Bienvenido al manantial   Leave a comment

¿Puedes encontrar todos los temas de los que trata el blog?

42.

Realmente eso es todo lo que necesitas saber sobre este blog/portal. Bueno, es cierto que también es muy imporante saber donde está la toalla de uno en todo momento, pero incluso eso está incluido en lo anterior.

Aún así, por mínima cortesía (ganada al descubrir este rincón algo oscuro y seguro demasiado verboso de “las Internés”), no estará de más explicar un poco que podrás encontrarte aquí si decides permitir que tu puntero se ensañe como es debido con los links que descansan a los lados de estas líneas.

El manantial es mitad blog, mitad portal. Justo debajo de esta entrada tienes el blog. Hay un poco de todo, no hay nada pensado, y todo es en directo. Lo mismo hablo de cine, que de videojuegos (algo que terminará siendo habitual, creo), que de ciencia (un físico en curso es su servidor), que de libros o lo que sea. En serio, no hay un tema específico para esta sección, así que es de entrada libre.

La otra mitad, la que parece más un portal con sus páginas y sus secciones, es la raison d’être de todo este tinglado. Ahí van todos los escritos que han salido de mi desvariada mente. Hay fanfiction (con la explicación en su página para el que esté interesado) y hay material original. Todo cae bajo la licencia que se describe en la columna de la derecha, casi al final (aún así, el fanfiction se mueve por terrenos legales pantanosos en los que prefiero no ahogarme) que es Creative Commons.

En fin, ojalá que disfruten con lo que encuentren. Y si no, que al menos hayan perdido el tiempo a gusto.

Publicado 26/01/2010 por Mu-Tzu Saotome en Miscelánea

Epidemia de familia   1 comment

Hace unos meses, tras la enésima historia, ahora más presente que nunca, que escuchaba a ciertos amigos, escribí esto:

Es más tarde de lo que quisiera reconocer, pero es aún más tarde para hablar de la epidemia que achaca este lugar.

Ya son algo más de dos años, varias peleas y alguna desilusión, para hablar de esto. La epidemia de la familia.

En este lugar que ahora habito, existe una extraña dolencia que ataca indiscriminadamente y se cobra los futuros de decenas de personas cada día. Es una temible condición que atrasa la emancipación, acelera la maduración y, a veces, nulifica la felicidad de los afectados hasta tal punto que quedan irreconocibles, y todos aquellos momentos que perdieron, los infinitos universos que sacrificaron, se vuelven en su contra y los llenan de miedo e incertidumbre.

En este lugar que ahora habito, la enfermedad se ensaña especialmente con los menos favorecidos. Detrás de cada persona encomiable, detrás de cada villano y de cada justiciero. Detrás incluso de las personas normales, allí acecha este achaque de proporciones bíblicas. No quedan apenas inmunes, y los pocos casos que se conocen parecen estar aislados de los enfermos a través de barreras geográficas, temporales o ideales. Al parecer, no existe un precedente genético que se pueda encontrar.

En este lugar que ahora habito, a veces la atención tiene que llegar de urgencia. A veces las guaguas, a veces los coches y a veces los teléfonos son todos portadores del virus. Pero en cierta manera, al alejarse de la cepa, los síntomas remiten un tanto. Siempre se hacen notar, aunque nunca lleguen a afectarlos. Pero los efectos son tan conocidos que…

No sé. Han pasado un par de días del comienzo, y ya no siento el humor ni las ganas como para envolver lo que trataba de decir en esa amable metáfora. Iré, pues, al grano.

Conozco ya demasiada gente cuya mayor barrera para ser feliz no son sus propios problemas, ni su educación, ni sus oportunidades ni nada de eso. Su mayor problema es su familia. El virus de una familia que, de una manera u otra, absorbe de ellos más de lo que da. Y eso, para mí, no tiene sentido.

Por supuesto, ahora, al conocer estos casos, me doy cuenta de la suerte que tengo. Mi familia no ha estado exenta de problemas. Como todas.

Pero una máxima siempre ha permeado los gritos y los silencios en mi casa. Los problemas se solucionan, y a los hijos se les apoya.

Eso incluye criticarlos. Por supuesto. Y de vez en cuando machacarlos un poco psicológicamente para dejarles claro que el mundo tiende a encabronarlo todo. Pero a la hora de la verdad, en mi casa, el futuro de los chavales siempre ha estado por delante de todo lo demás. No los caprichos, que se compraban si se podía. No las manías, que se quitaban si no tenía sentido. El futuro.

Pero es que miro a mi alrededor, y no me lo puedo creer. Me fallan las palabras. La irresponsabilidad es el pan de cada día, y la inmadurez el agua en el que se ahogan la mayoría. Incapaces de estar a la altura que la situación de tener un descendiente requiere, esta gente claramente no preparada recurre a trucos infantiles y actitudes dañinas que repiten hasta la saciedad.

