres jóvenes que están haciendo tres marcas en el cemento al ser arrastrados y que ni siquiera se les rompe la ropa al ser llevados así. ¿Puede ser?

Si no recuerdo mal, el polo norte tiene unas magníficas vistas en esta época del año…

Konatsu PO…

Tras un nuevo giro, Konatsu encontró por fin el edificio que andaba buscando. La consulta del doctor Tôfû se levantaba ante ella libre de esas horribles brechas que había tenido que rodear durante todo el camino para que ninguno de sus “acompañantes” las tocara por accidente. Sin demorarse ni un segundo más admirando la fachada, se adentró corriendo en el edificio, anunciando su llegada a gritos.

Un momento después aparecieron por la puerta que llevaba a una de las habitaciones de consulta tres personas. Una era el doctor Tôfû, vistiendo un gi marrón y sus gafas de montura redonda que le daban el aspecto de uno de esos médicos jovenzuelos que saben más de lo que aparentan.

La otra persona era, si Konatsu no se equivocaba, la matriarca de las amazonas chinas y bisabuela de la joven Shampoo, una pequeña mujer llena de arrugas que andaba siempre de un lado a otro con su bastón de madera también arrugada, y con el que era capaz de hacer grandes acrobacias y más de un truco que ni ella misma sabía como copiar. Si la mirada que le estaba echando a la tercera persona era alguna indicación, parecía que no se fiara ni un pelo de ella.

Finalmente, la tercera persona era alguien a quién no había visto jamás. Lucía una enorme túnica negra con capucha que cubría por entero su cuerpo e incluso tapaba sus pies. Lo único que se le podía ver eran sus dientes algo amarillentos y mal colocados entre las sombras en las que la capucha sumía su rostro por completo.

—Por fin estáis aquí —dijo a forma de saludo Cologne.

—Sí. En cuanto el doctor dijo que había una forma de solucionar toda esta… locura que está invadiendo el mundo, no pude esperar un momento —respondió con cierta ansiedad Konatsu.

—Dije que tal vez había una forma de solucionarlo, siempre que nuestro invitado nos ilumine por fin sobre el tema —le corrigió el doctor girándose hacia la persona que Konatsu no había reconocido.

Sin embargo, el extraño se mantuvo en silencio, por lo que Ranma, Ryôga y Ukyô aprovecharon ese momento para hacer notar su disgustada situación ante todo los presentes.

—Es verdad, es verdad —respondió por fin el extraño con una voz profunda y cavernosa de barítono —. Pero antes, deberíamos desatar a estos pobres jóvenes.

Un momento después, los tres jóvenes estaban de nuevo de pie, frotándose las muñecas para deshacer el efecto de haber estado atados y haber sido arrastrados durante tanto tiempo.

—Um, gracias… —agradeció Ranma al extraño después de que éste le hubiera desatado a él —Muy bien, ¿cómo puedes…

Ranma, sin embargo, no pudo continuar porque su benefactor pegó un chillido extremadamente agudo e intenso de colegiala que le dejó momentáneamente sordo del oído derecho.

Fue entonces cuando, de un rápido movimiento con su bastón, Cologne destrozó la túnica del extraño, que cayó hecha jirones a su alrededor, descubriendo a una joven que no podía tener más de quince años y que llevaba puesto un conjunto de lo más normal, vaqueros y camisa, que aunque bastante guapa, no podía compararse con las bellezas que residían en Nerima.

—¡Sabía que ocultabas algo! ¡Dinos quién eres! —demandó saber Cologne.

—¡Ah, Ranma, protégeme! —pidió asustada como una niña la extraña, que trató de refugiarse en los brazos de Ranma, pero que lo único que se encontró fue una estatua de un mapache en su lugar.

—Lo siento, no me fío ni un pelo —se disculpó Ranma cuando la chica le mandó una mirada de reproche.

—¡Habla ahora, a menos que quieras dejar de ser una visita en esta consulta para pasar a ser un paciente! —insistió Cologne, permitiendo que su aura fuera visible durante unos instantes.

—¡Ah, no me hagan daño! —suplicó la chica —¡Yo sólo estoy aquí de recado!

—¿De recado? —repitió intrigado el doctor.

—¡Sí! —confirmó de nuevo la extraña —Yo estaba tan tranquila en mi casa leyendo unas historias sobre… vosotros en mi ordenador cuando, de repente, una voz como la que estaba utilizando, grave y profunda, me llamó y me dijo que necesitaba mi ayuda para salvar vuestro mundo. Un instante después… ¡Ey! ¡Qué estoy hablando!

