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Bienvenido al manantial

¿Puedes encontrar todos los temas de los que trata el blog?

42.

Realmente eso es todo lo que necesitas saber sobre este blog/portal. Bueno, es cierto que también es muy imporante saber donde está la toalla de uno en todo momento, pero incluso eso está incluido en lo anterior.

Aún así, por mínima cortesía (ganada al descubrir este rincón algo oscuro y seguro demasiado verboso de “las Internés”), no estará de más explicar un poco que podrás encontrarte aquí si decides permitir que tu puntero se ensañe como es debido con los links que descansan a los lados de estas líneas.

El manantial es mitad blog, mitad portal. Justo debajo de esta entrada tienes el blog. Hay un poco de todo, no hay nada pensado, y todo es en directo. Lo mismo hablo de cine, que de videojuegos (algo que terminará siendo habitual, creo), que de ciencia (un físico en curso es su servidor), que de libros o lo que sea. En serio, no hay un tema específico para esta sección, así que es de entrada libre.

La otra mitad, la que parece más un portal con sus páginas y sus secciones, es la raison d’être de todo este tinglado. Ahí van todos los escritos que han salido de mi desvariada mente. Hay fanfiction (con la explicación en su página para el que esté interesado) y hay material original. Todo cae bajo la licencia que se describe en la columna de la derecha, casi al final (aún así, el fanfiction se mueve por terrenos legales pantanosos en los que prefiero no ahogarme) que es Creative Commons.

En fin, ojalá que disfruten con lo que encuentren. Y si no, que al menos hayan perdido el tiempo a gusto.

Fly

Si sigo siendo tan negativo, si intento cambiar… ¿Qué hay de bello en un aterdecer?

No sé cómo voy a escribir esta entrada. Llevo dándole vueltas muchas semanas ya. Y ya me he cansado de invertir horas delante de una hoja en blanco, rodeado de la oscuridad y acompañado tan sólo por las voces disonantes que en mi cabeza tratan de empezar este texto.

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El viejo al final

Tal vez una historia, tal vez algo distinto. Mar, tormenta y faro, y un momento nocturno.

Con las persianas bajadas, el reloj marcaba la medianoche con el sonido incesante de su timbre. De fondo, entre las formas cambiantes de las llamas, el crepitar de un fuego casi ahogado rompía el silencio de sus pensamientos.

Fuera, más allá de esas cuatro paredes maltrechas, preñadas de cuadros de mar y faros, llovía con la intensidad de las tormentas que marcan un final. Nada sabía del pueblo que se extendía intranquilo hacia el interior de la isla. Nada sabía tampoco de la gente que, asustada, debía permanecer encerrada en sus casa, rezando a la nada impelidos por la ignorante esperanza de que aquello no fuera el fin del mundo.

El mundo. ¿Qué importaba todo eso? A él, absolutamente nada. Tan vacío como el espacio exterior, como las conversaciones que mantenía desde que la Luna se despidió de él por última vez. Que las nubes cubriesen su brillo nacarado, la sonrisa que siempre brillaba en aquel orbe de blanca belleza, transporte celestial de sus sueños más queridos. Y como ya no estaba, ¿qué quedaba sino sentarse ante el fuego de su chimenea y dejarse hipnotizar por las llamas de un corazón que se perdió?

Acerca sus manos gastadas a las llamas. No hay frío, tan sólo la vaga intención de atrapar la última luz del universo. Abrazar lentamente la estrella de su hogar, la fuente del calor que ya no siente en sus huesos. Pero, la lluvia arrecia, y se mezcla con el fuego el sonido de los cristales vibrando, el incesante martilleo de la tormenta fuera, como una visita molesta que no entiende que el tiempo para las visitas se consumió.

El viejo se remueve en la silla tosca de madera que lo sostiene. Si no puede disfrutar del fuego, ¿qué le queda ya? Se mira las manos, astilladas como las vigas expuestas de su casucha, y se da cuenta de que tiemblan. Salpicadas de sabañones y heridas mal curadas, su mirada se lanza por entre sus dedos para acabar, una vez más, en las llamas agonizantes. Y entre la lumbre saltan chispas ambarinas, diminutas estrellas fugaces cargadas con las esperanzas de un futuro que se consume ante sus ojos, que se estampa contra sus cuatro paredes, que lo dejan sordo con su estruendoso grito incesante.

