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Bienvenido al manantial

¿Puedes encontrar todos los temas de los que trata el blog?

42.

Realmente eso es todo lo que necesitas saber sobre este blog/portal. Bueno, es cierto que también es muy imporante saber donde está la toalla de uno en todo momento, pero incluso eso está incluido en lo anterior.

Aún así, por mínima cortesía (ganada al descubrir este rincón algo oscuro y seguro demasiado verboso de “las Internés”), no estará de más explicar un poco que podrás encontrarte aquí si decides permitir que tu puntero se ensañe como es debido con los links que descansan a los lados de estas líneas.

El manantial es mitad blog, mitad portal. Justo debajo de esta entrada tienes el blog. Hay un poco de todo, no hay nada pensado, y todo es en directo. Lo mismo hablo de cine, que de videojuegos (algo que terminará siendo habitual, creo), que de ciencia (un físico en curso es su servidor), que de libros o lo que sea. En serio, no hay un tema específico para esta sección, así que es de entrada libre.

La otra mitad, la que parece más un portal con sus páginas y sus secciones, es la raison d’être de todo este tinglado. Ahí van todos los escritos que han salido de mi desvariada mente. Hay fanfiction (con la explicación en su página para el que esté interesado) y hay material original. Todo cae bajo la licencia que se describe en la columna de la derecha, casi al final (aún así, el fanfiction se mueve por terrenos legales pantanosos en los que prefiero no ahogarme) que es Creative Commons.

En fin, ojalá que disfruten con lo que encuentren. Y si no, que al menos hayan perdido el tiempo a gusto.

Cayendo en tus pupilas

Conversaciones en una oscuridad…

Nada. Vacío literal. Completa y absoluta oscuridad.

— ¿Dónde estás? –preguntó su voz al vacío.

–Aquí –respondió la oscuridad.

Hizo lo que pudo para guiarse con las manos y, con cierto miedo, se estiró lo que pudo sin dejar de tocar la pared a su espalda. Por fin, tras unos instantes de agonizante vacío, rozó la cama. Más calmada, se sentó al borde, sintiendo el frescor de las sábanas de seda, y lo recorrió con las manos hasta que lo encontró, a su derecha, inmóvil en medio de la nada.

–¿Qué hacemos así? –preguntó, incómoda con su silencio.

–Esperar.

–¿Esperar? ¿A qué? –insistió. Semidesnuda, el frío no tardaría en hacerla enfermar. Además, tenía otras intenciones para la noche, las sábanas… Y para él.

–Esperar a que sean lo suficientemente grandes.

Dejó escapar un sonido de asentimiento, aunque no tenía ni idea de lo que estaba hablando. Y ya llevaba un tiempo así: sin entender exactamente de qué hablaba cada vez que se quedaban a oscuras.

Pensó que sería más fácil. Hasta entonces, cuando se apagaba la luz, no importaba con quién, lo siguiente siempre había sucedido solo. No necesitaba hacer mucho. Los instintos se activaban y, sin hacer mucho más que yacer allí y dirigir un poco los movimientos de su acompañante, encontraba su felicidad momentánea.

No se hacía muchas ilusiones tampoco. Sabía de sobra que aquello sólo duraba una noche. Tal vez algo de la mañana también. Y después, vuelta a empezar. Escondida bajo la abrasadora luz del día, se ponía su disfraz de modosita risueña y comenzaba la caza. La búsqueda del próximo corazón del que sacar unos latidos prestados para poder levantarse una vez más y volver a empezar.

–Ya casi.

–Claro.

No le prestó atención. Estaba claro que iba para largo. Tal vez tendría que dejarlo por imposible y darse por vencida esa noche. No parecía que fuese a encontrar nada en esa oscuridad; ni felicidad momentánea, ni duradera, ni nada. Tan sólo una triste excusa llena de vergüenza y frustración, la atropellada búsqueda de ropa tirada y más excusas mientras se cierra la puerta. No sería la primera vez, y seguramente tampoco la última. Aunque sí sería un poco más decepcionante de lo habitual. Al fin y al cabo, para una vez que elegía por los ojos…

–¿Alguna vez has pensado en el negro de tus ojos?

