El final, la decisión

El final, la decisión

Una sonrisa en la cara. Y los recuerdos corriendo al encuentro de la memoria. Curioso como la Muerte podía llegar a ponerse tan melancólica tan fácilmente.

Su casa solía ser como aquella que ahora presenciaba la lucha de ese par.

Y su habitación como la que ahora miraba impasible ese duelo a muerte.

Je. Realmente se había hecho famosa, la Muerte.

Y, justo como en ese edificio, la ventana de su habitación no estaría orientada adonde el sol se esconde.

Pero, gracias a un gran edificio, un manicomio, exactamente, a varios centenares de metros, y a sus grandes cristaleras, la luz anaranjada de la puesta de sol inundaría su habitación todas las tardes.

Ironías de la vida. Los locos le mandaban la luz más bonita que jamás hubiera visto.

Y calor.

Pero claro, eso era antes de que ocupara su puesto, infinito e inmutable.

Pero eso no le impedía seguir soñando con algo distinto.

¿Mejor? ¿Peor? No había palabras. Distinto, tal vez.

De todas maneras, hoy tenía que llevarse a alguien muy importante. ¿Sería uno? ¿Serían dos? ¿Todo ser viviente, de manera que se pudiera marchar?

La Muerte no era el Destino, no era el fin último. Era… La Muerte.

Y su guadaña su única acompañante.

“¡Oh! ¿Expulsado del Paraíso el buen ‘samaritano’?”

“Me sorprende que aún te quede suficiente mente, o alma, para utilizar la ironía.”

“Y para cortarte en pedacitos me queda.”

“Siempre fuiste la mejor escaneando a los oponentes, mi amada.”

La mujer… El ser ardía en rabia. “Al fin y al cabo, tú siempre fuiste el débil en la relación, airen.”

“Siempre. ¿Recuerdas esos años en los que la memoria del pasado era demasiado difusa como para afectarnos? Fueron unos tiempos especiales. Eras respetada, que es lo que cualquier macho amazona desearía para su esposa, y ya casi no me apalizabas. Siempre obediente, siempre complaciente…”

“Pero nunca te quejaste.”

El hombre ciego asintió y sonrió. “Por supuesto. Ni me quejé ni me quejo. Sabía mi papel. Sabía mi posición. Y sin embargo… todo el mundo tiene un límite, al igual que todo el mundo tiene un precio. Mi sorpresa fue enorme cuando, ahora lo sé, unos años atrás, mientras viajaba en busca de aquel ser extraordinario de coleta negra, descubrí el tuyo.”

“¿Pero qué dices?”

“¿No me digas que te has olvidado? Aquel pacto… Sin embargo, aún me pregunto porque aceptaste. Es decir, mil piezas de verdadero oro y tu posición asegurada como jefa de las amazonas es una razón bastante aplastante. Pero… como para apalizar a una persona hasta la inconsciencia e intentar aletargar sus extremidades hasta que no pudiera volver a utilizarlas… Me resultó extraño…

“ESTÁS MINTIENDO, MALDITA RATA.”

“Realmente lo dudo. De todas maneras, estuve pensando en ello. Y hubo pocas conclusiones que pudieran aguantarse. Algunas me parecieron directamente ridículas, mientras que otras eran demasiado complicadas para ser ciertas. Me quedé con las manos vacías. Al igual que mi alma… Ya ves, cuando no sientes, pensar es, prácticamente, lo único que te queda. Y te reconcome por dentro. Y te mata por fuera.”

“Eso es lo que voy a hacer yo ahora mismo.”

Un duelo de fuerzas, un duelo de espadas. Mientras la Muerte miraba desde el tejado.

Estaban igualados, por ahora.

“Tranquila, que lo mejor está por llegar. Verás, llegué al dojo Tendo, y me encontré esa masacre que no podré olvidar. Y lloré, ¿sabes? Te dije que no podía llorar más, pero sí pude. Y yo no lo supe en aquel momento, pero algo empezó muy dentro de mí. Al final, entré en la habitación de Akane, y ahí vi una muestra de amor infinito.”