No nos engañemos. Nadie sabe cómo ser padre o madre antes de serlo. Es algo que no te enseñan en ningún sitio. Se va forjando a cada paso, cada día, cada discusión, cada comida, cada arrope, cada bronca, cada beso, cada abrazo, cada mentira, cada decepción, cada sentirse orgulloso. Es la única actividad que es realmente de por vida (junto a respirar). Es la actividad más increíble y difícil que nadie pueda llevar a cabo. Y es también la que mejor mide a las personas moral e intelectualmente del amplio repertorio con el que cuenta la vida. Es, en muchos sentidos, el culmen de la vida.

Y sí, por todo esto y por más, es exigible, de cada uno que decide o se encuentra siendo padre, que sea la mejor persona que pueda llegar a ser, y que lo sea todos los días de su vida. Cualquier otra cosa será una falta de respeto y de responsabilidad hacia la vida que ha nacido a sus manos.

Pero aquí no. Aquí se dan por hecho cosas, se juegan con otras y se inventan otras en las que es mejor ni pensar. La frivolidad, por ejemplo, con la que se considera que el hijo o la hija le pertenecen a uno, y que por tanto aquel tiene que rendir cuentas a éste simplemente por el hecho de ser hijo, es espeluznante. Olvidándose completamente del hecho de que nadie le pertenece a nadie, esta gente viola la individualidad de su propia progenie desde que esta violación puede mantenerse en su cabeza, hasta el punto de que la situación resultante resulta normal a quién la sufre. Y considerándolo normal, es incapaz de reaccionar como debiera en defensa de sus derechos, libertades y capacidades.

Así que, se dibuja un panorama en el que los padres, incapaces de enfrentarse a la tarea de educar un hijo o un hija, se han desentendido de la tarea y han dejado que la muestra de su inmadurez para enfrentarse a ese y otros muchos aspectos de la vida sirva de aviso para sus hijos. Eso tiene el doble efecto de dejar sin preparación ante ciertas situaciones a los hijos y robarles, al mismo tiempo, del único tiempo de feliz irresponsabilidad sostenible que el ser humano puede disfrutar: la niñez.

Sin lugar a dudas, el crimen es impresentable y trágico de una manera que casi nadie parece entender. Tal vez sea mejor así, pues no quedan celdas ni cárceles donde recolocar a tanta gente que se lo merece. Pero mientras, sus delitos se amontonan y sus consecuencias resuenan en la sociedad de la que se quejan continuamente, cerrando así el círculo.

No podré detener la masacre, el mutilamiento de niñeces que ocurre cada día, pero al menos podré avisar.

 

Publicado 28/09/2014 por Mu-Tzu Saotome en Prosa, Reflexiones

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Porqué tanta nostalgia y tan poca alegría   Leave a comment

A principios de este año, atacado seguramente por los pésimos resultados académicos, escribía lo siguiente.

Es un teatro rebosante de caras, que se mueven y fluyen como el viento entre las cortinas.

Tantos nombres para tantas caras. Latidos que rompen pechos, la intensidad de una tormenta que descarga sus flechas mojadas contra la espalda que aguanta las embestidas. Luz y calor, y frío y escalofríos; todo recorre este cuerpo que se dobla y sufre ante los empujones de ellas. Tiran y toman tu mano; te invitan a volar, te entierran con vida. Besan y arañan, cortan y curan. Al mismo tiempo lloran tus penas y se jactan de tus ilusiones. Ellas te impulsan, te alimentan y te duermen, meciéndote con una nada de rap y orquesta, de sueños y aquel olor de tu niñez que tanta nostalgia te provoca, y se avecina un momento en el que ya no puedes dejar de pensar en lo que ha sucedido, y de vez en cuando por siempre echas la mirada al aire y dejas que vuele aquel deseo que siempre termina por meterse de nuevo en esa jaula que tienes en el corazón.

Y la cuestión no es lo que son, pues sabes de sobra que la cuestión quedó resuelta en el momento en el que tuviste en tu mano tu corazón por primera vez. Y las ves, pasean y te rozan, sus labios son años llenos de los momentos que han zurcido tu pecho tras cada rotura, tras cada pasión, tras aquello que pasó y que ya jamás olvidarás. No lo dices porque no hace falta; los ojos de cualquiera descubrirán, si se fijan, todo lo que dices callado. Te envuelve como el calor que desprende tu cuerpo por el simple hecho de estar vivo, y como ese calor, se arremolina debajo de tu ropa que no es sino tu piel, esa que te arrancaste de cuajo al volver a recordar lo que siempre has querido olvidar. Sin necesidad de volver a caer en el mismo error, porque las tienes a ellas.

Se pasean y te miran. Siempre bajo su discreción, nunca plenamente solo, siempre con algo que esconder. Pero bajo las sábanas ya no quedan retaguardias, y otra vez ves la bomba de tu vida estallando en las manos. Pero esta vez, las manos son ajenas, tiernas, ásperas y más fuertes de lo que jamás imaginaste. Las manos que no son las tuyas hace un tiempo eran otras, pero poco a poco se hacen tan tuyas como las que nacieron contigo. Y ahí, entre tanta fuerza y tanto miedo, haces un nido para tu corazón, para que no haya más hojas de papel mojadas. Y como una fuente que derrocha los sueños cuando todo era nuevo, se hace imposible describir lo que fluye entre esas manos compartidas.