La pregunta la pilló por sorpresa, especialmente en aquella absoluta oscuridad. Tenía la costumbre, desde pequeña, de cerrar los ojos cuando estaba a oscuras. La hacía sentir como si estuviera en un sueño muy real donde podía imaginar todo lo que quería.

–¿Las pupilas?

–Sí, exactamente –pudo notar su cuerpo girando hacia, supuso, ella, así que hizo lo mismo –. Las pupilas, allí donde van a morir las miradas.

–Y donde nacen también –no quería entrar al trapo. Quería hacer otras cosas más interesantes que hablar sentada sobre la cama, desnuda de ombligo para abajo, ¡maldita sea! Pero no pudo resistirse a responderle. Sus ojos… Eran una de sus armas habituales.

–También –le agradó que le diera la razón –. Aunque a mí siempre me han interesado más a donde van las miradas, más que de donde parten. Me fascinan los finales, aunque me aterran también –hizo una pausa y soltó una pequeña risa entre dientes –. Supongo que no tiene mucho sentido, ¿verdad?

–No mucho.

–Acércate, por favor –de repente, su tono se llenó de súplica. Su paciencia se agotaba, pero cumplió porque conllevaba un acercamiento –. Gracias. Quiero que me mires a los ojos.

–¿Qué? –si acaso se había vuelto tonto, no sabía decir. Lo que sí podía decir es que no le estaba gustando nada todo el asunto.

–Sólo quiero que me mires a los ojos.

–Encien-

–Sin luz. Tal como estamos.

No le dio tiempo a echarlo de su habitación porque, antes de que pudiera decir nada, la agarró por los hombros y, suavemente, la acercó hasta él. De repente, pudo sentir su aliento caliente en su boca y en su cuello, y todo su rostro irradiaba un calor tranquilo e invitante. Como no le quedaba otra, inspiró, y la cabeza se le nubló con el aroma que despedía su pelo, igual que unas horas atrás cuando lo eligió.

Y mientras, en sus hombros, sus dedos dibujaban tan suavemente como una pluma formas aleatorias, provocando que la piel se le erizara y que su pecho comenzara a subir y bajar de forma desbocada.

Estaba claro que eran muy compatibles. No tenía claro por qué tampoco. Al fin y al cabo, no cumplía los estándares que solía exigir, ni tampoco le había parecido más interesante que la media. Había resultado gracioso, sí, pero nada más allá de lo normal. Todo parecía indicar que era alguien de lo más normal, mundano incluso.

Pero cuando se acercaba…

–Creo que he puesto mis ojos a la altura de los tuyos. ¿Puedes ver algo?

Su voz la sacó del trance, y se espetó mentalmente. No era más que uno más. No debería estar actuando como una quinceañera cualquiera a la que la prestan atención por primera vez. Era más que eso: más mujer, más experimentada y más pragmática que una niña así. Había conocido más tristezas y más decepciones que nadie, y no tenía fuerzas ni ganas de caer en hechizos tontos de una noche, sobre todo con alguien que, en principio, no era su tipo ideal.

Aún así, tenía cierta curiosidad. Movió la cabeza un poco para adelante, y pudo notar la nariz de su acompañante. Regresó a la posición original y comenzó a escanear con cuidado la oscuridad frente a ella.

–¿Ves algo? –insistió él, y pudo notar la expectativa en su voz.

Continuó observando la oscuridad. Miró en todas direcciones, e incluso entrecerró los ojos, a pesar de que sabía que era una soberana estupidez.

–No ves nada, ¿verdad? –dijo él al cabo de un rato, decepcionado.

–Es que no hay manera humana de ver nada en esta oscuridad –trató de defenderse. Algo le dijo que había dado la respuesta incorrecta.

–No pasa nada –pero el tono le decía lo contrario.

Fue a ponerle la mano en el pecho, pero él se levantó. Intentó seguirlo con la mano, pero su audición le dijo que él se estaba moviendo por la habitación, al parecer recogiendo sus cosas.

–Las tuyas no son lo suficientemente grandes –comenzó mientras seguía moviéndose por la habitación, consiguiendo que su voz fuera un fantasma incorpóreo que se contoneaba frente a ella –. Pero ese no es el verdadero problema. El problema, claro está, somos nosotros.