“Yo diría que de estupidez, justo como tú, airen, estás mostrando ahora.”

Un rápido movimiento. Una hoja ensangrentada, la otra limpia. Y un corte profundo en el pecho a través de las ropas.

“¡Oh, bueno! Como te iba diciendo, vi a Akane y a Ranma, y luego a ti. Y todos mis pensamientos se cegaron. Y acabamos. Mal. Pero mejor de lo que esperaba, al mismo tiempo. Y entonces lo descubrí, ¿sabes? Me costó morir darme cuenta. Y si no hubiera sido porque tuve ayuda, no creo que hubiera terminado de comprenderlo nunca.”

“Sea lo que sea, me da igual. ¡MUERE!”

Otro corte. Menos vida. Para los dos.

“Bueno… has mejorado con la espada… Ack… Ya termino. La última conclusión, y al mismo tiempo la primera, lo explicaba todo perfectamente. Alguien quiso que nos odiáramos. Es más, ese alguien quiso que yo remontara hacia el Cielo y tú cayeras al Infierno. No sé ni el por qué ni el quién. Sólo que casi se sale con la suya.”

“¿Y qué? ¡ESO YA NO SIRVE PARA NADA!”

“Bueno, hay una manera de que todo se vaya al traste. Es algo como… justicia poética. El amor platónico, ya sabes.”

“¿Cómo?”

“Muramos juntos. Pero, arrepiéntete. Y yo tomaré tus culpas al ser juzgados. De esa manera, tú iras allí arriba, y yo me acercaré al calor. Ya sabes que siempre he sido muy friolero.”

“¿…Es un truco?”

“Mira que llegas a ser desconfiada. No, no es un truco. ¿Te basta?”

Un beso. Corto, lleno de sentimiento, final, directo. De despedida.

“Perdóname.”

“Estás perdonada. Ahora, perdóname tú a mí.”

“Sí…”

Y la punta de la espada atravesó limpiamente un corazón recién purificado, de manera que subiera blanco a las nubes.

Miró el hombre a su alrededor, notando los fantasmas de su amada entrando en él.

“No sé quien eres, pero será mejor que recuerdes que a Shampoo no se puede llegar sin pasar antes por mí.”

Y el último corte fue dado.

¿FIN?

Notas del autor: Muy bien. La cosa es que esto podría quedarse así. Me parece que va en concordancia, a pesar de que el estilo ha cambiado bastante en torno a los dos capítulos anteriores. Sin embargo, una parte me dice que esto es muy, muy, muy, tal vez demasiado, oscuro y desesperante. Por tanto ahí va un final… alternativo. Por cierto, aunque Mousse está ciego, eso no le incapacita para un duelo de espadas. Seguro que habéis visto alguna película en la que el prota se queda ciego pero sigue valientemente luchando de oído. Pues algo parecido es esto.

Y el último corte fue dado.

Pero La Muerte no llegaba. Seguía en el tejado de ese edificio tan parecido a su antigua casa. Deliberaba. Pensaba. Sopesaba.

Un chasqueo de los dedos, y estaba de cuclillas al lado del hombre que se desangraba.

“¿Sabes una cosa, Mu-Tzu? Tú y tu reina podéis vivir. Eso sí, ni se te ocurra volver a morirte demasiado pronto porque yo ya no tendré el cargo. En realidad tenía ganas de hacer algo como esto, pero como el hijo del Creador está tardando tanto en volver otro rato por aquí… Será la vida de superestrella.”

La Muerte desapareció de este reino al tiempo que los dos amantes se levantaban sin hemorragias, sin ganas, sin fuerzas. Pero con amor.

Y el abrazo y el beso y las vueltas y el amor confluyeron en uno, que era ellos unidos por la vida.

FIN

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