Has tenido suerte. Te pusiste a su antojo y sigues entero. Tal vez cambiado, pero aún no mutilado. Recuerdas otras ocasiones, otras historias en las que hubo complicaciones. Al final hubo que amputar, romper ese pecho que una vez fue intacto y volver a colocar la maltrecha bomba de vivir. Y seguir andando como si el mundo no se hubiese parado, como si el cielo no se hubiese tornado negro y una noche sin estrellas no te hubiera alcanzado. Recuerdas, y te estremeces con tan sólo volver a sentir ese grito desgarrado, cuando se respiró lo malo y quedó en el aire.

Has tenido suerte, verdaderamente. Todo sigue en su sitio y crece poco a poco como una planta. Débil y frágil y caliente y desbocada. Tantas razones para mantenerla viva, tantas ocasiones para que deje de estarlo. La duda la ahoga y las lágrimas la secan. Y con tan poca experiencia, ¿qué sabe si no una nada tanta gente que nada dice cuando es el momento? Bueno, con tan poca experiencia sólo queda acumular algo más, y viviendo en un momento indefinible con la capacidad de sentir intacta, cada nervio de tu cuerpo recibe la experiencia y la imprime en la experiencia.

Y después de un tiempo, con los tatuajes ya secos en el cuerpo, se instalan las pocas que quedaban. El teatro se completa, las luces se debilitan y el drama del todo da comienzo. Otro actor más, un solo espectador. Con las cosas menos claras que nunca y el corazón ya enraizando en las manos, el fin de una manera es el comienzo de otra historia. Portada diseñada, historia por terminar. Comienza el momento en el que las vidas comienzan y terminan.

Y precisamente es eso, un momento. Con el teatro lleno, tan sólo un momento lleno de caras y roces y buenos y malos y todo lo intermedio.

Es el momento. No debe haber más dilaciones. Es su momento. Es tu momento.

Y daros cuenta, que en otros idiomas, “momento” quiere decir recuerdo.

Así que, recordad al vivir, y vivid para recordar.

Disculpas   3 comments

A pesar de todo el tiempo que ha pasado, y aunque las consecuencias, así como el coste, de lo siguiente que escribo es nulo, aún con todo, quiero hacer algo que casi desde que soy persona una parte de mí me pide hacer.

Lo cierto es que siempre he sentido la necesidad de disculparme ante muchas de las personas que he dejado atrás en la vida. Sin querer. Porque ese es el punto que diferencia. Muchos me dejaron atrás. A algunos los dejé atrás a propósito.

Pero con algunas personas tan sólo perdí el contacto, incapaz por el arrollador caudal de la vida de mantener una conversación, aunque fuera tenue y lenta, al cabo de los meses y años. A estas personas, de las que no diré el nombre pues están en su derecho de no tener que tenerlo en Internet en el texto de un viejo conocido con cambios extraños de humor, les dedico este texto que necesito soltar de una vez.

Primero, quisiera disculparme ante aquellos compañeros de escuela primaria que se quedaron en Burgos, con los que al final de esos días no me porté del todo bien, de los que no llegué a conocer su madurez, sus sueños convertidos en realidades y la vida que en la ciudad blanca han desarrollado. A uno en concreto lo tengo a media calle de distancia, y sin embargo, tan lejos como a un mundo.

Después, me gustaría pasar mis disculpas a mis compañeros de Valladolid, que tan pacientes en algunas cosas se mostraron. Que me aceptaron aunque mi dirección de correo fuera “Maquina Total”, que me acompañaron y fueron parte fundamental de los viajes que moldearon mis sueños… Que algunos fueron parte de ellos… Este grupo conforma la mezcla más heterogénea y enriquecedora de la que nunca he tenido la suerte de formar parte. Y es sin duda la que más me apena haber relegado al lugar donde termina amontonándose el olvido. No hubo mala intención, tan sólo, insisto, el tiempo, la vida y la indecisión. Sin saber muy bien cómo dirigirme a ellos, al final terminé por no decir nada. Y entonces, cayó el silencio final.

Me quiero disculpar también con las generaciones que ya han pasado, aquí en las islas, y que desaparecen entre los rostros que abigarran los pasillos de mi nueva y vieja facultad. Cada vez es más difícil para mí mantener todos estos hilos que tiran de mí, que no sé controlar, que me hacen sangrar cuando me voy a dormir.

También hay un par de figuras de mis recuerdos que me recuerdan mis momentos más bajos. Mis disculpas a aquella monitora de Poza de la Sal a la que casi saco un ojo con una zapatilla, en unos de esos momentos en los que mi mente no termina de conectar con el mundo en el que existe. De aquel lugar, también disculpas especiales a aquella compañera a la que agüe la fiesta de linternas por no fiarme de su palabra, y aún más por no mantener la mía. Me hice más daño a mí mismo ese día que en cualquier otro.