Aquel grito sirvió para que todos volvieran a prestar atención a la chica, pues rápidamente habían perdido interés en su historia y habían empezado a comentar otras cosas sobre su aspecto.

—Continúa, por favor —le invitó amigablemente el doctor Tôfû, el único que parecía realmente avergonzado por su falta de atención.

—Como iba diciendo, una voz me llamó para salvar el mundo, y en cuanto acepté, una brillante luz me rodeó y en un instante me vi transportada a la entrada de esta consulta, vestida como me habéis visto. A pesar del miedo que sentía en ese momento, me prometí que llevaría a cabo la tarea que se me había encomendado aunque tuviera que enfrentarme a los peores monstruos del mismísimo infierno, aunque tuviera que dar la vuelta al mundo perseguida por asesinos sin escrúpulos que intentaran matarme, aunque, incluso, tuviera que dar mi vida…

—Sí, sí. Pero, ¿cómo se supone que vas a ayudarnos? —le interrumpió algo exasperada Cologne.

—Con esto —respondió la chica, sacando de uno de sus bolsillos un frasco de cristal tallado con la forma del taijitu moderno, el símbolo gráfico del yin y el yang, con un par de boquillas en cada uno de los círculos interiores a su contrario. Dentro, un líquido prácticamente transparente rebotaba contra las paredes del recipiente como si una corriente lo moviese como las olas del mar. Lo dejó en una mesa cercana para que todos pudieran verlo bien.

En ese instante, la chica desapareció. No hubo ninguna luz cegadora ni ningún sonido estridente, simplemente desapareció y fue sustituida por otra figura más alta, más fornida y que llevaba el mismo atuendo que ella había llevado al llegar a la consulta.

—Er… Hola —dijo el recién llegado, retirándose la capucha y dejando al descubierto un pelo corto y negro, unas gafas de montura cuadrada bastante gruesas y una barba de varios días sin cuidar; en resumen, descubriendo la viva imagen del desaliño.

—Y… ¿quién eres tú? —preguntó Ryôga adelantándose al resto por una vez.

—Me llamo Emet Eese, y he venido a ayudaros en esta grave crisis que asola este mundo —se presentó el hombre muy formalmente.

—Entonces, la chica de antes… —empezó Ranma.

—Sí, he sido yo quién la ha traído hasta aquí para que os entregase el elixir Deus Ex Machina—confirmó Emet Eese.

—Pero, si ahora estás tú aquí, ¿por qué la trajiste?

—No lo sé —respondió sencillamente.

Nadie tuvo nada que añadir ante esa respuesta.

—Veamos —comenzó un instante después —, lo que está pasando es que el fanon está “sobrescribiendo”, la realidad, el canon, y efectivamente, “sobrescribiendo” este mundo. Por tanto…

—Pero —le interrumpió Tôfû nuevamente tan nervioso como cuando había hecho la llamada telefónica al Utchan’s —, ¿por qué está pasando esto?

—Veamos… conocéis, supongo, la existencia de unos libros que aparecen en la biblioteca de aquí en los cuales hay escritas historias sobre vosotros… —al ver que todos asentían, cambió el ritmo de su explicación—Veo que eso lo sabéis. Muy bien, lo que no sabéis es que las historias que no pueden convertirse en libros, y que por tanto, no pueden “dejar su huella” en la historia, quedan fuera de este mundo, amontonándose ingentes cantidades de ellas, todas con la inercia de intentar “entrar” en este mundo.

Las caras de los más jóvenes le dijeron que tendría que explicarlo de manera más sencilla si quería que le entendiesen, así que respiró hondo, pensó un momento, y Emet reanudó su explicación.

—Es como el aire que sopla contra la pared de esta misma consulta. Al estar la ventana abierta, parte del aire que sopla hacia aquí puede entrar, pero la mayoría, choca contra la pared y no puede entrar. Esa pared es ese mínimo de calidad literaria.

—¿Y qué puso ese límite? ¿Por qué no entran todas las historias? —preguntó Tôfû intrigado.

—Nadie lo sabe —respondió Emet algo apenado—, pero no soy el único que piensa que tiene algo que ver con la memoria colectiva y el tiempo.

—Sin embargo, eso no es lo importante —reanudó el hombre —. Lo importante es que esa presión que los relatos hacen contra el tejido de esta realidad se contrarresta con esos libros que se crean. De vez en cuando, los relatos que no llegan a entrar hacen una pequeña brecha en la pared que los frena, pero para eso están los libros que aparecen en la biblioteca. Cada uno de ellos tiene la capacidad de absorber la presión de cientos de esos relatos exiliados. Vosotros mismos sabréis que esos libros tardan muchísimo tiempo en empezar a notar los efectos del tiempo, más incluso que los libros normales, pero lo que no se sabe es la resistencia que las otras historias tienen, si es que tienen una forma física. En todo caso, a menos de que ocurra algo desastroso, ese equilibrio se mantiene y no hay mayores problemas.

