La agonía del regreso

La agonía del regreso

El lugar era, a falta de otra palabra, dantesco. Las paredes y el suelo, formados de sangre reseca, se convulsionaba como si de algo vivo se tratara. Al inspeccionarlo más de cerca, se podía observar que cientos, miles de seres se contorsionaban atrapados dentro de la pared de sangre. No eran más que abominaciones, la sangre habiendo disuelto todas sus carnes.

A su alrededor, las leyes de la física y la razón se quebrantaban con desprecio. Techos de la misma especie que el suelo se mantenían en el aire sin necesidad de apoyos, y columnas rellenas de pobres almas se elevaban hasta el infinito de forma grotesca y corrupta. En otras partes la gravedad parecía corromperse y cambiar tanto en valor como en dirección, aplastando las piedras o mandándolas a chocar a otra isla de muerte.

Porque el Infierno no era más que una serie de islas malditas de carne y putrefacción puestas sin ningún orden ni ley por el espacio infinito que ocupaba tan ofensivo lugar, todas unidas mediante una serie de portales de teletransportación creados por la magia arcana que servían para oscuros propósitos.

Aunque toda la infinitud del lugar estaba iluminada por una luz impía que existía por sí misma, en las paredes sangrantes se encontraban cientos de candelabros de formas demoníacas donde reposaban velas malditas, cuya llama era de un azul espectral y que no insuflaban otra cosa que no fuera desesperación. El olor que despedían, además, no hacía más que aumentar el producido por los suelos y paredes, malsano e insoportable.

Estas velas iluminaban tediosamente las horrendas criaturas que merodeaban por cada una de las islas, cada una con un oscuro propósito, a cada cual peor. Horribles degeneraciones del género humano, violentas transformaciones de ángeles que habían sucumbido a la tentación y el pecado, y abominables mutaciones de los más oscuros engendros demoníacos poblaban, infectando aún más si cabe, cada una de las pestilentes islas de desesperación que sembraban el lugar.

En el centro del espacio infinito se encontraba la mayor isla impía del Infierno, galardonada de estatuas impuras coronadas por cabezas de cabra macho en todas sus puntas. Piedras que no eran sino hueso moldeado en forma de piedra, y puntas que sobresalían por todos lados, todo cubierto de una sustancia desconocida que quemaba como el ácido. Y en el centro de la Isla Central, una gran estructura sin lógica se alzaba irrespetuosa y horrenda. Todas sus paredes exteriores estaban decoradas por esculturas de los más terribles demonios que la mente humana pudiera imaginar.

Las puertas, construidas con los huesos de los condenados, y recubiertas de piel, agarrada con tendones, daban paso a una sala oscura y poco iluminada, donde el olor a putrefacción era aún más intenso. En el suelo, las únicas piedras reales estaban talladas de la forma más afilada posible, además de encontrarse al rojo vivo, para que los pobres condenados sufrieran con tan sólo andar.

En las paredes, de cruces invertidas colgaban algunos cuya eternidad debía ser aún peor, y gritaban desgarradoramente, aún reviviendo cuando su piel había sido arrancada a tiras, sus párpados cosidos con agujas infectadas, su lengua arrancada de cuajo y sus extremidades siendo forzadas fuera de su posición natural.

Al final de la sala de perdición se encontraban otras puertas, negras como el azabache y cerradas por magia negra. Detrás de ellas se encontraba el trono del señor del Dolor y la Angustia. Su imagen era indescriptible, expresión infinita del poder del mal, forma que no respondía a Biología o a Física, alimentada por el Mal que existe y no puede ser destruido.

“¿Y?”

Una figura. Humana. Mujer. La única.

“Je… interesante. Hace que no tengo un caso como este mucho tiempo. Tal vez mil años. Es curioso…”

El Señor del Mal estaba complacido. Esa mujer, con tan solo una veintena de años, había acumulado más odio que lo que podían acumular varias ciudades pequeñas en una generación. Y lo mejor es que no había arrepentimiento en su alma. Cierto es que podía ver algo de eso muy reciente. “Pero es algo normal,” Pensaba para sí. “todos los mortales se arrepienten, aunque sea un poco al morir.”

Pensaba y deliberaba mientras la figura se mantenía de pie sin hacer ruido y sin prestar atención al ser que tenía su alma en sus manos, pues sólo una cosa era ahora aquella figura.

Sed. Sed de venganza.