Continúo por mis primeros compañeros de piso que también fueron amigos. Ella y él, que aunque no del todo, también me encuentran de ciento en viento, que se merecen todo lo bueno que la vida se ha obcecado en hacerles difícil. Apenas puedo si desear que la vida entre en vereda y empiece a mostrarse justa con ellos, pues ya va siendo momento.

Recuerdo y me disculpo ahora a los que me acompañaron aquellos veranos de pueblo, bichos y alergia. A la que me descubrió la belleza, al que me descubrió que la rectitud se puede encontrar incluso en los comienzos más torcidos y al que me enseñó que se puede mantener uno al margen de todo lo que no merezca la pena. Para bien o para mal, nos separamos y os ganáis unas vidas magníficas de las que estoy contento de oír de pasada.

Ya no queda mucho. Ahora llegan ellas. Empiezo repitiendo mi disculpa a una compañera. Otra fascinada por la Ciencia, por el cielo y por el Principito que busca por el mismo. Ella me enseñó que los sueños son de carne y hueso, y a veces tienes la suerte de que te sonríen con ánimo verdadero. Que el esfuerzo es la base de todo, aunque a veces pueda costar todo el tiempo. Un bizcocho acompaña mis disculpas.

De nuevo, disculpas a mi otra compañera, la que me aguantó y me enseñó de su humor de medianoche, algo cínico y con segundas, y que tuvo que aguantar mis torpes intentos de ayudar cuando en su vida se gestaba la tormenta. Me mostraste que la entereza y el aguante pueden ser un grado, y que tal vez escuchar sí sirve para algo después de todo.

También, mis disculpas a la que me enseñó que te pueden decir que “no”, y que eso duele, pero que no es el fin del mundo. Recordándola vuelvo a pensar que no hay nada bueno o malo imposible en el amor.

También, mis disculpas a aquella mujer que me enseñó que lo diametralmente opuesto es enriquecedor, aunque sea difícil encontrar el equilibrio en las palabras o en los gestos.

Finalmente, mis disculpas a las dos últimas ellas, que aunque no entran estrictamente en el tema de las personas que dejé atrás, se merecen igualmente las disculpas.

Por un lado, a la que me dio la vida, pues no termino de encontrar la felicidad que tanto me deseas, y a veces no puedo decidir si es que no la alcanzo o es que la dejo escapar. Siento llevar tanto tiempo siendo una fuente inacabable de problemas y preocupaciones, y me corazón se detiene y se encoge tanto al pensarlo que lo único para lo que me llega sangre al cerebro es para dejar de preocuparte más.

Y por el otro y para acabar, a la que ahora quiere acompañarme en este río que me arrastra por la vida. Porque siempre que doy un paso hacia adelante, doy otro hacia atrás. Porque soy cabezota y hay ciertas cosas en las que no puedo ceder. Porque aún cediendo hay sueños que aún se agarran a mis recuerdos y no terminan de dejarme tranquilo. Porque aunque en ciertas cosas sea maduro, en muchas otras muy importantes aún me siento como un niño asustado. Porque a pesar de todo sigo sin creer que sea la mejor persona que te puedas merecer. Porque mis miedos y fantasmas ya te han dado más de un quebradero de cabeza, y porque estoy seguro de que habrá más. Porque a veces estoy hambriento de soledad y a veces hambriento de ti.

Porque me autodestruyo, pero tú quieres estar ahí.

Lo siento mucho. Lo siento aunque no acepter mis disculpas. Lo siento aunque no sepa como arreglarlo.

Y a todos los demás también. Lo siento. Esto de la vida es uno de los pocos juegos que no termino de manejar bien.

¿Alguno conocéis algún truquito?

Supongo que me merezco el silencio.

A propósito de la red   Leave a comment

“¡Qué chorradas sube la gente a las redes sociales!”

No hace falta mostrarse sorprendido. En algún momento todos hemos pensado eso. A lo mejor era la última foto yendo de fiesta de una prima tercera que ni siquiera sabes que tienes agragada al Facebook. O tal vez fue el enésimo tuit de aquel amigo tuyo que tiene mil formas de contar el chiste de “Mistetas”. O tal vez provocó ese pensamiento el momento incómodo que se produjo cuando viste la foto que aquel conocido tuyo subió a Instagram de su entrada en el hospital.

No importa la razón. La cuestión es que, en algún momento, nos ha llegado a hastiar algo que nos llegó por alguna de las redes sociales a las que pertenecemos.

Al menos, a mí me ha pasado. Quiero decir, lo que yo comparte siempre tiene interés. O está dirigido a una cierta persona. O es gracioso. O…

Lo cierto es que hace poco que me he empezado a dar cuenta de estas cosas. Está claro que uno nunca deja de crecer, por mucho que se empeñe en ello. Ahora no es momento del mea culpa, pero, tal vez, sí de un momento de reflexión.