–¿Qué problema?

De repente, sus manos la cogieron suavemente de la nuca y la invitaron hacia adelante. Y casi al mismo tiempo, notó sus labios en la frente.

–Digamos que soy yo –su tono había cambiado. Volvía a ser de cariño, como antes de apagar la luz.

Tomó sus manos y se las juntó y se las apretó con mucho cariño.

–Debes encontrar a alguien cuyas pupilas veas refulgir incluso en la oscuridad absoluta. Cuando lo hagas, podrás dejar de malgastar tu vida en puertos estériles que no te aportan nada.

Ese fue el momento para quedarse en silencio.

–Eres genial –añadió su compañero en la oscuridad –, pero no te quieres aún lo suficiente. Y hasta que no te quieras, tus pupilas no refulgirán para que las encuentre el barco adecuado.

–¿Cómo?

–¡Cuídate! ¡Y prohibido recordar!

Y sin decir nada más, se fue.

Se arrastró por la cama y se escondió bajo las sábanas. Y aunque decidió tratar de olvidar todo y dormir, por no poder hacer lo primero, le eludió lo segundo toda la madrugada. Y es que, en su mente, recuperó las últimas palabras del que antes le acompañaba en la oscuridad, y le dio vueltas. Y más vueltas y aún más vueltas.

Y se dio cuenta de que eligió mal.

La oscuridad no venía de las lámparas apagadas, ni de la desaparición del Sol tras el horizonte ni de nada externo. La oscuridad venía de su interior, y no lo había querido comprender hasta entonces.

Así que, abrió los ojos de verdad, y durante un instante, estuvo ante la forma de quién le había acompañado hasta un momento antes. Y entre la luz que entraba de la ventana y la que provenía de sus ojos, pudo distinguirlo todo otra vez por vez primera.

El diccionario de las oscuras penas: “Sonder”

Comienza mi exploración de las palabras inventadas por el canal The Dictionary of Obscure Sorrows.

Esta es la primera entrada de una corta serie que se va a centrar en el trabajo que lleva a cabo el canal de youtube llamado The Dictionary of Obscure Sorrows. Mi objetivo es darle eco en este blog, ya que me parece uno de los canales más interesantes a los que se puede suscribir uno en youtube ahora mismo (o tal vez sea porque tiene que ver con palabras, y está claro que me gustan). En todo caso, estas entradas no sólo servirán para traducir las definiciones de estas palabras inventadas que tratan de dar nombre a esas sensaciones y esos sentimientos que a veces nos toman, sino que también servirán para poner mi granito de arena y añadir mi visión sobre cada una de estas palabras.

Sin más, empiezo.

Leer más “El diccionario de las oscuras penas: “Sonder””

La llave

Relato corto, tema propuesto por @divagacionistas (la primera vez que participo en esta especie de desafío que llevan a cabo con regularidad).

El reflejo de una puerta me acaricia la espalda.

Es una puerta cuyo marco no aprecio bien. Diría que parece normal, rectangular y de madera barata. Pero entonces serpentea y se curva. Se hace grande y se vuelve diminuto, y cambia de color como un camaleón asustado. Y ya no es de madera, sino de recuerdos, de sueños, de expectativas, de futuro… Y vuelve a ser el marco más normal del mundo.

Al otro lado veo, al fondo del reflejo, una corriente que nunca acaba. Una corriente imparable de las voces, las caras, los cuerpos y las ventanas por las que los espío. Mezclados los sentimientos, como ramas en un río desbordado, colorean esta visión sin fin que se derrama por la puerta que tengo a la espalda.

Me da miedo. Tantísimos segundos, todos marcados de mis ilusiones y mis penas, atravesando salvajemente el umbral de esta puerta que no sabe quedarse quieta, obligándome a recordar cada instante de cada momento de cada día de cada presente que he querido olvidar. En algún momento, no puedo dejar de apreciar la violencia con la que avanza esta corriente entre mis sienes, de cabeza a la puerta que se abre imposible a mi espalda.

Tengo un cerrojo entre las manos. Y no importa cuánto lo mire, entre mis manos no hace nada.