—El problema viene, por tanto, cuando se rompe ese equilibrio, que es lo que está pasando aquí —reveló Emet con la pena dibujada en el rostro—. El equilibrio se ha perdido, y los libros no dan de sí para aguantar la avalancha de relatos que no alcanzan el mínimo de calidad. Además, en los últimos tiempos, cientos y cientos de ellos… —en ese momento, a Emet se le quebró la voz durante un segundo —Destrozan la personalidad de Akane, la convierten en un monstruo, o en una presumida o… O en algo que no tiene nada que ver con ella, y es por esa razón que la primera en ser afectada fue ella.

—Espere un momento —intervino Cologne —. Si eso es así, ¿por qué no ha ocurrido esto antes?

—Como ya he dicho, siempre ocurre, pero en pequeña escala, y la herida dejada en la realidad rápidamente es curada por los libros. Si no ha ocurrido a tan enorme escala antes es porque había suficiente libros, pero últimamente, como la bibliotecaria os podrá confirmar, ya no aparecen tantos.

—Eso es verdad —confirmó Konatsu un poco acobardada por lo que acababa de escuchar —. Siempre que he ido, la buena señora me ha comentado que cada vez aparecen menos libros.

—Entonces —habló finalmente Ranma, que se había mantenido en silencio muy concentrado durante la explicación de Emet —, ¿qué debemos hacer? ¿Acaso esa “herida” en el tejido ese o lo que sea está en Akane?

—No, no —negó Emet con la respiración algo acelerada —. Por suerte, Akane, aunque muy faneada, no está unida al desgarro en vuestra realidad de esa manera. Es innegable que tiene que ver con ella, pero por esa razón, esa herida está emplazada en el lugar en el que Akane más aparece en esas historias, en su sitio más importante: su habitación.

—¡Ah! ¡El dojo Tendô! —exclamó Ranma angustiado —¡Mi madre está allí!

—Tranquilo, futuro yerno —dijo Cologne mientras impedía que diese un paso haciéndole tropezar —. Por seguridad, el doctor y yo llamamos a todo el mundo para que viniese aquí y estuvieran a salvo y, en caso de que estuvieran faneados, tenerlos bajo control.

—Estaba… Ha sido afectada, ¿no? Cuando pasé antes se comportaba de manera muy extraña…

—Sí, todos estaban ya enfermos —confirmó Tôfû.

—¡Maldita sea! Lo suponía… —dejó escapar Ranma apesumbrado.

—No importa —dijo entonces Emet, ganándose de nuevo la atención de todos —. Una vez que hayáis derramado el elixir Deus Ex Machina sobre la grieta, todo quedará arreglado.

Emet cogió el frasco en forma de taijitu de la mesa donde la chica lo había depositado antes de desaparecer y se lo entregó a Ranma. Entonces, éste le miró directamente a los ojos y le preguntó escéptico:

—¿Cómo es que sabes tanto? ¿Cómo sabemos que podemos fiarnos de ti y que no eres alguien o algo que es parte del fanon?

—Yo soy un guardián —respondió solemne el hombre —. Trato de que se escriban buenas historias, dando consejo e incluso aventurándome en la difícil tarea yo mismo. Y lo hago porque amo tanto este mundo que me duele en el alma verlo destruido y corrompido por seres sin respeto ni conocimiento de él. Nunca he podido hacer más que poner al servicio de este mundo mi limitado conocimiento y mis insuficientes ganas de hacer las cosas bien, pero no me arrepiento.

—Yo no odio el fanon, tan sólo quiero que se mantenga en su lugar, con la calidad que le debe de nacimiento al canon —terminó con respeto y calma Emet.

—Entonces, ¿qué es lo que hay que hacer? —dijo Ranma tras pensar detenidamente en las palabras de Emet durante un rato.

—Verter el elixir Deus Ex Machina sobre la grieta que habrá en la habitación de Akane. Si no me equivoco, parecerá una falla de coherencia más.

—De acuerdo, no parece muy difícil —dijo Ranma guardándose el frasco en el bolsillo de su pantalón. Entonces, se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la salida.

—¡Yo voy contigo, Ranma! —exclamó Ryôga.

