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Bienvenido al manantial

¿Puedes encontrar todos los temas de los que trata el blog?

42.

Realmente eso es todo lo que necesitas saber sobre este blog/portal. Bueno, es cierto que también es muy imporante saber donde está la toalla de uno en todo momento, pero incluso eso está incluido en lo anterior.

Aún así, por mínima cortesía (ganada al descubrir este rincón algo oscuro y seguro demasiado verboso de “las Internés”), no estará de más explicar un poco que podrás encontrarte aquí si decides permitir que tu puntero se ensañe como es debido con los links que descansan a los lados de estas líneas.

El manantial es mitad blog, mitad portal. Justo debajo de esta entrada tienes el blog. Hay un poco de todo, no hay nada pensado, y todo es en directo. Lo mismo hablo de cine, que de videojuegos (algo que terminará siendo habitual, creo), que de ciencia (un físico en curso es su servidor), que de libros o lo que sea. En serio, no hay un tema específico para esta sección, así que es de entrada libre.

La otra mitad, la que parece más un portal con sus páginas y sus secciones, es la raison d’être de todo este tinglado. Ahí van todos los escritos que han salido de mi desvariada mente. Hay fanfiction (con la explicación en su página para el que esté interesado) y hay material original. Todo cae bajo la licencia que se describe en la columna de la derecha, casi al final (aún así, el fanfiction se mueve por terrenos legales pantanosos en los que prefiero no ahogarme) que es Creative Commons.

En fin, ojalá que disfruten con lo que encuentren. Y si no, que al menos hayan perdido el tiempo a gusto.

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Avance

La oscuridad lo engulló al cerrar la puerta tras de sí.

Había sobrevivido a una noche más, a otra prueba más. En la oscuridad total de su casa vacía, tuvo que apoyarse contra la pared. Su corazón aún latía como loco, intentando guiarlo con su ritmo frenético de vuelta al coche que se alejaba.

Giró la llave, encerrándose en casa.

Encendió la luz. Sus ojos se quejaron, pero siguieron llorando torpemente. Al fin y al cabo, tenían mucho que expresar, aunque su único público fuera el espejo. Deshaciéndose de las muchas capas de ropa que le protegieron de su tacto, librándose de la mochila donde había guardado sus intenciones; avanzando a tientas hacia el baño, rozando ligeramente la pared con la yema de sus dedos. Sin darse cuenta, se encontró con su rostro, que venía a consistir en unos ojos rojos y llorosos, unas profundas ojeras y una sonrisa apenas dibujada, de esas que tienen su raíz en un corazón roto.

Estaba demacrado.

En el baño, con su frío y su intimidad, se desvistió y se observó. Su campo de batalla descansaba helado bajo sus malas ideas. Tantas derrotas, tantas maneras de perder, tantas ganas de sufrir. Nada de lo que hiciera ya podría cambiar todos los lugares en los que decidió no decidir. Podía ver a través de su piel todos los sitios en los que se acumulaba su arrepentimiento, sus penas y sus recuerdos.

Y sin embargo…

Sin embargo, daba igual. Había llegado hasta ese espejo, pasando por todas las pérdidas, mentiras y noches en vela de su vida. Había subido al cielo, había conocido diosas, había engañado al diablo. Y aunque en el pasado le hubiera sonado a imposible, había conquistado el fondo de su mirada. Esa noche, al salir y arroparse con el manto de las estrellas, había tomado el control de la oscuridad. Adiós a lo que no era, bienvenido el silencio que habita con él.

Él ya no… Tú ya…

Ya está. Ahora sólo queda ponerme en marcha. Encontrar quién soy yo cuando no soy de nadie. ¿Qué puedo conseguir si voy yo primero? ¡Cualquier cosa! Puedo ser quién quiera, lo que quiera. Con quien quiera. Y si ahora ese quién soy yo, ¡pues ea!

¡Maldita sea! Ellos no son nadie. Yo valgo, yo merezco la pena. Y aunque ahora nadie me lo diga, es verdad. Puede que tarde en encontrar a alguien que me lo quiera decir, pero alguien me lo dirá. Y si no, siempre te tengo a ti. Mientras tú no te falles, puedo.

Y bueno, siempre están los otros.

Siempre los otros.

 

Contigo

Relato para Divagacionistas de Septiembre 2017. Tema: Regreso. Si siempre andas regresando, ¿en algún momento merece la pena de verdad?