Así que lo lanzo hacia atrás y se cierra la puerta. Observo expectante el lento movimiento que pone cierre a esa puerta y a ese marco que todavía fluctúa. Y tras una eternidad en un instante, el sonido de un suave toque de madera contra madera pone fin a la corriente y al miedo que arrastraba.

La puerta a mi espalda en el espejo está cerrada.

Al darme la vuelta, la puerta frente a mí se ha abierto al fin.

Ya puedo salir, y despertar.

Lluvia de estrellas

Un viaje imposible, un encuentro fortuito y un pecho en llamas.

Hubo una vez que me encaramé a la Luna.

Ascendí sin preocupaciones entre las esferas de un firmamento perfecto. Atravesé el éter invisible que separa todas las cosas y, alcanzando con el brazo estirado, acaricié la superficie nacarada de la reina de la noche.

Cuando me posé, las estrellas, diminutos puntos fulgentes, caían a mi alrededor como un torrente de luz que procedía de mis sueños más profundos. Recogí una, y al observarla, me dí cuenta de que me devolvía la mirada. Imposible y olvidada, compartió conmigo su infinito calor, dándome la fuerza para continuar en esa situación tan particular, en la superficie lunar, observando mi tierra de lejos.

Y entonces, me la tragué.

Apareció en mis manos, unidas para sujetarlo, mi corazón. Aún brillaba dónde rozó a la estrella cuando ésta ocupó su lugar. Sin uso para él, guardé mi corazón en un diminuto baúl que metí en mi bolsillo. Aún fuera de mi cuerpo, latía con la vieja pena que siempre había usado como fuego. Me dio pena, así que lo guardé con mis mejores recuerdos y algunas buenas intenciones, para que se conservara algo menos triste mientras disfrutaba de la estrella de mi pecho.

Con el calor de la estrella en mi cuerpo, recorrí a voluntad la negrura del espacio más profundo sin miedo ni frío. Llegué hasta la última esfera de cristal, e hice música golpeando el límite de mi universo. Recogí brazadas de éter y esculpí los sueños que me hicieron sonreír. Hice caminos de luz entre los planetas y el sol, para poder volver en cualquier momento, y construí una cabaña en las junglas indómitas de las lunas ocultas de tu mente. Me convertí, sin darme cuenta, en explorador y misionero de todo un cielo que intentaba comerme sin que yo sospechara nada.

Y de repente, me caí.

Se acabaron mis nuevos poderes. Caí y caí hasta que reboté de vuelta en la Luna. La estrella seguía en mi interior, latiendo y cediéndome su calor por estar en mi pecho; pero brillaba mucho menos. Había encontrado la tristeza, y tornó mi presencia en ausencia. Nada de lo que le dije, y tampoco nada de lo que sentía la convencieron de que estaba con ella. Simplemente, nada era suficiente, y su luz se fue apagando.

Entonces se me ocurrió. Ya que había abandonado hacía tanto mi tierra, tal vez podríamos pensar en vivir juntos en el firmamento. Retornarla, aún en mi pecho, de vuelta con sus hermanas, allá donde las estrellas viven: en nuestros pensamientos pasados. E hicimos un trato. Ella brillaría y, de vez en cuando, volveríamos a aquel momento en el pasado, para que se sintiera como en casa una vez más.

Brillamos juntos más que nunca. El universo se nos quedó pequeño, e hicimos planes para visitar cada uno de los planetas, sus lunas y los pensamientos imposibles de todos los artistas que alguna vez vivieron. Eramos uno, al fin, y nada podía hacernos retornar a la realidad que habíamos dejado atrás. Brillábamos más de lo que nunca habíamos brillado por separado.

Y sin embargo, una vez más, caí.

La estrella se enfrió. Mi pecho quedó al descubierto. Confundido, pregunté por qué. La respuesta se perdió entre las nubes de mi tierra según caía hacia ella.

Y al llegar al suelo, tan lejos de la Luna, los planetas y todos los satélites, se estalló el baúl que contenía mi corazón. Saltaron los trozos y se perdieron los mejores momentos y se evaporaron las buenas intenciones.

