Deber

Mousse comienza un terrible viaje que le hará viajar de un lado a otro del infierno peleando contra alguien que jamás hubiera pensado podía llegar a ser su verdugo.

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Deber

“Ésta es la última vez. No más prórrogas. No más intentos de que esto funcione. Se acabo”

“Ja. Siempre dices lo mismo, y siempre vuelves arrastrándote por que no puedes sobrevivir sin mí. Olvídalo, no te creo. Ahora ya no eres más que un debilucho al que se le puede vencer con unas pocas palabras.”

“Cierto es. He abierto mi corazón, maldita sea el día, y ahora unas simples palabras pueden dañarme o curarme como si de diosas se trataran. Pero ya no queda corazón que romper, ni lágrimas que llorar. Me has carcomido por dentro con tu juego, y ahora, por fin, estoy dispuesto a derrumbarme. Ya no puedo sentir nada por nadie. Y, para vivir sin sentir ¿por qué vivir?”

“Hay que reconocer que en estos años has aprendido a hablar. ¡Qué pena que eso no sirva de nada en el mundo real! Casi me emociono al oír eso ¿sabes?”

“Eso lo dudo. ¿Cómo se puede emocionar alguien que no tiene corazón? Es impensable. El enfado, el odio, la ira… eso son aberraciones. Todo ser puede echar mano de ellas. Eso no las convierte en sentimientos. Son… recursos.”

“¡Cómo te atreves…!”

“¿Y por qué no? Al fin y al cabo, antes de pasar a la otra vida, quiero dejar todo bien dicho por aquí. Ahora será mejor que le busque a él, el que siempre tuvo tu amor aunque nunca lo quisiese, y pedirle perdón, ahora que he abierto los ojos y no quiero cegarme más.”

“Ja. Ni que fueras capaz de moverte un solo centímetro de donde estás. No estarás en condiciones de moverte ni en una semana. Y antes de que llegue ese momento, volveré a incapacitarte. No podrás moverte de aquí.”

“Adiós. No nos volveremos a ver. Jamás.”

Y el hombre se levantó del suelo, gritando en agonía, lágrimas de dolor por toda su cara, y salió corriendo de aquella casa de madera y bambú donde su destino se había sellado. No paró hasta que estuvo realmente adentrado en el bosque circundante al lugar donde había vivido lo peor de su vida a manos de la única persona que una vez le había importado.

No se detuvo, siquiera, a dormir o a comer, pues lo único que le restaba hacer en esta vida era pedir perdón, y estaba demasiado absorto con su meta como para prestar atención a nimiedades como el hambre o el sueño. No echaba de menos lo que había dejado atrás, y ni siquiera anhelaba terminar su autoimpuesto cometido con rapidez. Él mismo lo había dicho. Ya no sentía. Y no quería estar en un mundo tan lleno de emociones.

El viaje fue sin duda largo y penoso, atacado por los animales salvajes y personas que ansiaban un esclavo casi robótico. Pero no se dejó doblegar utilizando todo lo que había aprendido en la juventud. Sin embargo, sus movimientos carecían de espíritu y sus ataques no tenían el fuego de la convicción que le habían acompañado años atrás. Tan sólo se defendía lo suficiente como para que le dejaran seguir en su último viaje.

Varias veces pensó que se marchaba al fin al sitio al que estaba destinado. Y en todas aquellas veces, el único sentimiento que permanecía con él, el del deber, le agarraba fuerte de la mano y le devolvía junto a su cuerpo, de manera que pudiera cumplir la última promesa que se había hecho, y la más importante.

Semanas, meses, años… no estaba seguro de cuanto tiempo había pasado cuando,  finalmente, unos harapos encontrados en la basura cubriendo su cuerpo, un hedor insoportable producto de un largo tiempo sin poder acceder a un baño como único acompañante, llegó a su destino. Pero el destino no estaba de su parte, como siempre.

