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Bienvenido al manantial

¿Puedes encontrar todos los temas de los que trata el blog?

42.

Realmente eso es todo lo que necesitas saber sobre este blog/portal. Bueno, es cierto que también es muy imporante saber donde está la toalla de uno en todo momento, pero incluso eso está incluido en lo anterior.

Aún así, por mínima cortesía (ganada al descubrir este rincón algo oscuro y seguro demasiado verboso de “las Internés”), no estará de más explicar un poco que podrás encontrarte aquí si decides permitir que tu puntero se ensañe como es debido con los links que descansan a los lados de estas líneas.

El manantial es mitad blog, mitad portal. Justo debajo de esta entrada tienes el blog. Hay un poco de todo, no hay nada pensado, y todo es en directo. Lo mismo hablo de cine, que de videojuegos (algo que terminará siendo habitual, creo), que de ciencia (un físico en curso es su servidor), que de libros o lo que sea. En serio, no hay un tema específico para esta sección, así que es de entrada libre.

La otra mitad, la que parece más un portal con sus páginas y sus secciones, es la raison d’être de todo este tinglado. Ahí van todos los escritos que han salido de mi desvariada mente. Hay fanfiction (con la explicación en su página para el que esté interesado) y hay material original. Todo cae bajo la licencia que se describe en la columna de la derecha, casi al final (aún así, el fanfiction se mueve por terrenos legales pantanosos en los que prefiero no ahogarme) que es Creative Commons.

En fin, ojalá que disfruten con lo que encuentren. Y si no, que al menos hayan perdido el tiempo a gusto.

Recuerdos (I)

Una serie de recuerdos imaginados que ponen en contexto aquel texto que se titulaba “Recuérdame”.

Recuerdo aquel día por la playa.

Unas nubes negras amenazaban tormenta en el horizonte, pero paseamos hasta la playa igualmente. La brisa levantaba tu pareo y trataba de arrebatarme mi sombrero, pero nunca le tuvimos miedo al fresco. Los rayos del Sol, aunque débiles en ese otoño, eran más que suficientes para nosotros. Lo importante, al fin y al cabo, era la compañía.

Tú tenías tu cámara. Y yo te tenía a ti.

Caminamos muchas horas descalzos por la arena mojada. La conversación iba y venía como la marea, y al tiempo que esta arreciaba, así lo hacían las palabras. Nos dijimos muchas cosas, y también nos dimos silencios para poder guardarlas. No había prisa, apenas sentimiento. El invierno se acercaba y nos daría el tiempo que necesitábamos para todo. Confiábamos en que la tormenta que se acercaba pusiera punto final a aquello.

En cambio, tan sólo cambió el decorado. Volvieron los zapatos, dejamos la arena y nos dirigimos a las rocas, eso sí, tan vírgenes como la arena. Llegaron los colores vivos, y pensamos en el futuro. El paraguas se abrió, y entre la serena lluvia, sentimos que nos limpiábamos de lo que nos ahogaba en la playa. No más reproches, apenas alguna palabra. Los abrazos y las miradas decían todo lo necesario. El único sonido importante era las olas rompiendo contra aquel risco escondido en una costa perdida al final de la tierra.

Habíamos vuelto al tiempo antes de perdernos.

Maravillados por la sabiduría de la clepsidra, nos sentamos allí. Tiritábamos, pero no importaba. El frío era más real que el calor de la mañana. Las fotos eran borrosas, mal iluminadas; y aún así, perfectas capturas de un nuevo capítulo que jurábamos mantener abierto toda la vida. Ya no teníamos el paraguas, preferíamos que la lluvia jugase con nuestra piel a sus anchas. Incluso brindamos con un té frío que nos hicimos en ese mismo momento.

Calados hasta los huesos, supimos entonces lo que sólo habíamos intuido antes.

Que las almas pueden tener compañeras mucho más íntimas que la sangre. Que amar se conjuga de muchas maneras, que la felicidad puede ser incompleta aunque te llene a ti por completo. Que hablar no es lo mismo que conversar, y que vivir no es suficiente para compartir. Que, a veces, puedes ver a otra persona aunque no esté; y que viajar a veces tan sólo es una manera de volver a casa.

Durante unos instantes, entendimos lo que no se puede decir con palabras. Sentimos verdaderamente todo el significado de las palabras que nos acompañan con regularidad, que no sabemos decir con toda la honestidad que se merecen. Mientras la lluvia caía, y el sol se asomaba, y la tormenta rugía, y el mar chocaba y las rocas se quejaban; mientras nosotros reíamos y nuestros cuerpos tiritaban y las miradas se cruzaban; mientras nuestros corazones se acompasaban por unos instantes, comprendimos unas palabras.

“Amiga” y “amigo”, se llamaban.