¿Sabes?

Llevo regresando tantos años a mi pasado. Tantas noches en vela volviendo a vivir mientras mi cuerpo se mezcla con las sábanas y la oscuridad. Tantas veces reviviendo las mismas tragedias en el teatro de mi imaginación. Tantos latidos escondido entre las mentiras de mundos imposibles resultado de decisiones valientes.

Solía volver siempre que el otro lado de la puerta se me hacía irrespirable. Cuando no aguantaba las miradas. Cuando no escuchaba tus palabras.

Volvía cuando estar no merecía la pena.

Ahora, con todos estos años, ya no me cubre la oscuridad al regresar. Ahora estoy sentado a plena luz, apenas a unos centímetros de ti. Tus ojos, a veces, se tropiezan con las sombras que habitan en el fondo de mi mirada, y observas. Esperas, ¡qué sé yo! Tal vez quieras que desvista mi alma y aparte todas esas mentiras de risas y excusas. Tal vez te gustaría que, tranquilos, en una de esas raras calmas, encuentre un lugar por el que empezar y te guíe entre las murallas, las torres y sus almenaras.

O tal vez prefieras que sea yo, por una vez, acompañante en un regreso, y encuentre en tu vuelta un nuevo camino y un destino tan lejano como Ítaca.

Porque regresar solo es aterrador. Acecha el pánico de que lo conocido haya cambiado. Que la foto se haya vuelto borrosa. Que la familiaridad sea tan sólo una ilusión, y que el corazón se de cuenta.

Y sin embargo, cuando regresas cogido de la mano, todo es nuevo, hasta lo más conocido. Todo se transforma, y lentamente adquiere esa cualidad que susurra que se está convirtiendo en un nuevo lugar al que regresar algún día. De la mano, conviertes lo extraño en familiar.

¿Sabes?

Me gustaría regresar aquí algún día.

Contigo.

Noches eternas

Las noches de estudio suelen hacerse eternas, pero a veces esconden regalos.

El leve sonido del ventilador se perdía entre las infinitas hojas que, tiradas sobre la cama, le invitaban a darse por vencida.

Sentada, estiró los brazos por encima de su cabeza en un vano intento por recuperar la concentración. Bostezó, se frotó los ojos y peleó consigo misma para no dar un grito de hartazgo a las tres de la mañana.

Su mesa de estudio, ampliamente iluminada por un flexo que daba demasiado calor, era otro mar de apuntes, fotocopias, ejercicios, dibujos, gráficas y toda clase de material que se obcecaba en quedarse en el papel y no meterse en su, ya de por sí bastante llena, cabeza. Y a toda esa información no parecía importarle lo más mínimo Puedo que llevara meses estudiándola y casi una semana enclaustrada ante el terrible prospecto de un examen final que, si ningún apocalipsis astronómico lo evitaba, se celebraría en unas seis horas.

—¡Estoy jodida! —murmuró entre dientes.

Cogió un folio. Observó el diagrama que portaba. Era exactamente igual al que había dibujado hacía cinco meses en otro folio, que seguramente estaría perdido en el mar de la cama. Exactamente igual que las, aproximadamente, millones de copias que había hecho durante el curso para metérselo en la memoria. Era el mismo petulante y obstinadamente irrecordable diagrama con el que llevaba batallando desde el comienzo de la asignatura. Más que un diagrama, parecía la típica canción que te encanta pero cuyo estribillo eres incapaz de recordar. O el autor de ese libro genial que leiste hace poco. O la sonrisa de aquel chaval…

—¿Cómo vas?

La voz a su espalda la devolvió a la madrugada calurosa e infinitamente corta que le estaba tocando vivir. Dejó el folio en la mesa, se quitó los auriculares y giró la silla.

—No muy bien —respondió, torciendo el gesto.

Él sonrió ligeramente.

—Bueno, de puñetera pena, más bien —se sinceró.

—¿Segura? —se extrañó él, torciendo la nariz de esa manera que solía hacer.

—Sí, segura —insistió, y se giró de vuelta a su mesa, sus papeles y su desesperación.

—Bueno —empezó él, y al instante notó sus manos calientes en sus hombros. La camiseta de tirantes es lo que tenía: la dejaba un poco indefensa ante sus manos —, en ese caso, lo mejor que puedo hacer es escabullirme y dejarte tranquila…

—Pero…

—… pero no sin antes intentar ayudarte un poco con esta tensión tuya que tanto te gusta acumular.