El edificio frente al que estaba parado, apoyado en un bastón hecho a mano, era tan sólo el vestigio de lo que una vez fue. La muralla exterior tenía gigantes aberturas redondeadas aquí y allá. Al otro lado, un césped descuidado, malas hierbas saliendo libres por todas partes, agua pútrida en un pequeño estanque rodeado de piedras rotas delante del porche del edificio, el cuál estaba desgajado como si una guerra se hubiera desatado en su interior. Había tejas azules alrededor de la casa, en el suelo, testimonio de lo que una vez fue el tejado que ahora descansaba en las habitaciones.

Apenas podía el hombre de gafas finísimas contener las lágrimas al ver como su cometido llegó a un callejón sin salida. Se adentró afanosamente en la casa, pasando por un cuarto de estar sin lámpara y cuyo suelo estaba rajado en sitios aleatorios como si del trabajo de una espada empuñada por un demente se tratara. Subió las escaleras llenas de polvo sin hacer ruido apenas, temiendo despertar algún espíritu que todavía siguiera por ahí. Llegó al segundo piso, y la tibia luz del sol de invierno bañaba el pasillo a través de los numerosos agujeros que había aguantado la estructura.

Las lágrimas ya nublaban su vista cuando abrió lentamente la puerta en la que un signo en forma de pato, curiosamente, indicaba que la habitación la usaba normalmente alguien con el nombre de ‘Kasumi’. Tan sólo entreabriendo la puerta pudo ver lo que jamás pensó que vería nunca. Una visión espeluznante, su corazón se paró por un latido, y todo el dolor y la pena que sentía al ver esa terrible escena salió en forma del más agonizante de los gritos que hombre o animal puedan haber oído nunca.

Allí yacía Kasumi Tendo, sus ojos abiertos y vacíos, su una vez grácil y suave mano apoyada sobre sus ahora fríos y morados labios faltos de vida en señal de última sorpresa. Tumbada en la cama teñida de rojo por su propia sangre, su cuerpo, un tremendo corte muy profundo a la altura de sus pechos, quedando al descubierto, sus ropas rotas, su habitación destrozada, su alma perdida.

No pudo aguantar más el hombre y tuvo que cerrar la puerta para que la tristeza no se le llevara de la mano hacía el lugar donde ahora el alma de Kasumi seguro descansaba al fin después de haber dado tanto por su familia. Así, odiándose a sí mismo por permanecer aquí más tiempo del que era estrictamente necesario, se dirigió a la siguiente puerta, la cual, según las despreocupadas letras, pertenecía a ‘Nabiki’.

Antes de abrir, se quitó las gafas y se pasó la mano por la cara en un vano intento de hacer que las lágrimas dejaran de quemar sobre su rostro. Se colocó de nuevo a sus compañeras siempre presentes y, intentando prepararse para cualquier cosa, empezó a abrir, muy lentamente, la puerta que chirriaba en sus goznes.

Otra vez, otra visión que deseaba no haber visto nunca. No había habitación sino la mitad. Como si de una casa de muñecas se tratara, la habitación de Nabiki carecía de pared exterior, y parecía arrancada de cuajo, las maderas del suelo astilladas al final. Pero eso no era nada. La antigua dueña de la habitación yacía, en parte, en el borde de la habitación. Su parte inferior estaba allí. Desde los tacones de sus embarradas botas hasta el cinturón gigante alrededor de su cintura que una vez sirvió para sujetar la falda, deshecha y descolorida ahora, que todavía conservaba en su lugar.

No podía el desgraciado visitante a esta casa de la muerte parar sus pies cuando le llevaron hasta el borde de la habitación, y su vista cayó irremediablemente sobre la otra mitad la chica. Y aún más dolor y resentimiento se añadió a la enorme carga que ya llevaba consigo. En el suelo, encima de la pared caída, la otra parte de Nabiki Tendo mostraba una expresión de dolor infinito. Sus ojos cerrados, y su cara contorsionada de una manera antinatural por un dolor que también lo era. Parte de sus entrañas descansaban delante de ella, sin lugar a dudas rapiñadas por los carroñeros del lugar.