No sabe cuántas horas han pasado, o si acaso han sido días de encierro. Pero la luz se ha ido, el frío ha llegado y el martilleo ha cesado. Tan sólo quedan lejanos tambores. Se levanta con dolor, se rasca la barba descuidada y recoge su sombrero de ala corta. Se enfunda una gabardina atacada por la humedad, más marrón por sucia que por diseño, y sin preocuparse por las llaves, se hace al exterior.

Le esperan las estrellas sobre su cabeza, las nubes sobre el mar y los rayos en la lejanía. Parece que tan sólo han pasado unas horas, pero ya no le importa el tiempo. Los segundos le han arrebatado el fuego, y las manecillas, con nocturnidad, la cordura. Le han dejado solo con sus preguntas, y ya no podrá perdonarlas. Su final es tan cierto como el punto final en una despedida, y como ya no tiene nada de lo que hablar, calla. En silencio, toma el camino que asciende por el acantilado, y sin más compañeras que las mudas constelaciones, asciende hacia las osas, los héroes, los monstruos y la confusión de una humanidad huérfana en la oscuridad del infinito.

Le iluminan el camino los intermitentes fogonazos del horizonte y su tacto contra la pared de piedra. Algunas hierbas, recias inquilinas de un risco que presenta batalla a un mar casi siempre embravecido, le rozan los pies y le marcan el camino. Y mientras, las yemas de sus dedos sufren al besar los filos de una roca que ha presenciado más tormentas que toda la inteligencia junta. Sus talones, a través de las zancas de piel y vejez, cuentan sus pasos sobre la resbaladiza superficie de ese camino mojado que es más un ascenso al infierno que un camino de bueyes.

Tras varias docenas de fogonazos, alcanza el viejo a ver por primera vez el faro del que se hizo cargo al huir de si mismo. Huele al fin la madera de roble que se consume, y se le mezcla la esencia con su propio sudor, cada vez más copioso, y la fragancia, cada vez más sutil, del mar que continúa con su incansable empeño por recuperar una tierra que una vez le perteneció. Respira profundamente, dejando que se le cuelen los recuerdos de flores perfumadas y el cabello castaño que olía a lilas y azahar. Y aunque se humedece la cara, no ha vuelto a llover.

Abre la puerta de esa vela artificial, y degusta con cierto placer el sabor a hojas viejas que impregna el lugar. Lámparas de aceite vacías, una mesa redonda que preside la estancia, y unas escaleras que serpentean por la pared hacia arriba, hasta perderse en la oscuridad. Debajo de estas, en montones tan altos como se dejan, libros y libros que esperan. Silenciosos, siempre dispuestos, libros que amarillean por el lomo. Enciende una de las lámparas que aún escondía algo de aceite, y toma el único libro que descansa sobre la mesa.

Pasa un par de páginas, pero para continuar, se lame los dedos. Se da cuenta entonces, el sabor de su pasado perdura en esas páginas. Y antes de que se de cuenta, una foto medio borrada se desprende de entre las páginas.

Acerca la fotografía a la luz, y sus ojos marrones se derrumban al ver los verdes que le devuelven la mirada. Ya no hay vuelta atrás.

Asciende por las escaleras sin prisa. La foto está en su bolsillo interior, y la lámpara, tirada contra los libros. Arden las intenciones en su pecho, y al alcanzar el balcón, ya no siente frío. En su corazón vuelve a estar ella, que le llama desde el mar, invitándole a sentir su abrazo una vez más. Las llamas a sus pies le recuerdan lo que le queda en el interior de la isla, aquellas promesas que no pudo cumplir al volver a su faro. Y, por desgracia, la voz de la promesa es débil, indefensa, inocente…

Y mientras desciende hacia el abrazo eterno de ella, su promesa llora olvidada en una cesta ante una iglesia de piedra.

Y la luz de la Luna la ilumina, pero su llanto no cesa. El mar se lo llevó todo.

 

Miradas

Relato para Divagacionistas de Mayo 2017. Tema: Distancia.

Cuando tu sonrisa es mi espejismo; cuando tu voz es mi aire. Cuando mis sueños se difuminan en conversaciones inocuas que hacen correr las horas. Cuando pienso que estás ahí, pero en realidad no lo estás.

Cada vez que te veo y sonrío; cada vez que vemos juntos otra mañana morir para convertirse en despedida. Cada vez que las estrellas esconden mi mirada y quedas a salvo de tanta pena y tantas verdades a medias. Cada vez que me soplas tus secretos y mi alma se acurruca en tus palabras.