Apenas latía. No me había dado cuenta, pero viajar con la estrella lo había llenado de lascas, de muescas. Se había vuelto frágil como el cristal. Tanto calor lo había fundido y lo había vuelto a forjar, y con un toque, estalló. Viajar por el universo lo había privado de aire, y luchar en las junglas indómitas lo volvió asustadizo. Aún en mi bolsillo dentro de un baúl, mi corazón me había acompañado todo el viaje. Y yo sin cuidarlo lo más mínimo.

Así que me puse manos a la obra y lo recompuse. Ya no sería como antes, eso era imposible. Pero, al menos, podría volver a darle forma. Durante tres noches y tres días, trabajé sin descanso. Primero, recogiendo todos los trozos que se habían esparcido por mi tiempo. Luego, formando con ellos una imagen de mi corazón, nueva y fracturada, pero entera. Y, finalmente, pegando todos esos trozos con lo que tuviera a mano: lágrimas, sonrisas, suspiros… Algunos trozos pegaban mejor con las primeras, otros con las segundas; y con las terceras, le devolví el ritmo al terminarlo.

En cuanto empezó a latir una vez más, salió la estrella de mi interior. Me miró con pena y, más fría que nunca, se despidió de mí, triste porque mi pecho no llegó a ser el hogar que buscaba. Yo le ofrecí mi sonrisa, y aunque pareció agradarle, se fue a buscar su propio calor antes de probar mi sonrisa.

Sólo, y atado por la gravedad otra vez, coloqué mi corazón en mi pecho y este se cerró. Me dolió, ya que la forma de mi nuevo corazón era rara y tenía bordes que cortaban, pero volví a latir.

Ahora miro hacia arriba, allá donde viven las estrellas, y me pregunto cuál fue aquella que una vez compartió su calor conmigo. Me pregunto si volveré a surcar el firmamento, y si aquella estrella se llevó algo de mí.

Y hay días que me parece que asciendo sin preocupaciones, aunque no sé si es verdad o tan sólo son imaginaciones mías.

Dicen que en el mañana hay lluvia de estrellas.

Sonrisas deshilachadas

La honestidad a veces cuesta decepeciones.

Esta es la tercera versión que escribo de esta entrada. Y, honestamente, no veo que vaya a conseguir lo que intenté en las otras dos, así que voy a cambiar de estrategia.

Tenía muchas ganas de escribir algo más ligero, menos lleno de niebla y tristeza. Y me he chutado con todo lo que me hace sentir bien: he visto capítulos de Scrubs, he escuchado mis canciones más alegres (no mis favoritas, porque son casi todas tristes o melancólicas o taciturnas), e, incluso, ahora mismo estoy escuchando la canción de créditos de La vida secreta de Walter Mitty. En resumen, he intentado buscar todas las cosas que me han cambiado el humor a uno más positivo en algún momento de mi vida.

El problema, por supuesto, reside en que este no es un momento cualquiera de mi vida. Es un momento muy particular, unas semanas y unos meses que me marcarán para el resto de mi existencia. Según The dictionary of obscure sorrows, lo que siento ahora es Dès vu (al final de la entrada voy a poner un link al video, merecen todos muchísimo la pena, y creo que terminaré haciendo una entrada para unas cuantas palabras). Sé que lo que viva y lo que piense ahora se me quedará grabado a fuego en el cerebro por el resto de mi existencia. Y sé que tengo una oportunidad de oro de cambiar justo ahora. Ahora que me toca reconstruirme puedo elegir cómo hacerlo.

Y no quiero fingir. Quiero seguir escribiendo aquí, continuar esta especie de mezcla entre diario, taller literario y expresionismo escrito. Quiero cambiar algunos hábitos, introducir unos nuevos que mejoren mi salud física, y quiero un nuevo nivel de higiene mental que no he tenido hasta ahora. Quiero disfrutar de la soledad, y quiero poder salir de ella sin secuelas para quedar y socializar con tranquilidad, sin la sensación de que necesito o no necesito hacerlo según las circunstancias. Simplemente, estoy intentando ser más fiel y honesto conmigo mismo, a fin de poder serlo con los demás.