Y empezó a estrujarle los hombros como sólo él lo hacía. Había delicadeza, fuerza y un poco de miedo en su manera de recorrer sus músculos, de acariciar su piel. No era un profesional, pero hacia tiempo que sospechaba que hubiera dado lo mismo si lo hubiera sido. La razón por la que disfrutaba tanto de sus masajes no era, para nada, que fueran buenos o malos.

Eran libres. Dados de forma libre, sin esperar nada a cambio. Y eso… Bueno, no se encontraba en casi ningún sitio.

Se dejó llevar un rato por las sensaciones, y con los ojos cerrados, palpó la mesa hasta encontrar el mando del ventilador y le subió un poco la potencia. Él se rió abiertamente.

—Calor… —ronroneó tranquilamente.

En lo que le pareció un instante, el masaje se acabó, y él la giró levemente y la besó en la frente.

—¡Mucha suerte mañana!

Dejó por un momento de mirar los papeles y agudizó el oído. Escuchó sus pasos alejándose. Abriendo la puerta principal y cerrándola con cuidado. El sonido del portal al cerrarse por sí solo. Y, finalmente, el motor de su coche volviendo a la vida y alejándose calle abajo.

Sí, estaba cansada, harta y un poco desesperada. Tenía mucho que hacer aún, y descansar se estaba convirtiendo en un concepto que sólo podía ver sobre el papel.

Pero, en cierta manera, tenía suerte. Y podía hacerlo todo. Ya en otras ocasiones había tenido el agua al cuello de la misma manera, y había salido airosa. Ahora, además, tenía su apoyo. Y eso significaba que podía llegar mucho más alto.

Cerró los ojos y dejó que el aire del ventilador le pusiera la carne de gallina. Tenía mucho que hacer y necesitaba estar despierta.

Abrió los ojos, y se puso a ello.

—Puedo hacer esto.

La noche continuó.

Fly

Si sigo siendo tan negativo, si intento cambiar… ¿Qué hay de bello en un aterdecer?

No sé cómo voy a escribir esta entrada. Llevo dándole vueltas muchas semanas ya. Y ya me he cansado de invertir horas delante de una hoja en blanco, rodeado de la oscuridad y acompañado tan sólo por las voces disonantes que en mi cabeza tratan de empezar este texto.

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El viejo al final

Tal vez una historia, tal vez algo distinto. Mar, tormenta y faro, y un momento nocturno.

Con las persianas bajadas, el reloj marcaba la medianoche con el sonido incesante de su timbre. De fondo, entre las formas cambiantes de las llamas, el crepitar de un fuego casi ahogado rompía el silencio de sus pensamientos.

Fuera, más allá de esas cuatro paredes maltrechas, preñadas de cuadros de mar y faros, llovía con la intensidad de las tormentas que marcan un final. Nada sabía del pueblo que se extendía intranquilo hacia el interior de la isla. Nada sabía tampoco de la gente que, asustada, debía permanecer encerrada en sus casa, rezando a la nada impelidos por la ignorante esperanza de que aquello no fuera el fin del mundo.

El mundo. ¿Qué importaba todo eso? A él, absolutamente nada. Tan vacío como el espacio exterior, como las conversaciones que mantenía desde que la Luna se despidió de él por última vez. Que las nubes cubriesen su brillo nacarado, la sonrisa que siempre brillaba en aquel orbe de blanca belleza, transporte celestial de sus sueños más queridos. Y como ya no estaba, ¿qué quedaba sino sentarse ante el fuego de su chimenea y dejarse hipnotizar por las llamas de un corazón que se perdió?

Acerca sus manos gastadas a las llamas. No hay frío, tan sólo la vaga intención de atrapar la última luz del universo. Abrazar lentamente la estrella de su hogar, la fuente del calor que ya no siente en sus huesos. Pero, la lluvia arrecia, y se mezcla con el fuego el sonido de los cristales vibrando, el incesante martilleo de la tormenta fuera, como una visita molesta que no entiende que el tiempo para las visitas se consumió.