—¡Estáis todos locos! —gritó entonces Ukyô—¿¡Acaso se ha vuelto el mundo loco!?

Ranma se giró y vio como Tôfû y Emet cruzaban una mirada llena de significado mientras Ukyô hacía esfuerzos para alejarse de todos al mismo tiempo, lo cuál le resultaba muy complicado ya que estaba prácticamente en el centro del grupo.

—Sí, está faneada —confirmó Emet sin hacer caso de la chica —. De hecho, excepto Ranma, Cologne y Konatsu, todos están faneados.

—¿Cómo? —preguntó Ranma, olvidando momentáneamente su propósito —¿Doctor Tôfû? ¿Ryôga?

—¿Yo? —dijo entonces el chico perdido —Yo no me noto nada diferente.

—Yo he podido comprobarlo, Ranma —explicó el doctor —. Y aunque sus efectos serían una ayuda para mí, no puedo permitir que por mi culpa esto dure por más tiempo.

—Supongo que de una manera parecida ocurre contigo, Ryôga —continuó Emet —. ¿Puedes por favor ir a por una toalla azul que hay en el baño del piso de arriba? Es para demostrártelo.

—Sí, ahora mismo —respondió Ryôga, que subió a trote por las escaleras, y en cuestión de un minuto, bajó de nuevo con la toalla azul.

—Aquí tiene —dijo el chico perdido, y le entregó la toalla.

—Como ves —dijo a forma de respuesta Emet —, estás faneado.

—¿Cómo?

—Mira que eres burro —exclamó Ranma impaciente —. ¡Ahora tienes sentido de la orientación!

Mientras tanto, Tôfû convenció a Ukyô para que le siguiera a una de las consultas, y Ranma no pudo evitar seguirlos con la mirada.

—Tranquilo, futuro yerno —le dijo de repente Cologne a su lado —. Tan sólo va a darle unos calmantes para que duerma hasta que se solucione todo esto. Es lo que hemos hecho con todos los demás.

—Bien —dijo Ranma con determinación —. ¡Vamos! ¿No decías que venías, Ryôga? ¡Pues vamos!

—Bien… Bien, de acuerdo. Te sigo.

Ambos salieron entonces a toda velocidad y desaparecieron tras la esquina del edificio.

Konatsu aprovechó entonces para formular una pregunta que llevaba queriendo hacer desde que Emet había explicado lo que estaba sucediendo.

—Pero, ¿cómo es posible que no me haya afectado a mí también el fanon? Quiero decir, he estado tan expuesta como los demás, así que no me lo explico…

—Siento decirte —le comunicó Emet poniendo una mano sobre su hombro —, pero apenas apareces en la mayoría de las historias que se escriben, y mucho menos como personaje principal. Esa ignorancia sobre ti se refleja en el hecho de que el fanon no te afecta.

Konatsu se sintió entonces, por primera vez, feliz de no ser muy conocida.


—Vamos Ryôga, date prisa.

En realidad, Ryôga estaba tan cerca de él como pudieran cualquiera de ellos desear, pero Ranma necesitaba expulsar su nerviosismo de alguna manera, y lo hacía de la única manera que sabía, esto es, chinchar a los demás.

—Si voy más deprisa te voy a adelantar, Ranma.

—¡Hmpf!

Viendo que Ryôga no picó el anzuelo, no le quedó otra opción que seguir con la mirada al frente dirigiendo al chico que ya no se perdía (porque, aunque ya no se perdía, seguía sin saber como llegar a ningún sitio) hacia el dojo Tendô.

El camino, tal y como había supuesto, no estaba resultando nada fácil. Ambos habían tenido ya que dar dos rodeos al encontrarse con grandes espacios sembrados por todas partes de fallas de coherencia; tantas, de hecho, que no habían visto donde colocar un pie. Por si aquello fuera poco, había comprobado que las pequeñas luces que antes había podido ver en el centro de las fallas se habían convertido en imágenes pequeñas y muy definidas. Eran como fotos colocadas muy lejos, muy adentro de las fallas y, de una manera inquietante, daba la impresión de que lentamente se estuvieran acercando.

Sin embargo, tras más de diez minutos corriendo por los tejados, vio por fin el canal en el que por una razón u otra tantas veces había caído, activando su maldición y casi siempre empezando una nueva serie de problemas.

—Bien, ya estamos cerca —informó a Ryôga con la mirada al frente —. Ahora, un par de calles más adelante, una a la derecha, y ya estamos.

—Ranma, ¿has visto esto? —la voz de su rival parecía realmente sorprendida.