En cierta manera me gustaría decir que estoy mejor y ya está. Que lo malo se acabó el día D a la hora H y que a partir de ese momento hice el desembarco en la playa de un nuevo estado anímico y que lo demás quedó al otro lado del estrecho. Me gustaría poder mirar al futuro con el optimismo con el que decidí apuntarme a kung fu y aplicarlo a todo lo demás, como si se me hubiera agotado la tristeza y la nostalgia y tan sólo hubiera sabor felicidad en el menú. Me gustaría, llegados a este punto, haberme recompuesto ya y que ahora tan sólo hubiera tiempo para todas las cosas buenas y nuevas que tengo por delante.

Pero, no es así. Nunca es así. Las personas somos un barullo de emociones, cuyo volumen lo controla otro barullo de hormonas, que a su vez se ve afectado por un barullo de decisiones que tomamos cada día. El nivel de complejidad es apabullante. Y aunque cada día más personas entienden que esto es así, aún nos obcecamos en ponerle cuadrículas a estas cosas e intentar colocarle medias y medianas a este tipo de cosas. Es magnífico pensar como, sin apenas entender como funciona nuestro estado de ánimo, hemos sido capaces de conseguir tanto.

Una vez más, me voy por las ramas. Lo que quería decir es que, sencillamente, durante un buen tiempo, aunque parezca que esté bien, y aunque por el día me divierta y me ría y me duela y vaya y vuelva y haga comida y organice eventos y estudie y apruebe y suspenda y escuche y hable, a pesar de todo esto, seguiré pegando mis trozos. Me seguirá ocurriendo que cuando se acabe el día y todo el mundo se haya ido y me mire ante el espejo, solo y casi a oscuras, una sensación incontenible de rotura me rasgue en dos. Se me parará el corazón y examinaré mi imagen del otro lado con la curiosidad clínica del descubrimiento de una nueva especie. Miraré y me moveré a su alrededor, con el corazón parado y la respiración perdida, tratando de encontrar el punto de donde provienen todos los rotos que me sesgan por dentro. Tiraré de los hilos de una sonrisa deshilachada, y mientras mi mirada se escapa entre párpados de plata, apuntaré con presura cada uno de los sonidos encantados que escapen de mi forma convertida en estatua.

Y habiendo estudiado con tanto detenimiento la parte de mí que hará las veces de maquillaje amable, me retiraré y me esconderé de nuevo en sus adentros, con el fin de no dejar vacías de alma las cuencas de unos ojos que, poco a poco, cada vez ven menos. Menos colores, menos luces y menos razones para seguir abiertos.

Si es que, no se me puede dejar solo. Con nada me pongo como tonto con ese tipo de prosa tan pintada que a veces da la sensación de no ser ni de este planeta. Pero claro, es el tipo de cosa y el tipo de manera de las que me gusta escribir. Simplemente, me sale solo.

Dicho todo esto, de paso un aviso. Esto no significa que no me apetezca hacer todas esas cosas de las que hablaba unos párrafos antes, o que no las vaya a disfrutar. Muy al contrario. Precisamente, contra este manto infinito de gris y negro, las luces de todas esas estrellas que me acompañan son tan brillantes y cálidas que no puedo dejar de sentir lo maravillosas que son. Y además, su contraste me permite encontrar las partes bellas del manto gris y negro que me suele cubrir.

En fin, ya voy terminando. Si bien no es que sea mucho más alegre, al menos no es tan triste. Al fin y al cabo, el tiempo hace su efecto, y las conversaciones amigables también. Me sigue dando miedo que todo esto deje de dolerme en algún momento, ¡pero bueno! No sería la primera vez que estoy muy equivocado sobre algo.

P.D.: Aquí va el link al video del que hablaba, Dès vu. Creo que no tardaré mucho en empezar a hablar de este canal.

Regresando

Cambio de ritmo para el blog

Aparto un momento la atmósfera un tanto oscura que me ha invadido estas semanas para hacer una actualización sobre el blog.

Llevo un par de semanas con el ritmo de publicación aumentado. Muchas cosas en muy poco tiempo, y ganas, casi terapéuticas, de escribir. Es que no sólo me han pasado muchas cosas, sino que además mi momentánea obsesión por los trabajos de Wes Anderson alcanzó su punto álgido, y se ha dado muy bien a darme una especie de arquitectura sobre la que construir estos extraños relatos que han ido apareciendo estos días.