Y siempre que mis sueños te llevan al mar y a los corales, y descienden entre el atardecer y el rayo verde de mi esperanza, entonces me doy cuenta de que tenemos suerte. Suerte de que haya este abismo invisible entre nosotros. Este valle de sonrisas amables y silencios tranquilos; pensamientos eternos dedicados a los ausentes, a los presentes cuando ya no es momento de compartir nuestros gestos y nuestras costumbres.

Pues “tú” y “yo” no se mezclan, y sólo tengo para ser feliz la triste tarea de evitar mezclar el brillo de tu sonrisa y la oscuridad de mi nostalgia.

Y evitar así que te acuerdes de mí allí, tan lejos, a diez centímetros de mí.

El diccionario de las oscuras penas: “Vemödalen”

Continúo la exploración de las palabras inventadas por The Dictionary of Obscure Sorrows. Hoy, vermödalen.

Nueva entrada de la corta serie que se centra en el trabajo que lleva a cabo el canal de youtube llamado The Dictionary of Obscure Sorrows. Hoy, más.

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Cayendo en tus pupilas

Conversaciones en una oscuridad…

Nada. Vacío literal. Completa y absoluta oscuridad.

— ¿Dónde estás? –preguntó su voz al vacío.

–Aquí –respondió la oscuridad.

Hizo lo que pudo para guiarse con las manos y, con cierto miedo, se estiró lo que pudo sin dejar de tocar la pared a su espalda. Por fin, tras unos instantes de agonizante vacío, rozó la cama. Más calmada, se sentó al borde, sintiendo el frescor de las sábanas de seda, y lo recorrió con las manos hasta que lo encontró, a su derecha, inmóvil en medio de la nada.

–¿Qué hacemos así? –preguntó, incómoda con su silencio.

–Esperar.

–¿Esperar? ¿A qué? –insistió. Semidesnuda, el frío no tardaría en hacerla enfermar. Además, tenía otras intenciones para la noche, las sábanas… Y para él.

–Esperar a que sean lo suficientemente grandes.

Dejó escapar un sonido de asentimiento, aunque no tenía ni idea de lo que estaba hablando. Y ya llevaba un tiempo así: sin entender exactamente de qué hablaba cada vez que se quedaban a oscuras.

Pensó que sería más fácil. Hasta entonces, cuando se apagaba la luz, no importaba con quién, lo siguiente siempre había sucedido solo. No necesitaba hacer mucho. Los instintos se activaban y, sin hacer mucho más que yacer allí y dirigir un poco los movimientos de su acompañante, encontraba su felicidad momentánea.

No se hacía muchas ilusiones tampoco. Sabía de sobra que aquello sólo duraba una noche. Tal vez algo de la mañana también. Y después, vuelta a empezar. Escondida bajo la abrasadora luz del día, se ponía su disfraz de modosita risueña y comenzaba la caza. La búsqueda del próximo corazón del que sacar unos latidos prestados para poder levantarse una vez más y volver a empezar.

–Ya casi.

–Claro.

No le prestó atención. Estaba claro que iba para largo. Tal vez tendría que dejarlo por imposible y darse por vencida esa noche. No parecía que fuese a encontrar nada en esa oscuridad; ni felicidad momentánea, ni duradera, ni nada. Tan sólo una triste excusa llena de vergüenza y frustración, la atropellada búsqueda de ropa tirada y más excusas mientras se cierra la puerta. No sería la primera vez, y seguramente tampoco la última. Aunque sí sería un poco más decepcionante de lo habitual. Al fin y al cabo, para una vez que elegía por los ojos…

–¿Alguna vez has pensado en el negro de tus ojos?

La pregunta la pilló por sorpresa, especialmente en aquella absoluta oscuridad. Tenía la costumbre, desde pequeña, de cerrar los ojos cuando estaba a oscuras. La hacía sentir como si estuviera en un sueño muy real donde podía imaginar todo lo que quería.

–¿Las pupilas?

–Sí, exactamente –pudo notar su cuerpo girando hacia, supuso, ella, así que hizo lo mismo –. Las pupilas, allí donde van a morir las miradas.

–Y donde nacen también –no quería entrar al trapo. Quería hacer otras cosas más interesantes que hablar sentada sobre la cama, desnuda de ombligo para abajo, ¡maldita sea! Pero no pudo resistirse a responderle. Sus ojos… Eran una de sus armas habituales.

–También –le agradó que le diera la razón –. Aunque a mí siempre me han interesado más a donde van las miradas, más que de donde parten. Me fascinan los finales, aunque me aterran también –hizo una pausa y soltó una pequeña risa entre dientes –. Supongo que no tiene mucho sentido, ¿verdad?