Lo tercero es, por supuesto, que siempre habrá gente que use las cosas mal. La única diferencia es que cuánto más grandes y tecnológicas son, más evidente es el error para los demás. Pero, hasta el más experimentado de los trabajadores usará mal su herramienta principal en algún momento. De hecho, está a la orden del día. ¿Quién no se ha olvidado, aunque fuera momentáneamente, cómo usar algún aparato? ¿O cómo se escribe una palabra? ¿O incluso, hacer una cuenta sencilla? Todo el mundo es proclive a estos pequeños errores. Cuando decenas de personas te están mirando, como es el caso de las redes sociales, siempre hay alguna que siente que ella o él nunca cometería dicho error.

Lo segundo, claro, es que hay gente que realmente usa las redes sociales para eso para lo que se supone que sirven: contactar y mantenerse en contacto. Hay gente que no se puede ni dedicar ni pagar el conversar con cierta parte de sus amistades. ¿Hiciste una amistad hace tiempo que ahora está a un continente de distancia? ¿O a lo mejor eres de los que usan las 25 horas del día para sobrevivir? ¿O simplemente es la manera más barata que tienes para conectarte al mundo exterior? Hay miles de razones por las que una persona puede usar las redes sociales intensamente. El hecho de que tu recibas esa comunicación no es culpa suya. Ellos quieren comunicarse, y criticar a una persona por querer hacer eso dice cosas muy pobres del que critica.

Y lo primero, lo más importante a recordar cuando se irrita uno de algunas comunicaciones de los demás, es lo siguiente: no eres el elemento más importante de este universo.

No, no se trata de un discurso contra la individualidad a lo Fight Club. Es una cuestión mucho más sencilla y más complicada al mismo tiempo. Lo que hay ahí fuera, al otro lado de la pantalla, a los otros lados de todas las pantallas que están conectadas a la tuya no es sino la vida del resto de las personas que están en contacto contigo a través de las redes sociales. Canciones, sentimientos, fantasías y derrotas de toda índole. Con tantas ganas de vivir y ser escuchados como uno mismo. En la mayoría de los casos, incluso más. Encontrando la manera de ser más de lo que son, buscando ser más de lo que puden llegar a ser.

Esas ganas, esa capacidad merece ser respetadas, pues definen a una persona tanto como lo que es la persona. Serán más, y nunca dejaran de serlo. Con ese tipo de pensamiento, es fácil entender y rápido de asimilar que no hay que detraer de ese sentimiento a nadie, y perimitir que la gente se exprese como buenamente quieran, y ayudar para que sepan hacerlo aún mejor, para que no quede en el tintero.

Porque aquellas cosas que uno sube tal vez no tengan interés para alguien. O puede que estén dirigidas a otra persona. O pueden que no hagan gracia.

Pero son todas esas cosas y más para uno. Y tal vez, para alguien también.

Y por eso, son valiosas.

Y ya no son chorradas.

Publicado 16/02/2014 por Mu-Tzu Saotome en Miscelánea, Reflexiones

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Otra de nostalgia videojueguil   Leave a comment

Nada más empezado el 2014 (el “veinte cagatorcidos” para mí), ya me ha asaltado la Nostalgia de madrugada.
Y es que no lo puedo evitar, y mucho menos con una canción de videojuego antiguo. Sí, mi gran debilidad, los politonos ancestrales del mundo del videojuego me retrotraen de una poderosa manera.

Sin embargo, he de confesar: no son exactamente “politonos” lo que me ha puesto a escribir esta vez. No lo son, pues pertenecen a la época dorada de los videojuegos. La época de la Super Nintendo.

Cerca de la mitad de su ciclo vital, la Super Nintendo recibió el que, en aquella época, seguro fue uno de los títulos más esperados: Donkey Kong Country 2: Diddy’s Kong Quest (para que nos quejemos de títulos largos hoy en día). El sucesor del aclamadísimo Donkey Kong Country debía no sólo mantener el enorme nivel jugable y gráfico de su predecesor, sino superarlo también. Y lo consiguió, ¡y de qué manera!

Mejores gráficos, más personajes, más secretos, más monedas Kong y, sobre todo, más plátanos. DKC2 es el claro ejemplo de que segundas partes pueden ser geniales, si se le echa ganas y no se da nada por sentado. DKC2 no intenta reinventar la rueda: coge lo mejor del uno (prácticamente todo, para que engañarnos), lo expande, abrillanta y pone en un nuevo escenario, y te lo ofrece con más secretos de los que podrás hacer frente en varias pasadas del juego.
Por supuesto, manteniendo el precedente de DKC, esta entrega de la saga continúa haciendo uso de la magia sonora que es capaz de crear Dave Wise, el compositor de la serie. Haciendo uso de más estilos de los que puedo contar, llena el juego de mil y un ambiente distintos haciendo virguerías con el sonido electrónico de la época. Tribales para la jungla, electrónicas puras para la industría, extrañas fantasías sonoras en las fases de hielo… Cada nivel no sólo se descubre plataformeando, sino escuchando también.

Sin embargo, y con esto voy llegando al final de la descripción del juego, hay algunas melodías que han sobresalido a través del tiempo, siendo reconocidas por la misma Nintendo en otros juegos, como el Smash Bros. Brawl.
Si bien uno termina tatareando con facilidad la mayor parte de las canciones del juego (e incluso llega a temer escuchar otras, por lo que significan), para mí siempre habrá dos que sobresaldrán no sólo por tenerlas por siempre en la cabeza, sino por la belleza que dejan entrever, por la capacidad que tienen de hacerme imaginar escenarios y situaciones dignas de su propia historia.