“Muy bien,” Dijo Lucifer con un tono que podía sonar incluso… de ilusión. “Volverás ahí arriba. Aquí tu potencial se estaría desperdiciando. Creo recordar que le gané al iluso de ahí arriba un cupo de una resurrección jugando a los dados aquella Nochevieja.”

“¿Allí lo encontraré?”

La voz era suave. El tono, tan frío que podría helar el Infierno. Varias velas impías se apagaron.

“Mhhh… ¡No, no lo creo!” Respondió el Diablo, mofándose del próximo azote de la humanidad. Entonces, éste, sin mediar palabra, se lanzó contra el Señor del Mal. Éste la atrapó con una sola mano sin llegar a aplastarla. Ella se revolvía intentando escapar.

“Ah… estos jóvenes, ¡qué impetuosos!”

Y la figura ya no estaba.

Y otra figura desapareció, dejando atrás una confundida familia y unos apenados amigos.

“¡Eh! Es imposible que no haya visto el suelo, ¿no?” Dijo un ángel con el pelo negro azabache atado en una coleta. ‘Una’ ángel le dio un capón en la cabeza.

La lluvia lo mojaba todo. Los muebles podridos, la alfombra raída, los libros que ya no serían leídos, los osos de peluche privados de ojos por una mano demente, la cama de dos enamorados que sólo llegaron a compartir para morir. Los enamorados muertos.

Todo estaba desenfocado, no recordaba muy bien que era lo último que había pasado y el olor a muerto no se iba. Un hombre que lo había perdido todo, y que no lo recuperó nunca, pues la vida no era un cuento de hadas, se levantó lentamente de donde había pasado lo que no se puede pasar.

Mousse había muerto, pero se ponía en pie.

Se palpó la espalda con las manos, echando algo de menos pero sin saber muy bien el qué. Empezaba a enfocar las cosas, y el hombre cogió una espada que vio en el suelo, algo le decía que era suya y que la necesitaría. Se palpó el resto del cuerpo con la mano libre y comprobó que estaba en perfectas condiciones. No había marcas, no había cicatrices, no había nada. Como si fuera la piel de un recién nacido.

Y enfocó lo que estaba encima de la cama.

De nuevo le asaltó la pena, el remordimiento, el odio, la rabia, la desesperación… Y a eso se unió el recuerdo. Había llegado a un lugar maravilloso donde estaba su familia y sus amigos. Y de repente, en un abrir y cerrar de ojos, había vuelto a ese mundo que no le había dado nada más que desgracias, sinsabores y desengaños. Y no podía aguantarlo.

Arrancado del paraíso.

Antes de que ningún otro pensamiento pasara por la mente del atormentado, éste buscó un cristal desesperadamente, gateando. Las manos llenas de sangre, el cristal en sus manos y un terrible grito.

Y dejo de ver este horrible mundo para siempre.

Se tiró al suelo mojado, exhausto de dolor, deseando morir y renacer en aquel lugar sagrado como ya había hecho. Pero el suicidio no era el camino, y eso lo sabía. No podía ni imaginar por que había vuelto, pero una duda le asaltó. ¿Acaso había hecho alguna ofensa? ¿Se había olvidado de algo aquí?

Nada tenía sentido, y su cuerpo se hundía en la oscuridad ahora eterna e inmutable. Fue en ese momento que oyó lo que nadie oiría. Esa era la voz, la voz de un ángel. Sólo la oía él.

“Mousse. No dejes que la oscuridad que te has impuesto te arrastre.”

La voz dulce y femenina no venía de ninguna parte, y aún así le parecía que alguien le susurraba al oído.

“Si has vuelto es por una razón. Busca en tu interior esa parte que no está bien. Ella te dirá que ha pasado y que debes hacer.”

La voz fue desapareciendo entonces, dejando al hombre de nuevo solo con su oscuridad. Tumbado, comenzó a pensar en la dueña de aquella voz de mujer. Le sorprendió descubrir que se trataba de la voz de Kasumi Tendo. No le sorprendió, al pensar algo más, que los ángeles quisieran parecerse algo a Kasumi.

Decidido entonces, se levantó a tientas y se dirigió, chocándose contra las paredes y tropezando con los restos de destrucción, al tejado de la casa. No fue tarea fácil, pues su nueva ceguera le impedía calcular las distancias. Por fin, saltando por la casa al tiempo que tocaba la pared, llegó al piso más alto.

Seguía lloviendo.

Sólo necesitó unos segundos de concentración para saber que estaba mal.

“¡SHAMPOO!”

Comenzó la búsqueda.

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