Se dio la vuelta, y Ryôga le indicó que mirara al agua del canal.

—El agua está en calma. No veo nada raro en ello —describió tras una breve observación.

—Fíjate bien —insistió Ryôga.

Ranma volvió a observar el agua del canal, poniendo algo más de atención, y entonces se dio cuenta de lo que Ryôga estaba intentando hacerle ver. No era que el agua estuviera fluyendo en calma como hacía durante muchos días de verano, si no que ni siquiera fluía. El agua estaba estancada, detenida en su fluir como si se tratase de una fotografía.

—Debemos darnos prisa —dijo, poniéndose de nuevo en marcha.

—Sí.

Cuando apenas habían avanzado un par de calles, una nueva incidencia los detuvo. Al dar la vuelta a una esquina, la luz del sol los cegó por un momento reflejada en una señal de tráfico que estaba tirada en el suelo, arrancada de cuajo. Mientras se frotaban un poco los ojos para quitarse los puntos de colores que la luz les hacía ver, Ranma se dio cuenta de un cambio. Lentamente, todo a su alrededor pareció tornarse más grisáceo, incluso Ryôga y él mismo. Al fijarse de nuevo en la señal, vio que la luz que reflejaba ya no le cegaba, ya que su intensidad disminuyó. Al dirigir su mirada hacia el cielo, descubrió, junto con Ryôga, que se había teñido por entero de gris, incluyendo las nubes y el mismísimo sol.

—Ranma…

—Vamos Ryôga, ya casi estamos —cortó a su rival antes de que pudiese decir nada más.

—De acuerdo —aceptó nervioso.

Siguieron avanzando, ya lentamente, por la misma calle en la que estaba situado el dojo Tendô, preparados por si en algún momento aparecía algo más inesperado. Los dos estaban bastante nerviosos después de lo que habían visto, y no les ayudaba nada el hacho de que se sentían como si se estuvieran metiendo en la boca del proverbial lobo.

Tras unos minutos más andando, vieron por fin el edificio que habían estado buscando. El dojo Tendô, extrañamente libre de fallas de coherencia, se erguía ante ellos con su fachada de madera y su tejado de tejas azules. Un poco más calmados y aliviados, dieron un salto por encima del muro que rodeaba los terrenos de la casa, aterrizando al lado del dojo.

Un instante después, varias cadenas y cuerdas terminadas en pinchos metálicos, lanzas y otros objetos punzantes se dirigían hacia ellos a una velocidad endiablada. Ranma esquivó el ataque rodando a la derecha mientras Ryôga hacía lo mismo hacia la izquierda. Ambos se colocaron seguidamente en una posición de defensa, Ranma utilizando la suya en la que parecía mantenerse relajado y Ryôga agarrando su paraguas de bambú y adelantando un pie, y ojearon rápidamente la zona en busca de su atacante.

—Aquí estáis, como no podía ser de otra manera —anunció una voz desde el tejado de la casa que Ranma reconoció al instante.

—¡Mousse! —llamó Ranma, y al instante el chico ciego dio un gran salto desde el tejado y, con una vuelta en el aire, aterrizó perfectamente a varios metros de ellos —¿Qué estás haciendo, Mousse?

—¿Qué hago? —repitió con sorna —¡Lucho, Ranma Saotome! ¡Lucho para defender lo que me es más querido! En nombre de Luna, yo, su guerrero, lucharé por el amor y la justicia!

Entonces procedió a atacarles con otra salva de proyectiles que nuevamente esquivaron sin dificultad.

—¿Qué tipo de discurso es ese? —preguntó Ryôga con un ojo puesto en Mousse, que no hacía ningún movimiento para seguir atacándoles —¡Si parece el discurso de una niña mágica!

—Yo que tú daría gracias de que eso no te haya pasado a ti —respondió Ranma en voz baja.

—Sí…

—Vuestras injusticias no pueden seguir por más tiempo —les informó entonces Mousse con furia —. ¡En nombre de Luna, os castigaré!

—¡Oh, tío…! —se quejaron ambos a coro.

Mousse sacó una vara rosa con una especie de diamante engastado en su cabeza, que era en forma de luna creciente, y gritó:

—¡Arcoiris lunar del corazón!

Entonces, una gran bola blanca de energía se formó en el diamante y, en un momento, salió disparada hacia ellos. Ranma dio un gran salto por encima del ataque, mientras que Ryôga volvió a rodar hacia un lado. El ataque impactó contra el suelo, dejando un cráter de medio metro de radio y casi veinte centímetros de profundidad, esparciendo roca alrededor de todo el jardín. Ryôga absorbió los impactos de las pequeñas rocas sin ni siquiera pestañear, mientras que Ranma cogió cada roca que se dirigía hacia él.