–No mucho.

–Acércate, por favor –de repente, su tono se llenó de súplica. Su paciencia se agotaba, pero cumplió porque conllevaba un acercamiento –. Gracias. Quiero que me mires a los ojos.

–¿Qué? –si acaso se había vuelto tonto, no sabía decir. Lo que sí podía decir es que no le estaba gustando nada todo el asunto.

–Sólo quiero que me mires a los ojos.

–Encien-

–Sin luz. Tal como estamos.

No le dio tiempo a echarlo de su habitación porque, antes de que pudiera decir nada, la agarró por los hombros y, suavemente, la acercó hasta él. De repente, pudo sentir su aliento caliente en su boca y en su cuello, y todo su rostro irradiaba un calor tranquilo e invitante. Como no le quedaba otra, inspiró, y la cabeza se le nubló con el aroma que despedía su pelo, igual que unas horas atrás cuando lo eligió.

Y mientras, en sus hombros, sus dedos dibujaban tan suavemente como una pluma formas aleatorias, provocando que la piel se le erizara y que su pecho comenzara a subir y bajar de forma desbocada.

Estaba claro que eran muy compatibles. No tenía claro por qué tampoco. Al fin y al cabo, no cumplía los estándares que solía exigir, ni tampoco le había parecido más interesante que la media. Había resultado gracioso, sí, pero nada más allá de lo normal. Todo parecía indicar que era alguien de lo más normal, mundano incluso.

Pero cuando se acercaba…

–Creo que he puesto mis ojos a la altura de los tuyos. ¿Puedes ver algo?

Su voz la sacó del trance, y se espetó mentalmente. No era más que uno más. No debería estar actuando como una quinceañera cualquiera a la que la prestan atención por primera vez. Era más que eso: más mujer, más experimentada y más pragmática que una niña así. Había conocido más tristezas y más decepciones que nadie, y no tenía fuerzas ni ganas de caer en hechizos tontos de una noche, sobre todo con alguien que, en principio, no era su tipo ideal.

Aún así, tenía cierta curiosidad. Movió la cabeza un poco para adelante, y pudo notar la nariz de su acompañante. Regresó a la posición original y comenzó a escanear con cuidado la oscuridad frente a ella.

–¿Ves algo? –insistió él, y pudo notar la expectativa en su voz.

Continuó observando la oscuridad. Miró en todas direcciones, e incluso entrecerró los ojos, a pesar de que sabía que era una soberana estupidez.

–No ves nada, ¿verdad? –dijo él al cabo de un rato, decepcionado.

–Es que no hay manera humana de ver nada en esta oscuridad –trató de defenderse. Algo le dijo que había dado la respuesta incorrecta.

–No pasa nada –pero el tono le decía lo contrario.

Fue a ponerle la mano en el pecho, pero él se levantó. Intentó seguirlo con la mano, pero su audición le dijo que él se estaba moviendo por la habitación, al parecer recogiendo sus cosas.

–Las tuyas no son lo suficientemente grandes –comenzó mientras seguía moviéndose por la habitación, consiguiendo que su voz fuera un fantasma incorpóreo que se contoneaba frente a ella –. Pero ese no es el verdadero problema. El problema, claro está, somos nosotros.

–¿Qué problema?

De repente, sus manos la cogieron suavemente de la nuca y la invitaron hacia adelante. Y casi al mismo tiempo, notó sus labios en la frente.

–Digamos que soy yo –su tono había cambiado. Volvía a ser de cariño, como antes de apagar la luz.

Tomó sus manos y se las juntó y se las apretó con mucho cariño.

–Debes encontrar a alguien cuyas pupilas veas refulgir incluso en la oscuridad absoluta. Cuando lo hagas, podrás dejar de malgastar tu vida en puertos estériles que no te aportan nada.

Ese fue el momento para quedarse en silencio.

–Eres genial –añadió su compañero en la oscuridad –, pero no te quieres aún lo suficiente. Y hasta que no te quieras, tus pupilas no refulgirán para que las encuentre el barco adecuado.

–¿Cómo?

–¡Cuídate! ¡Y prohibido recordar!

Y sin decir nada más, se fue.

Se arrastró por la cama y se escondió bajo las sábanas. Y aunque decidió tratar de olvidar todo y dormir, por no poder hacer lo primero, le eludió lo segundo toda la madrugada. Y es que, en su mente, recuperó las últimas palabras del que antes le acompañaba en la oscuridad, y le dio vueltas. Y más vueltas y aún más vueltas.