El hombre perdió al equilibrio y cayó, tras dar unos pasos hacía atrás, al suelo, donde lloró y lloró por una pérdida más que no debería haber ocurrido tan pronto. Pero, se dio cuenta, lo peor estaba por venir, a pesar de que deseaba con todas sus fuerzas estar equivocado, sabiendo que no lo estaba. Así que, con las pocas fuerzas que el deber le insuflaba, se levantó, y se dirigió, saliendo del macabro cuadro que era la habitación de Nabiki Tendo, hacia la última habitación que le vería respirar.

Delante de la puerta donde el pato rezaba “Akane” se sacudía violentamente el hombre, apenas capaz de mantenerse en pie, su resolución, su deber, su propia razón para existir siendo puesta en duda. No estaba seguro de poder ver algo más del tipo que había visto ahora. Verdad es que pensaba que ya no le quedaban lágrimas, y sin embargo, había llorado amargamente hace unos minutos. No estaba ya de nada seguro, y hasta su viaje se cuestionaba ya. Pero, en un arrebato de convicción, abrió la puerta de par en par. Cerró los ojos, pero ya era demasiado tarde.

Ahí, encima de otro cuerpo que no llegó a reconocer, se encontraba lo que quedaba de Ranma Saotome, su trenza en el suelo a su lado. Sin camisa, casi sin piel, sin alma. Parecía haber servido de escudo a quien había tenido debajo, aguantando como mejor había podido los cortes profundos hechos con malicia. Su sangre adornaba toda la habitación como si de un cuadro abstracto se tratase. Un cuadro de muerte. Aquí y allá en su espalda se distinguían algunos huesos al haber sido arrancado el músculo de cuajo por el atacante.

Tuvo que abrir los ojos. Y no los pudo volver a cerrar. La imagen del cuerpo de Ranma aún agarrado a quién aún trataba de salvar se le grabó en la retina como si a fuego fuese. Se acercó, temblando, mostrando los sentimientos encontrados de su interior que se arremolinaban para formar un tornado de emociones que lo iba debilitando por dentro. Llegó por fin hasta el cuerpo rígido de Ranma, y lo rodeó para, por fin, ver la última pieza del puzzle. Y la pieza estaba sonriendo.

El hombre se asustó, sus sentidos tan tensos que habían convertido la sonrisa piadosa de la muerta en algo demoníaco. Al fin se calmó, y al volver a verla, lo notó por fin. Todavía había amor en aquella mirada y gratitud en aquellos labios. Su cuerpo estaba tan inmóvil como el de su defensor, un corte se podía ver en su garganta, pero por lo demás, entero. Entonces se agachó el hombre a mirar la cara de Ranma y se asombró. Como debajo del ilimitado dolor que mostraban sus facciones ahora duras como una estatua, en sus ojos azules, otra mirada del mayor de los amores todavía se mostraba ahí. Y la sonrisa.

Ranma murió sonriendo confiadamente a su amor. Sabía que se encontrarían en el más allá.

“Ya te ha costado llegar hasta aquí.”

No se lo podía creer. Era ella. No podía ser que…

“¿Te gusta como he decorado esto?”

“Tú… Tú has hecho esto.”

No una pregunta. No una afirmación. Una sentencia antes de morir.

“Muy agudo, airen. ¡Oh, ahora no vas a poder despedirte! ¡Qué pena!”

“No pasa nada. Hay otra manera.”

Ambos se acercaron a toda velocidad. Por encima de los cuerpos de dos enamorados, las espadas de dos personas, marido y mujer, chocaron. Y ambas encontraron el cuerpo de su objetivo.

“Puede que yo muera Mousse, pero tú vendrás conmigo.”

“Tienes razón, querida Shampoo. Sólo hay una diferencia. Yo me marcho libre al fin, he hecho lo que debía en esta vida. Tú, sin embargo, no. Has matado, disfrutando con ello. Nuestros destinos en la otra vida son muy lejanos.”

Mientras la vida se les escapaba, Shampoo se arrepintió. Mousse solo sabía que ese era el momento.

Autor: Mu-Tzu Saotome

Estudiante y escritor novel, manga aficionado y cazador de bromas al vuelo.

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