Con un par de fluidos movimientos, volvieron a juntarse esquivando otra docena de dagas y lanzas de Mousse, y terminaron protegiéndose detrás del edificio del dojo.

—Parece que eso de ser una chica mágica va en serio —comentó Ranma.

Una enorme explosión a unos metros de ellos sirvió como confirmación muda entre ambos.

—Ranma, Akane ahora no está bien, ¿no? —quiso saber Ryôga inesperadamente.

—¡Creo que este no es el momento para que preguntes este tipo de cosas! —exclamó Ranma enfadado.

—¡Simplemente dame una respuesta! —insistió su rival cerrando los puños.

—¡No! ¡Ni siquiera es ella misma!

—Grrr… ¡Aunque me cueste decirte esto, ve a la habitación de Akane y acaba con esto de una vez! —le ordenó tras un instante de reflexión —¡Yo me ocuparé del Mousse mágico este!

—Pero ese ataque suyo del arcoiris…

—¡He dicho que vayas para allá! —le espetó sin hacer caso de su comentario —¡Yo sé cuidarme solito! ¡Vé!

—¡De acuerdo!

Ranma dio un salto y aterrizó sobre el tejado del dojo, y Ryôga salió de detrás del edificio y se encaró de nuevo con Mousse, que apenas si había dado unos cuantos pasos hacia adelante.

—Así que, ¿finalmente os vais a enfrentar a mí? —inquirió tranquilamente Mousse agarrando con fuerza su vara rosa.

—Ven aquí y probemos si realmente has mejorado algo desde la última vez que te vencí, cuatrojos —le provocó Ryôga mientras se desataba unas cuantas de sus cintas atigradas de la frente y empezaba a darlas vueltas hasta convertirlas en unos borrones amarillentos.

Ranma pudo ver como aquel comentario surtió efecto, provocando que Mousse ardiera de rabia y centrara toda su atención en Ryôga. Sintiendo verdadero agradecimiento hacia su medio rival, se lanzó de nuevo al aire para entrar al segundo piso por la ventana de la habitación que por tanto tiempo había compartido con su padre.


En cuanto entró, una sensación de extrañeza e incomodidad le recorrió por entero. No podía ver nada extraño en la habitación; todo estaba tal y como debería, con los futones recogidos, el tatami impecable y la mesilla donde luchaba con los ejercicios de clase en su lugar.

Aún así, era incapaz de quitarse esa sensación.

Sabiendo que su objetivo estaba a un par de habitaciones de distancia, ignoró como mejor pudo esa sensación y se dirigió a la habitación de Akane. Tras cerrar detrás de sí la puerta de su habitación, un silencio sepulcral se adueñó del lugar. De nuevo, un escalofrío le recorrió el cuerpo al darse cuenta de que los sonidos de la batalla entre Ryôga y Mousse habían desaparecido por completo.

—No sabía que la casa estaba tan bien aislada del ruido —se dijo con asombro.

Dando unos pasos más se encontró delante de la puerta de Akane y observó, por un momento, el patito amarillo en el que estaba escrito su nombre en letras occidentales. No pudo evitar que un sentimiento ya conocido se le amontonase en el pecho mientras miraba el nombre y, con nueva decisión, abrió la puerta.

—¡Serás pervertido! ¡Fuera de aquí!

—¿Uh?

Ranma apenas tuvo un segundo para darse cuenta que Akane, con la misma pinta con la que la había visto en el Utchan’s, todavía con esa voz infernal y los ojos blancos nacarados, se cubría como podía con el edredón de su cama con un brazo mientras que con el otro le lanzaba un puñetazo de los suyos.

Por suerte, ese tiempo fue todo el que necesitó para doblarse hacia atrás hasta quedar con la espalda paralela al suelo. Cuando vio que el puño por encima suyo retrocedía, volvió a recuperar la verticalidad, y entonces cruzó el umbral de la puerta y pudo observar lo que quedaba de la habitación de su prometida.

Parecía que hubiera vuelto a la consulta del doctor Tôfû otra vez. La cama estaba echada a un lado, vuelta y con el colchón tirado en el suelo; los armarios y sus contenidos tirados por el suelo, un montón de ropa de todo tipo esparcida por todos lados, incluso hecha jirones. También pudo ver que la ventana estaba destrozada, con un par de trozos de cristal colgando precariamente del marco, y un montón más en el suelo. Sin embargo, no fue capaz de encontrar la falla de coherencia que debería haber allí.