Y se dio cuenta de que eligió mal.

La oscuridad no venía de las lámparas apagadas, ni de la desaparición del Sol tras el horizonte ni de nada externo. La oscuridad venía de su interior, y no lo había querido comprender hasta entonces.

Así que, abrió los ojos de verdad, y durante un instante, estuvo ante la forma de quién le había acompañado hasta un momento antes. Y entre la luz que entraba de la ventana y la que provenía de sus ojos, pudo distinguirlo todo otra vez por vez primera.

El diccionario de las oscuras penas: “Sonder”

Comienza mi exploración de las palabras inventadas por el canal The Dictionary of Obscure Sorrows.

Esta es la primera entrada de una corta serie que se va a centrar en el trabajo que lleva a cabo el canal de youtube llamado The Dictionary of Obscure Sorrows. Mi objetivo es darle eco en este blog, ya que me parece uno de los canales más interesantes a los que se puede suscribir uno en youtube ahora mismo (o tal vez sea porque tiene que ver con palabras, y está claro que me gustan). En todo caso, estas entradas no sólo servirán para traducir las definiciones de estas palabras inventadas que tratan de dar nombre a esas sensaciones y esos sentimientos que a veces nos toman, sino que también servirán para poner mi granito de arena y añadir mi visión sobre cada una de estas palabras.

Sin más, empiezo.

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La llave

Relato corto, tema propuesto por @divagacionistas (la primera vez que participo en esta especie de desafío que llevan a cabo con regularidad).

El reflejo de una puerta me acaricia la espalda.

Es una puerta cuyo marco no aprecio bien. Diría que parece normal, rectangular y de madera barata. Pero entonces serpentea y se curva. Se hace grande y se vuelve diminuto, y cambia de color como un camaleón asustado. Y ya no es de madera, sino de recuerdos, de sueños, de expectativas, de futuro… Y vuelve a ser el marco más normal del mundo.

Al otro lado veo, al fondo del reflejo, una corriente que nunca acaba. Una corriente imparable de las voces, las caras, los cuerpos y las ventanas por las que los espío. Mezclados los sentimientos, como ramas en un río desbordado, colorean esta visión sin fin que se derrama por la puerta que tengo a la espalda.

Me da miedo. Tantísimos segundos, todos marcados de mis ilusiones y mis penas, atravesando salvajemente el umbral de esta puerta que no sabe quedarse quieta, obligándome a recordar cada instante de cada momento de cada día de cada presente que he querido olvidar. En algún momento, no puedo dejar de apreciar la violencia con la que avanza esta corriente entre mis sienes, de cabeza a la puerta que se abre imposible a mi espalda.

Tengo un cerrojo entre las manos. Y no importa cuánto lo mire, entre mis manos no hace nada.

Así que lo lanzo hacia atrás y se cierra la puerta. Observo expectante el lento movimiento que pone cierre a esa puerta y a ese marco que todavía fluctúa. Y tras una eternidad en un instante, el sonido de un suave toque de madera contra madera pone fin a la corriente y al miedo que arrastraba.

La puerta a mi espalda en el espejo está cerrada.

Al darme la vuelta, la puerta frente a mí se ha abierto al fin.

Ya puedo salir, y despertar.

Lluvia de estrellas

Un viaje imposible, un encuentro fortuito y un pecho en llamas.

Hubo una vez que me encaramé a la Luna.

Ascendí sin preocupaciones entre las esferas de un firmamento perfecto. Atravesé el éter invisible que separa todas las cosas y, alcanzando con el brazo estirado, acaricié la superficie nacarada de la reina de la noche.

Cuando me posé, las estrellas, diminutos puntos fulgentes, caían a mi alrededor como un torrente de luz que procedía de mis sueños más profundos. Recogí una, y al observarla, me dí cuenta de que me devolvía la mirada. Imposible y olvidada, compartió conmigo su infinito calor, dándome la fuerza para continuar en esa situación tan particular, en la superficie lunar, observando mi tierra de lejos.

Y entonces, me la tragué.

Apareció en mis manos, unidas para sujetarlo, mi corazón. Aún brillaba dónde rozó a la estrella cuando ésta ocupó su lugar. Sin uso para él, guardé mi corazón en un diminuto baúl que metí en mi bolsillo. Aún fuera de mi cuerpo, latía con la vieja pena que siempre había usado como fuego. Me dio pena, así que lo guardé con mis mejores recuerdos y algunas buenas intenciones, para que se conservara algo menos triste mientras disfrutaba de la estrella de mi pecho.