Así que, de una manera fortuita, mi vida se ha convertido tontamente en algo más o menos relatable, así que he aprovechado y he sacado todo lo que he podido de todas estas sensaciones que a veces amenazaban con atarme a la cama y esconderme del mundo.

Sin embargo, yo no soy capaz de mantener este ritmo durante mucho tiempo. Ha sido un bonito experimento en medio de esta tormenta, venir aquí y dedicarle un buen rato a estar delante de la pantalla, intentando encontrar la manera de abrir las puertas y expulsar lo que me carcomía. Ser un poco más abierto y al mismo tiempo un poco más onírico, decir las cosas sin ser evidente.

Como digo, ha sido bonito, y también doloroso. Pero no pretendo volver al vacío emocional que construí unos meses atrás. Hay cosas que ya no podrán volver, y una de ellas es la inacción que me lleva deteniendo desde hace tantísimo tiempo. Ya casi no recuerdo cuando no era así, y esta manera de ser ahora me resulta pavorosa. Y nunca me he sentido más contento de sentir miedo.

No creo que vaya a haber cambios radicales. Me conozco demasiado: me resisto a los cambios cuando son tan repentinos. Pero, de la misma manera que la canción que acompaña este post va cambiando paulatinamente hasta convertirse en algo totalmente distinto, así me gustaría ir evolucionando. Sutilmente, con mejores y peores momentos, hacia algo mejor, alguien mejor. Más fuerte, con menos remordimientos y con más ganas de que llegue el mañana.

Y eso que el futuro es más incierto que nunca.

Además, le prometí a cierta estrella que cambiaría un poco el tono de las próximas entradas. Así que debería intentar escribir algo un poco más alegre… ¡aunque no prometo nada!

Puntos en el corazón

Puede…

Puede que el desastre haya golpeado cuando la marea estaba más alta. Durante los viajes imposibles que una vez hicieron nuestras almas, allá donde el cielo y la tierra se besan; mientras la luz del sol recorría plácidamente las llanuras de una historia que nunca pudo ser.

Puede que nos hayamos mecido entre las olas de una sonata dedicada a las personas que nunca pudimos ser, que siempre tuvimos en el borde de nuestra mirada. Reflejos más luminosos de lo que nunca pudimos ser, seres más amables y más honestos que los que ahora animan nuestros corazones. Esas versiones que se alzan por los cielos, vuelan el uno junto al otro, descubren paisajes imposibles apoyados en los vientos que mutuamente nos cedemos sin reparo. Versiones que ahora vemos, que nos hacen llorar por las noches cuando notamos el frío en nuestras camas, que nos recuerdan todo lo que hicimos mal.

Puede que cuando nos montábamos en aquel coche no recordáramos por qué lo hacíamos; que la rutina de una batalla vencida nos cegara, y atase nuestros corazones a una neblina impenetrable que nos separó de nuestras realidades y nos tornó en estatuas admirables que escondían dentro todas las oscuridades que iban poco a poco comiéndose nuestras esperanzas y nuestros pensamientos de futuro. Y al no compartir más nuestros futuros, éstos se fueron marchitando para siempre en una oscuridad inacabable que se volvió rutina. Y así, en medio de la nada, asustados al no palpar los labios del otro, empezamos a cometer errores que fueron, indefectiblemente, dirigiéndonos al borde del agujero negro, donde va a morir la luz que no alcanzó a iluminar nuestro presente.

Y puede que el espectáculo fuera sensacional, allí donde la oscuridad se encontró con la luz. Saltaron realidades y se dio la vuelta el tiempo. El color se desparramó por nuestras pupilas, y las formas se retorcieron a través del espacio y la realidad. Ya nada pudo volver a ser lo que era, y en medio de las explosiones de nuestros corazones, tan sólo la voz de la resignación respondiendo a la voz de la desesperación. Y su eco se hizo eterno.