—¡¿Por qué me estás espiando?! —preguntó Akane abochornada y mirando al suelo, todavía cubriéndose con el edredón a pesar de que estaba totalmente vestida, en el centro de la habitación.

—¡Yo no te estaba espiando! —respondió enfadado.

—¿No? Y como llamas a intentar verme desnuda, ¿eh? —insistió Akane cada vez más enfadada.

—¡Yo no he entrado para verte desnuda! ¡He entrado para ayudarte…!

—¿Ayudarme? —repitió sorprendida —¿Ayudarme cómo?

—Eh… Pues verás…

Ranma se detuvo al ver cómo, de repente, la mirada de desconfianza que hasta entonces le había dedicado Akane cambiaba a una mirada mucho más peligrosa y extraña en ella. Akane empezó a mirarle con un deseo mal disimulado y, con una sonrisa pícara, dejó caer el edredón.

Una inesperada corriente de aire cerró de un portazo la puerta y a Ranma le invadió la sensación de ser un ratón de laboratorio encerrado en una jaula.

—Ahora que lo dices, sí que se me ocurren un par de maneras de que me puedas ayudar —le dijo Akane con un tono que le puso la coleta de punta.

Akane dio un par de pasos hacia adelante y entonces Ranma pudo ver lo que estaba buscando. Casi en el centro de la habitación, apoyado sobre uno de los armarios caídos, estaba el corcho donde Akane solía tener los horarios de clase y algunas notas importantes colgadas. Y allí, todavía pinchada con una chincheta y atravesada de lado a lado por una falla de coherencia bastante pequeña pero extremadamente luminosa, estaba la foto que se hicieron todos en la isla de Toma, el príncipe de la ilusión. Aquella debía ser, por tanto, la falla primigenia.

Ranma intentó rodear a una Akane que cada vez se acercaba más a él y que poco a poco estaba quitándose todas las prendas que llevaba sin mirarla y al mismo tiempo sin que pareciera que la estaba evitando, pero su prometida le bloqueaba siempre el camino con una sonrisa predadora. Ranma empezó a ponerse nervioso al ver que ya casi estaba atrapado contra la pared y empezó a entrarle verdadero pánico cuando vio por el rabillo del ojo que Akane empezaba a deshacerse de su última capa de ropa.

—Ven aquí Ranma, no seas tímido —le dijo sensualmente —. Estoy segura de que estás bien “equipado” —añadió con un guiño.

Aquel comentario casi le derritió el cerebro al instante. Sin embargo, en un momento de lucidez, vio la posibilidad de saltar por encima de Akane y colocarse a su espalda y al lado de la falla primigenia. Sacó por tanto el frasco con el elixir Deus Ex Machina y lo agarró con fuerza con su mano derecha y se preparó para cuando Akane se lanzase a sus brazos.

No tardó mucho, y al desatarse el sujetador y empezar a caérsele, se lanzó hacia él para atraparle en un abrazo que llevaría a la perdición a su mundo (y seguramente a él también). Ranma fue a saltar…

Y la puerta le golpeó por la espalda y le lanzó directamente a los brazos de Akane.

—¿Ranma? ¿Has lanzado tú esas pesas antes? ¡Le has acertado a Mousse en todo el cogote! No es que necesitara tu ayuda, pero la verdad es que…

Ryôga se detuvo al ver a Ranma echado sobre Akane con un sujetador colgando de su cara y a Akane sin mucha ropa…

Más bien, sin nada de ropa.

—¡¿Cómo has podido?! ¡En un momento así! —gritó el chico con lágrimas en los ojos —¡Eres despreciable!

Y le propinó un Rugido del León Asesino que milagrosamente sólo le dio a él y que le empotró en la pared al lado de la ventana.

—Ryôga, ¿qué haces? —preguntó Akane sorprendida.

Ranma abrió dolorosamente los ojos y se desempotró de la pared como pudo. Se sentía perdido y mucho más dolorido y afectado por el golpe de lo que pensaba que iba a estar. Algo le impulsó a mirar por la ventana, y lo que vio le detuvo el corazón. De la misma manera que el cielo antes, también la tierra se estaba tornando gris, como si un enorme manto estuviera cubriendo todo lo que su vista le permitía ver.

—Pero Ranma… —intentaba disculparse Ryôga ante una enfadad Akane.

Pero Ranma apenas podía escucharle, porque sentía que la cabeza le iba a explotar y era incapaz de enfocar bien la habitación. Las voces de Akane y Ryôga cada vez le resultaban más lejanas y sentía que empezaba a perder sus fuerzas, así que agarró con fuerza el frasco del Deus Ex y…

Y se dio cuenta de que no tenía el frasco.