(Ahora es cuando aprovecho estar escribiendo esto para darme el gusto de escuchar otra vez la banda sonora para… ejem, ponerle nombre a las canciones de las que quiero hablar).

En realidad, mis canciones favoritas son prácticamente todas. Pero, por seguir mi propio consejo, hablo aquí de las dos primeras que me vienen siempre a la mente.

Primero, Snakey Chantey, tema prominente de la fase del 3 mundo que haces en un barco pirata en la forma de la serpiente Snakey. Y es que, la primera vez que haces esa fase, sobre todo si has jugado al primero, tienes un atacazo de nostalgia por parte del juego de flipar, ya que los primeros acordes de esta canción son los mismos que los acordes principales de la canción con la que derrotas a King K. Rool en el DKC. Sin embargo, al ser una fase normal, puedes disfrutar de la música tranquilamente, sin tener que estar en tensión por riesgo de incrustación de corona en el cogote. Así que, básicamente, recordar esta canción es recordar también Gang Plank Galleon del DKC (o su versión también increíble del Smash Bros. Brawl).

Pero, la que más tiendo a recordar es, por supuesto, otra que también ha tenido versión en el SBB: Stickerbrush Symphony. ¿Por qué es recordada esta canción? Sin lugar a dudas, por el amado y odiado nivel llamado Bramble Blast, y el resto de su calaña. Contra un cielo azul empedrado de nubes, una especie de planta gigante llena de pinchos (como los tallos de un enorme rosal) permite tan sólo un camino. En Bramble Blast, este camino sólo puede recorrerse yendo de barril en barril, excepto en cortas secciones de plataformeo típico. En otro, el camino hay que hacerlo agarrado de los pies del loro lanzador nueces Squawks (el único acompañante que ha aparecido en todas las entregas de la serie, por cierto).

Resulta evidente la importancia de este tipo de fase cuando el último nivel normal y una de las partes del “último” nivel secreto son de este tipo.

Además, el sonido prácticamente chillout de esta melodía, si bien cuadra muy bien con el primer nivel donde aparece, para las últimas apariciones, ya contra los enemigos más difíciles y en las condiciones más adversas (una tempestad de lo más caprichosa), atrae mucho más la atención al ser tal su contraposición ante lo que se desarrolla en pantalla.

Esta canción ha sido, además, tocada por quien es el dios de la canción de videojuego a capella: Smooth McGroove. Y sí, a capella también suena increible.

Y después de todo esto, ¿qué queda decir? Poca cosa.

Un nivel como Bramble Blast, que en aquellos años era una experiencia infernal, ahora es casi una relajación que de vez en cuando tomo cuando quiero hacer descansar mi mente o quiero enseñar buenos juegos del ayer a alguien. La música que antes tan poco valoraba, ahora trato con un respeto reverencial, pues entiendo que en mi mente se llena de sentimientos y recuerdos. Y es que, mis ojos, al igual que mi cerebro, se están haciendo viejos en mi vejez.
Pero no mis oídos.

Y es que, algún día, estas canciones de videojuegos serán la música de una generación. Tal vez nunca tenga un nombre chulo como “la movida madrileña” o “la revolución pop”, que la música de otras generaciones sí tuvo. Pero quedará así, como la música que marcó a una generación. Y es que, mi quinta creció volviendo de la escuela, soltando sus cosas por la habitación e insertando el cartucho (del tamaño casi de una tablet de hoy en día) en la consola, con ese satisfactorio *clo-clonk* que hoy en día daría la sensación de haber roto algo. Y mientras los padres se quejaban, mientras los meses se convertían en años y el mundo giraba y cambiaba y los cartuchos ya no eran más y las consolas dejaban de medirse en bits y el movimiento llegaba y el 3D volvía a pasarse y algunos amigos quedaban atrás y otros nuevos aparecían y todo eso. Mientras la vida pasaba, de vez en cuando, en uno u otro medio, estos juegos y estas canciones volvían a ocurrir. Tanto así que ya no hace falta ni tener la tele, ni la consola, ni el mando. Ahora, estos juegos y sus canciones perviven, a buen recaudo, en la memoría.

Y por eso, aquí les dejo estas canciones, una pequeña muestra de las infancias de tanta gente como yo.

¡Disfruten!

Feliz gracias, Flor de las Tormentas   Leave a comment

Hacía tiempo que quería escribir esta entrada (como una buena ristra de otras que aún vivirán un día más en el tintero), pero como casi siempre, ha tenido que echarse el tiempo encima (las 0:07 exactamente) para que finalmente me enfrente al blanco y el negro.

¿Y qué decir? Bueno, hace tiempo aprendí que el contexto es la piedra angular que sustenta una buena historia. No sé si esta historia que me dispongo a relatar es buena, pero al menos sé que es cierta, y eso es lo que me hace feliz.