También puede que nada de esto tenga nada que ver. Que la realidad sea tan sencilla como que se acabó lo inagotable. Puede que de tanto hablar y de tanto sentir, el corazón y la boca terminaran por ponerse a contratiempo, y aunque la tristeza y el cariño lo inundaran todo, no supieran ponerse de acuerdo hasta que hubo un silencio que les permitiera hablarse. Cuando se dieron cuenta de lo que estaba pasando, decidieron que era el momento de no seguir perdiendo los días y los sentimientos y quedarse con lo que ya tenían, y no arriesgar más romperse en mil pedazos cuando un final anunciado llegara, con todas sus consecuencias y todas sus vicisitudes.

O puede que hartos de todas las cosas que no se podían decir, decidieran romper las barreras de esa rutina que todo lo inundaba, intentar dar un golpe de efecto que hiciera estallar el silencio que todo lo inundaba. Gritar a través del vacío del espacio entre nosotros, y cometer la aventura más arriesgada de todas: hablar de verdad. Ser de una vez uno en valor y en sentido, y por fin expresarse aunque no supieran muy bien qué decir.

Finalmente, puede que no sepa qué decir. Puede que esté aquí, rellenando líneas en un vano intento de expulsar todo lo que duele por dentro. Puede que mire a mi alrededor y vea tantas cosas que no he probado que ahora quiera intentarlas todas, y que me dé más miedo que nunca lanzarme, porque ya casi no tengo tolerancia al dolor. Al físico, porque no creo que pueda acumular más anímico. Y no es culpa de nadie, pues las elecciones siempre fueron mías. Pero eso no quita para que me duela mirar, me duela escuchar y hasta a veces me duela escribir. Porque cuanto más expulso, más profundo busco, y llega un momento en el que tengo que dejarlo por un tiempo para dejar de escarbar trozos de un corazón que todavía se lo piensa dos veces antes de latir ante ciertos recuerdos.

Pero sé que seguiré en este estado si no hago algo, y de alguna manera habrá que salir adelante, si todo lo que tengo a mi alrededor es inalcanzable; y aunque amo las ondas con locura, me toca a mí tomar el control de mis brazos y mis latidos cuando estoy solo ante el peligro, que suele ser a menudo, siempre que las estrellas me sonríen en pleno día. Y es tan fácil perderse en los sueños diurnos, aquellos que solía cerrar antes de empezar, que ahora me inundan porque no vivo en este mundo. Porque aún vuelven aquellos sueños en los que desaparezco y me voy a otra dimensión, y la gente acepta sin remordimientos que ya no estoy, que esas cosas pasan y que tan sólo era yo.

Y en esas dimensiones extrañas encuentro un escapismo que pensé que había perdido, que pensé que ya no necesitaba. Pero ahí está, funcionando a pleno rendimiento cuando me siento a oscuras y dejo que mi cuerpo desaparezca en la oscuridad, y estas melodías me toman ingrávido y me transportan allá donde otros entran por las formas, otros por la droga y otros por simple manía de no escucharse. Me elevo sin alas, y soy el ser más importante de mi propio universo, y observo a la Tierra, sola en la negrura del espacio, y no me detiene ni la falta de aire ni la falta de estima.

Pues por un instante creo, y todas las destrucciones que he vivido últimamente son parte de mí. Se integran y también me elevan, aunque sepa que llegará el momento en el que tiren de mí hacia el suelo. Y de la misma manera que me elevaron, ahora me hagan descender a horcajadas, me ahoguen y me devuelvan a la realidad de la que huía.

Puede –y termino — que todo pase y que al final este tiempo se convierta en huellas borradas por el mar. Y cuando mire hacia atrás me costará sentir lo que una vez me hizo llorar tan amargamente. Pero sé que, aunque haya desaparecido de mis recuerdos, todos estos tiempos estarán cosidos a mi corazón, puntos eternos que vibrarán con cada latido, que en cierta manera, su huella se sentirá en cada respiración, en cada mirada y en cada paso. Una parte más de mí que por siempre se expresará en mis gestos y en mis palabras. Esa tristeza antigua que se comparte entre las sábanas, y en la barra del bar que llamamos honestidad.

Seguro que no te olvidaré nunca.

Seguro que continuaremos nuestras vidas también.