El viejo se remueve en la silla tosca de madera que lo sostiene. Si no puede disfrutar del fuego, ¿qué le queda ya? Se mira las manos, astilladas como las vigas expuestas de su casucha, y se da cuenta de que tiemblan. Salpicadas de sabañones y heridas mal curadas, su mirada se lanza por entre sus dedos para acabar, una vez más, en las llamas agonizantes. Y entre la lumbre saltan chispas ambarinas, diminutas estrellas fugaces cargadas con las esperanzas de un futuro que se consume ante sus ojos, que se estampa contra sus cuatro paredes, que lo dejan sordo con su estruendoso grito incesante.

No sabe cuántas horas han pasado, o si acaso han sido días de encierro. Pero la luz se ha ido, el frío ha llegado y el martilleo ha cesado. Tan sólo quedan lejanos tambores. Se levanta con dolor, se rasca la barba descuidada y recoge su sombrero de ala corta. Se enfunda una gabardina atacada por la humedad, más marrón por sucia que por diseño, y sin preocuparse por las llaves, se hace al exterior.

Le esperan las estrellas sobre su cabeza, las nubes sobre el mar y los rayos en la lejanía. Parece que tan sólo han pasado unas horas, pero ya no le importa el tiempo. Los segundos le han arrebatado el fuego, y las manecillas, con nocturnidad, la cordura. Le han dejado solo con sus preguntas, y ya no podrá perdonarlas. Su final es tan cierto como el punto final en una despedida, y como ya no tiene nada de lo que hablar, calla. En silencio, toma el camino que asciende por el acantilado, y sin más compañeras que las mudas constelaciones, asciende hacia las osas, los héroes, los monstruos y la confusión de una humanidad huérfana en la oscuridad del infinito.

Le iluminan el camino los intermitentes fogonazos del horizonte y su tacto contra la pared de piedra. Algunas hierbas, recias inquilinas de un risco que presenta batalla a un mar casi siempre embravecido, le rozan los pies y le marcan el camino. Y mientras, las yemas de sus dedos sufren al besar los filos de una roca que ha presenciado más tormentas que toda la inteligencia junta. Sus talones, a través de las zancas de piel y vejez, cuentan sus pasos sobre la resbaladiza superficie de ese camino mojado que es más un ascenso al infierno que un camino de bueyes.

Tras varias docenas de fogonazos, alcanza el viejo a ver por primera vez el faro del que se hizo cargo al huir de si mismo. Huele al fin la madera de roble que se consume, y se le mezcla la esencia con su propio sudor, cada vez más copioso, y la fragancia, cada vez más sutil, del mar que continúa con su incansable empeño por recuperar una tierra que una vez le perteneció. Respira profundamente, dejando que se le cuelen los recuerdos de flores perfumadas y el cabello castaño que olía a lilas y azahar. Y aunque se humedece la cara, no ha vuelto a llover.

Abre la puerta de esa vela artificial, y degusta con cierto placer el sabor a hojas viejas que impregna el lugar. Lámparas de aceite vacías, una mesa redonda que preside la estancia, y unas escaleras que serpentean por la pared hacia arriba, hasta perderse en la oscuridad. Debajo de estas, en montones tan altos como se dejan, libros y libros que esperan. Silenciosos, siempre dispuestos, libros que amarillean por el lomo. Enciende una de las lámparas que aún escondía algo de aceite, y toma el único libro que descansa sobre la mesa.

Pasa un par de páginas, pero para continuar, se lame los dedos. Se da cuenta entonces, el sabor de su pasado perdura en esas páginas. Y antes de que se de cuenta, una foto medio borrada se desprende de entre las páginas.

Acerca la fotografía a la luz, y sus ojos marrones se derrumban al ver los verdes que le devuelven la mirada. Ya no hay vuelta atrás.

Asciende por las escaleras sin prisa. La foto está en su bolsillo interior, y la lámpara, tirada contra los libros. Arden las intenciones en su pecho, y al alcanzar el balcón, ya no siente frío. En su corazón vuelve a estar ella, que le llama desde el mar, invitándole a sentir su abrazo una vez más. Las llamas a sus pies le recuerdan lo que le queda en el interior de la isla, aquellas promesas que no pudo cumplir al volver a su faro. Y, por desgracia, la voz de la promesa es débil, indefensa, inocente…

Y mientras desciende hacia el abrazo eterno de ella, su promesa llora olvidada en una cesta ante una iglesia de piedra.

Y la luz de la Luna la ilumina, pero su llanto no cesa. El mar se lo llevó todo.