Con el calor de la estrella en mi cuerpo, recorrí a voluntad la negrura del espacio más profundo sin miedo ni frío. Llegué hasta la última esfera de cristal, e hice música golpeando el límite de mi universo. Recogí brazadas de éter y esculpí los sueños que me hicieron sonreír. Hice caminos de luz entre los planetas y el sol, para poder volver en cualquier momento, y construí una cabaña en las junglas indómitas de las lunas ocultas de tu mente. Me convertí, sin darme cuenta, en explorador y misionero de todo un cielo que intentaba comerme sin que yo sospechara nada.

Y de repente, me caí.

Se acabaron mis nuevos poderes. Caí y caí hasta que reboté de vuelta en la Luna. La estrella seguía en mi interior, latiendo y cediéndome su calor por estar en mi pecho; pero brillaba mucho menos. Había encontrado la tristeza, y tornó mi presencia en ausencia. Nada de lo que le dije, y tampoco nada de lo que sentía la convencieron de que estaba con ella. Simplemente, nada era suficiente, y su luz se fue apagando.

Entonces se me ocurrió. Ya que había abandonado hacía tanto mi tierra, tal vez podríamos pensar en vivir juntos en el firmamento. Retornarla, aún en mi pecho, de vuelta con sus hermanas, allá donde las estrellas viven: en nuestros pensamientos pasados. E hicimos un trato. Ella brillaría y, de vez en cuando, volveríamos a aquel momento en el pasado, para que se sintiera como en casa una vez más.

Brillamos juntos más que nunca. El universo se nos quedó pequeño, e hicimos planes para visitar cada uno de los planetas, sus lunas y los pensamientos imposibles de todos los artistas que alguna vez vivieron. Eramos uno, al fin, y nada podía hacernos retornar a la realidad que habíamos dejado atrás. Brillábamos más de lo que nunca habíamos brillado por separado.

Y sin embargo, una vez más, caí.

La estrella se enfrió. Mi pecho quedó al descubierto. Confundido, pregunté por qué. La respuesta se perdió entre las nubes de mi tierra según caía hacia ella.

Y al llegar al suelo, tan lejos de la Luna, los planetas y todos los satélites, se estalló el baúl que contenía mi corazón. Saltaron los trozos y se perdieron los mejores momentos y se evaporaron las buenas intenciones.

Apenas latía. No me había dado cuenta, pero viajar con la estrella lo había llenado de lascas, de muescas. Se había vuelto frágil como el cristal. Tanto calor lo había fundido y lo había vuelto a forjar, y con un toque, estalló. Viajar por el universo lo había privado de aire, y luchar en las junglas indómitas lo volvió asustadizo. Aún en mi bolsillo dentro de un baúl, mi corazón me había acompañado todo el viaje. Y yo sin cuidarlo lo más mínimo.

Así que me puse manos a la obra y lo recompuse. Ya no sería como antes, eso era imposible. Pero, al menos, podría volver a darle forma. Durante tres noches y tres días, trabajé sin descanso. Primero, recogiendo todos los trozos que se habían esparcido por mi tiempo. Luego, formando con ellos una imagen de mi corazón, nueva y fracturada, pero entera. Y, finalmente, pegando todos esos trozos con lo que tuviera a mano: lágrimas, sonrisas, suspiros… Algunos trozos pegaban mejor con las primeras, otros con las segundas; y con las terceras, le devolví el ritmo al terminarlo.

En cuanto empezó a latir una vez más, salió la estrella de mi interior. Me miró con pena y, más fría que nunca, se despidió de mí, triste porque mi pecho no llegó a ser el hogar que buscaba. Yo le ofrecí mi sonrisa, y aunque pareció agradarle, se fue a buscar su propio calor antes de probar mi sonrisa.

Sólo, y atado por la gravedad otra vez, coloqué mi corazón en mi pecho y este se cerró. Me dolió, ya que la forma de mi nuevo corazón era rara y tenía bordes que cortaban, pero volví a latir.

Ahora miro hacia arriba, allá donde viven las estrellas, y me pregunto cuál fue aquella que una vez compartió su calor conmigo. Me pregunto si volveré a surcar el firmamento, y si aquella estrella se llevó algo de mí.

Y hay días que me parece que asciendo sin preocupaciones, aunque no sé si es verdad o tan sólo son imaginaciones mías.

Dicen que en el mañana hay lluvia de estrellas.