El contexto es un Valladolid post-adolescente y desconocido. El contexto son noches en vela, algún corazón con olor a pegamento y la imperiosa necesidad de escapar de una libertad comprada entre paredes blancas de papel de fumar. Entre papeles enormes de infinitas lineas incomprensibles para un servidor, con un aire a biblioteca cultivada y madurez precoz, el destino vino a hacer una de esas jugadas suyas tan de conversaciones nocturnas y amontonó con cierto desorden a dos personas.

Una de ellas es extraordinaria. La otra tiende a escribir de la gente usando el artículo indeterminado “una”.

Estas personas comenzaron a convivir como por casualidad. Casi indirectamente, casi sin malicia, se dieron a conocer entre ellos. Con un ordenador delante, con gustos al descubierto a través de Youtube. La Sexta por las noches y los cruasáns por la tarde. Con mucha más historia y vida de lo que en un primer momento imaginé, poco a poco, fascinación, respeto y amistad formaron puentes entre dos personas tan distintas como las tierras de sus cunas.
Casi por accidente, nos hicimos amigos.

Así, por accidente, yo puedo decir que descubrí a una persona tan maravillosa que aún hoy en día, de vez en cuando, quiero darme de cabezazos contra las paredes. En serio, dos años conviviendo en el mismo edificio, y tuve que escapar de allí para encontrar lo que tenía a apenas tres habitaciones de distancia. Hasta entonces no me había dado cuenta de que la miopía podía ser de más tipos además de la óptica.

Pero, la autoflagelación nunca ha llevado a nadie a ningún sitio, y si bien ahora puedo decir que me siento un poco como que “Soy la venganza autosatisfecha de Jack”, habiendo comprendido y valorado correctamente lo que me ha sido presentado, no puede acabar aquí el relato. Porque durante un año de lenta maduración, fui ayudado y, en el más amistoso de los sentidos, mimado por la persona de más grande corazón (y más cortante ironía, by the way) que jamás encontré.

No sólo respetó mis gustos, sino que encontró la manera de ampliar mis horizontes, de hacerme pensar como nunca antes, de superar miedos y de conocer gente que representan esos conocidos que cualquiera desearía fervientemente haber conocido (y que algún día todo el mundo conocerá, mark my words!). Intenté corresponder como buenamente pude, pero nunca sentiré esa amistosa deuda saldada, porque simplemente sé que siempre seré mejor de lo que hubiera sido sin aquel tiempo con esa persona increíble.

El siguiente año no hizo sino continuar lo comenzado el período anterior, pero con otra persona genial a nuestro lado. Estoy bastante seguro de que lo mejor de mí nació aquel año, y kebab en mano, observé la lluvia más gentil de mi vida cayendo ante mis ojos. La compañía era inmejorable; el momento, tal vez no tanto.

Y es que, todo el mundo tiene un horario, incluso las heroínas. Con mucha pena, la convivencia de piso se acabó, pero no por ello terminó la amistad tan preciada. Con una ciudad de por medio y un río por si fuera poco, puede que la relación se hiciera más esporádica, pero no por ello menos querida. Las canciones siguieron lloviendo, y hasta algún concierto, tan oscuro y brillante como una sonrisa sin pensar, se pasó por la ciudad…

Alguna vez, con alevosía y extrema nocturnidad, este uno recordó que las letras se reflejan en la realidad, que a veces hasta uno puede escribirlas con la intención de recordar. Y al saltar el charco, si bien tal vez el sonido de las voces terminaban siendo lejanos ecos, estos eran más fuertes que nunca en la mente de un pobre nostálgico empedernido. Un nostálgico al que aún le queda todo por aprender, porque nunca ha sabido muy bien agredecer tanto que recibió. Ahora, a traspiés, pide clemencia, y sólo un poco más de paciencia. Está a punto de crecer.

Así, hace apenas nada y apenas todo, al fin otra vez, las voces se hicieron cercanas y los abrazos pasaron a ser reales, no sólo mentales. Apenas dos soles y dos lunas, y tantas ganas al fin satisfechas (sobre todo de chocolate). Tanto hicimos, algo hablamos y más se nos dejó por el camino. Pero así es como debe ser. Que los nuevos abrazos sean siempre excusas para aún más nuevos abrazos. Así aprendí al menos.

Y uno, que como ya se ha visto, tiende a la flagelación, al “Soy la vida desperdiciada de Jack” (incluso tan lejos de realmente estar así), recuerda esa conversación antes de las cuatro ruedas de vuelta, antes del striptease aeroportuario. Tengo que crecer. Tengo que implosionar si hace falta, y tal vez igualmente sí. Pero, en todo caso, tengo que enfrentarme a lo que llega. Y la única que podía decírmelo y conseguir que atravesase mi fornido cráneo eras tú. Así que, gracias.

Gracias tanto y tantas veces como granos de arena en las playas que hemos visto. Gracias como gotas de lluvia hemos visto juntos. Como kilómetros recorremos, como capítulos nos vemos, como sentimientos compartimos. Gracias por los momentos que serán imborrables, como abrazos, bromas, debates y consejos.