Con un enorme esfuerzo, Ranma volvió a enfocar la habitación y luchó contra el mareo y las nauseas para ponerse en pie. Podía ver a Akane y Ryôga discutiendo, pero se dio cuenta de que no podía oírles. Sin embargo, dejó eso de lado y se concentró en encontrar el frasco en forma de taijitu que contenía la salvación de su mundo. Ojeó desde su inestable posición los armarios, el somier de la cama, el colchón y todo el suelo, pero no encontró ni rastro del frasco.

Entonces se le ocurrió algo descabellado. Levantó la vista hacia el ventilador de techo y allí, en una de sus aspas, se equilibraba de manera peligrosa el frasco de cristal. De repente, el ventilador empezó a moverse y el frasco finalmente cayó. Por suerte, aterrizó sobre uno de los armarios que estaban tirados sin romperse, por lo que fue deslizando hacia abajo hasta que se encontró con el corcho sobre el que estaba la falla a través de la que empezó todo. El corcho estaba apoyado en el lado del armario, de manera que vio dar al frasco un saltito y quedarse apoyado de lado casi encima de la falla.

—Vamos, vamos —murmuró para sí. Pero por mucho que animaba al frasco a terminar de voltearse y derramar su contenido sobre la falla, no hacía caso. Así que, al tiempo que luchaba por mantener la habitación enfocada, cogió un cristal y, sin importarle que se estuviera cortando la mano, lo lanzó como pudo al frasco, rompiéndolo en un millar de trozos y consiguiendo que finalmente parte del elixir se derramara sobre la falla.

A continuación, antes de caer inconsciente, fue cegado por una luz extremadamente brillante que salía de la falla y sintió un potente viento soplando a su alrededor.

Y después, oscuridad.


Epílogo

—Por fin te has despertado.

Ranma volvió a cerrar los ojos para protegerse de una luz que no se esperaba, y antes de volver a abrirlos, se los protegió con una mano. Poco a poco, sus ojos se acostumbraron de nuevo a la luz y pudo enfocar el sitio donde se encontraba.

Estaba tumbado en una cama y la habitación estaba prácticamente entera pintada de blanco. En la pared a su derecha había una ventana por la que se veía un árbol lleno de hojas y ramas, y entre ellas, el cielo azul con alguna nube pintada.

—¿Ranma? —insistió la voz.

Ranma dejó de mirar por la ventana y se giró hacia Akane. Volvía a ser la de siempre, con su traje de la escuela, su cara sin maquillar y su pelo negro imposiblemente azulado. Y aún más importante, con esa sonrisa que le detenía el corazón y el cerebro cada vez que podía verla.

—Akane, ¿estás bien? —preguntó con una sonrisa.

—¿No debería ser yo quién te preguntara eso? —rió ella.

—Gracias, Ranma —dijo un momento después con una sonrisa aún mayor y una mirada que le puso bastante nervioso.

—Eh… Akane… Cuando estábamos en tu habitación, antes de que entrara Ryôga, recuerdas… —empezó Ranma tartamudeando.

—Sí… —respondió muy abochornada Akane, bajando la mirada.

—¿Recuerdas qué es lo que… lo que querías que hiciésemos? —preguntó rojo como un tomate Ranma.

—Sí… Sí que recuerdo —respondió en voz baja.

—Es que… no sé si yo… quiero hacerlo… —dijo Ranma aún más bajo.

—¡¿Qué?! —gritó indignada Akane —¡Claro, como yo soy una tabla de planchar…!

—¡No! ¡No! —intentó rectificar Ranma —¡No era eso lo que quería decir! ¡Decía que aún…!

—¡Ya sé lo que querías decir! ¡Seguro que a Shampoo no le dirías eso!

—¡Eso no es cierto!

—¡Ranma, eres un pervertido! ¡Te odio!

—¡Akane…!

Tôfû y Cologne retrocedieron y cerraron cuidadosamente la puerta tras de sí. Habían podido presenciar la discusión entre los dos tortolitos sin que se dieran cuenta, y no pudieron evitar reírse un poco al escuchar como la discusión continuaba.

—Ah… Al parecer —dijo Cologne sin ocultar su satisfacción —, las cosas no cambian tan fácilmente por aquí.

—Lleva mucha razón —añadió Tôfû —. Lleva usted mucha razón.


De vuelta al Capítulo 1. Hacia Las referencias y otro material extra. De vuelta a La épica historia de los típicos fallos.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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