Gracias por todo. Y sobre todo, gracias por dejarme escucharte. Porque esas siempre serán las palabras que no necesitan adjetivos. Serán, simplemente, “las palabras”.

Eso sí, si puedo pedir algo, pues pediré dos cosas. Uno, que no sean las últimas palabras, que siempre haya más. Y Doce, ¡qué pases un feliz cumpleaños!

Publicado 05/02/2014 por Mu-Tzu Saotome en Prosa, Reflexiones

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Píxeles perdidos   Leave a comment

 

Cuando la potencia de los juguetes se medía en bits, mis ojos se abrían por primera vez a historias que jamás podía haber imaginado.

Con 32.768 colores (un record en su tiempo, una ridiculez hoy en día), animaciones de sprites y la capacidad de superponer con diferentes cantidades de alfa varias capas de fondo, descubrí que el mundo no lo era todo, y que todo lo podía encontrar en este mundo.

Una mezcla extraña, particular, imposible de definir. Historias y personajes que me acompañaban hasta en sueños, y largas horas pensando y encontrando sentido a lo que había experimentado. ¿Por qué, si tenía acceso a tantas cosas, me fascinaban tanto las historias que electrónicamente, confidencialmente, vivía ante el televisor? ¿Y por qué son las que ahora con tanta ilusión y nostalgía recuerdo? Sólo con ellas se despierta en mi interior un tipo especial de nostalgia, esa que es totalmente pura y positiva, pues no es del todo nostalgía. Al fin y al cabo, si quiero, puedo volver a vivir esas entrañables historias.

Tal vez sea por eso por lo que escribo esto. Estos días de últimas clases del 2013, entre exámenes que no terminan de llegar y vida que no termina de ser tormenta tropical, reviví alguna de esas experiencias. A propósito de un mando nuevo (de oferta, como siempre), y con la excusa de probarlo, algunos clásicos enterrados en la memoría de un tarjeta SD fueron desempolvados. Entre descanso y descanso, me retrotraí a otra época. Un tiempo de espejos puros y platónicas pasiones. Un tiempo de prioridades claras y sencillas. Un tiempo de fascinación e ilusión cuando en el televisor o pantalla, historias imposibles que nadie más conocía a mi alrededor me eran descubiertas.

Nunca fui alguien de compartir estas historias. Al fin y al cabo, a nadie le interesaban, y a nadie le interesaban más que a mí. Ridículo era pensar que alguien más quisiera oirlas. Estúpido intentar explicárselas a alguien. No, estas historias y yo éramos como un equipo. Para que intentar contárselo a alguien, si seguramente al final lo único que harían sería denigrarlas.

No sólo, sin embargo, he recordado brevemente estas historias y lo que en mi niñez me aportaron, sino que además he escuchado una cierta canción que ya me lleva rondando bastante tiempo. Es una versión rockera del tema del último nivel de un juego incluso más viejo que yo mismo: Megaman 2; Dr. Willy Stage. Y en esta versión, un tío muy comprometido con la canción (a veces, demasiado comprometido), canta una letra que le escribieron a la canción a propósito de un tema parecido al que me ocupa: “Omoide wa Okkusenman”. Es una versión estridente, pero absolutamente representativa de como le gusta cantar al japonés de a pie.

La canción describe a un muchacho que, ya en edad de trabajar, con pareja e independizado, recuerda su niñez, en la que todo era más fácil, los sueños eran más puros y la ilusión era… ¡110 millones! Y como el tiempo lo ha cambiado hasta dejarle irreconocible a sí mismo.

En principio es una típica historia de “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Pero lo que la hace especial es que es perfectamente representativa de mi generación. Nosotros nunca vivimos sin tele, sin consolas (aunque fuera la de un amigo o las recreativas de la ciudad), sin historias de fantasía que ir descubriendo. No tuvimos guerra, ni represión, ni fascismo ni (en general) pasamos grandes necesidades.

La nuestra es una de las primeras generaciones sin grandes objetivos. Tan sólo vivir, ser alguien en la vida. Tal vez por eso, nos perdemos con la regularidad de un reloj en debates existenciales que nada tienen que darnos. Tal vez tanta facilidad ha dejado yerma nuestra capacidad de sentirnos vencedores de nuestras batallas, merecedores de nuestros logros.

Y por eso, al mirar atrás y descubrir la comodidad de nuestros primeros años, sentimos que hemos perdido la única cosa que nos hacía especiales. Esas historias de 16 bits. Esas fantasías en unos pocos miles de colores. Esas tonadillas polifónicas . Todas esas cosas encierran ahora un tiempo sin la confusión, sin la desesperación, sin el miedo a no saber a lo que se le tiene miedo. Sin ira, ni pasiones ni decisiones.

Un tiempo más fácil. Con contraseñas, trucos y códigos. Guías.

Por suerte, de vez en cuando, aún se puede resucitar.

Arriba, arriba, abajo, abajo, izquierda, derecha, izquierda, derecha, B, A.

¿No?

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